Música clásica desde 1929

Editorial

El Teatro Real gana la partida
Abril 2021 - Núm. 949

El Teatro Real gana la partida

Llevamos un año practicando un insano y novedoso deporte: de cómo lo que en un momento es más negro que el alma de Belcebú se puede enseguida transformar en el ángel más luminoso, por arte y magia de una mezcla de pareceres y diagnósticos compartidos por dos corporaciones antitéticas: la de los científicos y la de los políticos. Nuestras vidas han sido organizadas y han estado controladas por la corporación resultante de esa extraña mezcla de géneros, y cada uno de nosotros ha desarrollado a su manera la correspondiente neurosis creativa. ¿Se ha librado de ella alguien? En general, no. Sin embargo, es evidente que el mundo de la Cultura ha optado por la diversidad, buscando y hallando caminos de muy distinta naturaleza para hacer visible su compromiso ante la tragedia pandémica. Defender una u otra opción (y las ha habido hasta opuestas) ha sido y debe seguir siendo objeto de polémica constructiva. Entremos en ella.

En España hay siempre para todos los gustos. Pero en estos tiempos de Covid hemos tenido que calibrar mucho, escuchar mucho, pensar mucho y tomar decisiones. Todos: los unos y los otros. En aspectos de la vida del país como la hostelería, el comercio o similares esos gustos han campado a sus anchas (y lo siguen haciendo) en función de decisiones políticas no siempre acordes con el pensamiento científico, y a veces absolutamente acríticas cuando no descabelladas. En otras cuestiones, con la Cultura a la cabeza, también ha habido decisiones dispares: sí, no (o más o menos sí o más o menos no) a los conciertos, los cines y demás actividades parecidas. Ha habido de todo. Desde exitosos Premios Goya no presenciales a otros, como los cada día más atractivos Premios Feroz, que han protagonizado sonadas polémicas pero sin omitir su proverbial carácter canalla colectivo.

Pero hay una actividad cultural especialmente sensible (por su especial morfología) en la que nos hemos encontrado como en un jardín vacío de flores: la ópera. En una representación operística se hace todo lo que una pandemia parece desaconsejar con buenas razones: se canta, se tocan instrumentos de viento, en ambos casos expulsando aerosoles mil, y se hacen un montón de cosas muy apetecibles para un virus, desde las aglomeraciones corales hasta las más apasionadas efusiones amorosas entre los cantantes por necesidades de guión. En vivo y en directo; cada tarde. ¿Qué hacer ante la disyuntiva de asumir semejantes riesgos? ¿Continuar adelante o cerrar los teatros del mundo? Estos, en general, han mostrado una tendencia al cierre, pero en nuestro país han encontrado más matices: desde cerrar a medias suspendiendo los títulos de mayor riesgo a seguir adelante con la temporada  a medio camino entre la responsabilidad y la aventura. Esto último es lo que ha hecho el Teatro Real (responsabilidad: no se puede cerrar un teatro de ópera porque después, cuando en poco tiempo se lo hayan comido las deudas por sus inmensos gastos corrientes, ya no hay quien lo abra; aventura: a la Covid se la combate con buenas medidas, y ya está).

El Real no solo no ha suspendido la temporada, sino que en el momento de redactar estas líneas representa dos óperas al mismo tiempo, una de las cuales exige una presencia del público en la sala de cinco horas (Siegfried, de Richard Wagner; la otra, Norma, de Vincenzo Bellini comprende otras tres), y ensayando a la par una tercera, Peter Grimes, de Benjamin Britten. Sin la menor duda, y a diferencia de lo que está sucediendo en buena parte de los grandes teatros de ópera de Europa y del mundo, el Teatro Real ha asumido riesgos muy altos, pero, bajo la minimización de los mismos mediante unas rígidas normas de seguridad, está demostrando al mundo del arte que la cultura puede y debe seguir siendo consumida de manera segura. Solemos tratar con una cierta displicencia histórica nuestras maneras de concebir y hacer las cosas frente a cómo lo hacen en el extranjero, pero esta vez da la impresión de que, en este campo, el Real le ha ganado la mano a unos cuantos teatros de ópera del planeta. E indirectamente la imagen del propio país gana frente al inmisericorde ruido que durante todo este tiempo se han encargado de esparcir los políticos más cortoplacistas.             

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