Conectamos con Ruth Iniesta (Zaragoza, 1985) a través de videoconferencia mientras se encuentra en Macerata, inmersa en los ensayos de Rigoletto (ver página 28). A pesar de las exigencias del montaje y de una agenda profesional que no da tregua, la soprano aragonesa irradia cercanía, entusiasmo y una amabilidad contagiosa. Su voz, incluso al otro lado de la pantalla, transmite el mismo brillo con el que ha conquistado escenarios de medio mundo, desde la Wiener Staatsoper o la Ópera de París hasta el Teatro Colón de Buenos Aires.
Ruth vive un momento dulce en su carrera, pero no por ello pierde un ápice de humanidad. Es tan natural hablando de su "gente bonita" (esa comunidad de seguidores nacida en plena pandemia) como reflexiva cuando aborda los sacrificios personales que implica su profesión.
Entre maletas, ensayos y nuevos retos, encuentra tiempo para hablar con generosidad, con la misma entrega con la que aborda sus personajes. Muy pronto la veremos debutar como Marguerite en Faust en Les Arts de Valencia, como Teresa en Benvenuto Cellini en La Monnaie de Bruselas o como Musetta en su esperada presentación en la Royal Opera House de Londres. Pero, por ahora, la tenemos aquí, compartiendo su pasión con la misma energía con la que pisa el escenario. Y eso, desde luego, no es poco.
¿Qué fue lo que le atrajo primero, el teatro o la música?
La música. Canto desde que era muy pequeña. Yo era la típica niña que no paraba de cantar en casa desde… no sé, los seis años. Siempre dije a mi familia que quería ser cantante. Lo que ocurre es que después, durante una visita del colegio a un teatro, descubrí lo que era el teatro y fue como como una epifanía. Cuando entré en aquel teatro por primera vez, me fascinó todo lo que pasaba. En mi cabeza me preguntaba “¿qué pasará con esos actores que están encima del escenario? ¿Qué estarán viviendo?”. Sentí que no estaba simplemente sentada entre el público, sino que quería conectar con lo que pasaba detrás [del escenario]. Años después, descubrí lo que era un musical viendo Grease en la tele. Me dije... “¡un momento! ¡Que aquí se hace todo, aquí se baