Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Raphaël Pichon en la cima interpretativa de Johann Sebastian Bach - por Simón Andueza

Madrid - 26/03/2026

La Semana Santa es una época de ebullición de conciertos de música sacra, afortunadamente. Esta temporada tenemos la gran suerte de que en Madrid se han programado en torno a ella verdaderos tesoros musicales. Gracias a las cada vez más imprescindibles temporadas de conciertos de Impacta, hemos podido disfrutar del arte sublime de una de las mejores agrupaciones historicistas de la actualidad interpretando magistralmente una de las creaciones musicales más monumentales jamás realizadas. Nos referimos a la Pasión según San Mateo de Johann Sebastian Bach a cargo de Pygmalion, coro y orquesta, dirigidos por su fundador Raphaël Pichon.

Sobre la obra que nos ocupa poco queda por decir. Cientos de estudios, publicaciones, conferencias y grabaciones proliferan sobre ella desde que se reestrenó en 1829 por Felix Mendelssohn. Su genialidad musical y su hondura espiritual son tales que no dejan a nadie indiferente, conmoviendo su alma de un modo irremediable, sobrepasando cualquier misticismo, y haciendo partícipes tanto a los artistas como a la audiencia de una fe que se convierte, con la música de Bach, en verdad irrefutable.

Tuvimos el privilegio de presenciar en Madrid la primera interpretación de esta obra por la Orquesta y Coro Pygmalion. El tamaño de sus integrantes pudiera parecer pequeño a priori para las dimensiones de la sala sinfónica del Auditorio Nacional, pero en cuanto comenzó la interpretación, esto fue tan solo una ilusión. Las dos orquestas estuvieron formadas por un orgánico de 3-3-2-1-1 en la cuerda, más los vientos requeridos por Bach, además de dos violas da gamba, dos fagotes, órgano, clave y tiorba. Por su parte los dos coros estuvieron conformados cada uno por cinco sopranos, tres altos, tres tenores, y tres bajos. Se les añadió en los números con soprano in ripieno el coro infantil Los Pequeños Cantores de la ORCAM.

La característica más extraordinaria de la interpretación, fueron, sin duda alguna los números de conjunto, la dirección de Pichon y el Evangelista, rol asumido por un Julian Prégardien realmente excepcional, aunque debemos decir que todo el espectáculo rozó la matrícula de honor.

La dirección de Raphäel Pichon es la responsable de haber creado un proyecto, Pygmalion, tan personal como excepcional y único. La implicación del director francés, que sigue asombrando al público cada vez que lo ve dirigir en directo, es de una vitalidad, de un compromiso y de un concienzudo estudio tan enormes, que crea una conexión total entre todos los intérpretes, así como una empatía casi mágica con el público. Su musicalidad queda patente en cada fraseo, siempre apoyada en el significado del texto, algo que cambia constantemente de carácter según sea su sentido. Este hecho le viene como anillo al dedo a la música barroca, plagada en su esencia de sus inherentes afectos, que permiten esa conexión tan directa a todo aquel que se acerque a ella.

Tomando el párrafo anterior como premisa, y teniendo entre sus manos una obra maestra como esta Pasión bachiana, el resultado global fue, como no podía ser de otro modo, extraordinario. A todo esto, se le añaden, además, las formidables cualidades individuales de cada uno de los músicos que componen esta orquesta y este coro. Cada uno de los coros, compuestos de escasas personas, pero de altísimo valor individual, confirieron al conjunto una sonoridad tan bella como equilibrada, tan dúctil como expresiva. No podemos discernir si hubo uno mejor que otro, puesto que ambos coros conformaron un todo coherente e indisoluble.

La belleza de la música ideada por Bach y su extensión, más de tres horas de música, no nos permiten detallar cada número, pero sí podemos dar ejemplos destacados. Tanto el primer número, Kommt, ihr Töchter, helft mir klagen, como el último, Wir setzen uns mit Tränen nieder, dejaron atónitos a quienes los escucharon por la ejemplaridad de su ejecución, por el fraseo y su expresión. También debemos destacar la enorme variedad de colores y de diversos caracteres de los Corales, que basaron en el texto sus dinámicas y su articulación. Además, durante toda la representación, todos y cada uno de los solistas formaron parte activa de los coros, creando un todo absolutamente humilde y compacto.

En cuanto a las dos orquestas, señalaremos la inusitada altura técnica alcanzada en esta generación de instrumentistas que emplean instrumentos originales o copias fidedignas de los mismos. Esto nos permite disfrutar de un asombroso nivel sonoro, tanto en la cuerda como en los vientos. Los números en donde los protagonistas fueron los violines, no podemos más que quitarnos el sombrero por el empaste logrado, por la belleza sonora alcanzada y por la cohesión tan unánime y férrea alcanzadas, gracias, en gran parte, al empuje, claridad e inspoiración comandadas por Raphaël Pichon. El equilibrio sonoro entre ambas orquestas fue, asimismo, intachable.

La enumeración del plantel de solistas vocales debe comenzar, sin ninguna duda, por el tenor Julian Prégardien, el Evangelista. Su admirable instrumento vocal, de belleza tímbrica exquisita, de dominio tanto en el agudo como en el grave, así como de una solvencia total en el fiato y en la prosodia germánica de tan emblemático y extenso rol, son tan solo la base de su extraordinaria labor teatral. La interiorización absoluta de su papel, por supuesto de memoria, fue tal, que nos encontramos con el sucesor natural de quien ha sido hasta ahora el icono absoluto de este rol, su padre, Christoph Prégardien. De él ha absorbido tan naturalmente toda su sabiduría del personaje y de la obra en su totalidad que fue una absoluta delicia contemplar su actuación en el lugar más dispar del espacio escénico dialogando con cada uno de los solistas, o participando como un cantor más en cualquier momento con cada uno de los coros, siempre despojado de partitura.

Como Jesús nos encontramos al bajo Stéphane Degout, uno de los solistas absolutamente imprescindibles tanto de la escena lírica francesa como para el propio Raphaël Pichon. Su desempeño en el papel protagónico de la obra fue de una calidad indiscutible y de un gran carisma. Fue una sorpresa su interpretación de las dos arias icónicas del final de la Pasión, Komm, süßes Kreuz y Mache dich, mein Herze, rein, tan bellas como inolvidables. 

La soprano Julie Roset brilló especialmente en la deliciosa aria Aus Liebe will mein Heiland sterben, demostrando la pureza de su timbre, una expresión que trascendía lo humano y un fraseo formidable apoyado en una columna de aire férrea e hipnótica.  En esta aria la flautista Georgia Browne fue la compañera solista ideal a la soprano. Su fraseo y sonoridad fueron igualmente hermosos y ejemplares, a la vez que su diálogo con la solista vocal fue encomiable.

La mezzosoprano Lucile Richardot tuvo la gran suerte de interpretar una de las más hermosas melodías jamás compuestas, Erbarme dich, mein Gott, y que gracias a la personalidad y a la expresividad de la mezzo la convirtieron en uno de los momentos inolvidables de la noche, a lo que se sumó el concurso de la concertino de la primera orquesta, Sophie Gent, que demostró gran belleza sonora y una calidez doliente, a la par de un fraseo espléndido.

El tenor Zachary Wilder se mostró siempre entregado en cada recitativo y en cada aria, aportando esa unicidad de su discurso musical y esa hermosura sonora que posee. Por su parte el bajo Alex Rosen, dueño de un oscuro y cálido timbre de bajo, aportó una suntuosidad y hondura en sus arias y en los personajes por él interpretados.

Debemos añadir, además, la conjunción y excepcionalidad de los integrantes del bajo continuo. En los instrumentos melódicos, el violonchelista Antoine Touche y el contrabajista Thomas De Pierrefeu brindaron una seguridad férrea en los recitativos y fueron la verdadera base sonora de la orquesta. En cuanto a los instrumentos armónicos, destacó el tiorbista Thibaut Roussel con sus mil y un colores en sus precisos arpegios, y el organista Matthieu Boutineau llenó de especiales momentos a todas sus intervenciones con bellos acordes.

Los Pequeños Cantores de la ORCAM volvieron a demostrar su excepcionalidad, energía y excelencia musical, con un empaste y una afinación espléndidos y con una disciplina encomiable, que es marca de su directora tan única como apasionada, Ana González.

El último aspecto que quiero resaltar del espectáculo, presente a lo largo de toda la Pasión, fue su enorme dinamismo. Cada intérprete vocal, tanto solista como coral, se fue desplazando de un modo tan natural como teatral por la escena, confiriendo a la representación de un dramatismo que excedió los límites de un oratorio sacro no representado, añadiéndole una modernidad muy personal. Además, la práctica totalidad de las arias fueron cantadas sin partitura, algo que añade un compromiso y una carga de veracidad expresiva realmente superior.

El público, que guardo un clamoroso silencio durante la interpretación, rompió en acalorados aplausos, llenos de vítores y de exclamaciones ante tan grandes artistas.

Simón Andueza

 

Pasión según San Mateo BWV 244, Johann Sebastian Bach (1685-1750).

Julian Prégardien, tenor, Stéphane Degout, bajo, Julie Roset y Maÿlis de Villoutreys, sopranos, Lucile Richardot, mezzosoprano, William Shelton, contratenor, Zachary Wilder, tenor, Alex Rosen, bajo.

Pequeños cantores de la ORCAM, Ana González, dirección.

Pygmalion, coro y orquesta. Raphaël Pichon, director.

Ciclo Impacta. Sala sinfónica del Auditorio Nacional de Música, Madrid.

23 de marzo de 2026, 19:30 h.

73
Anterior Crítica / Exploración pulsante - por Luis Mazorra Incera
Siguiente Crítica / Técnica y homogeneidad tímbrica del Cuarteto Jerusalem - por José Antonio Cantón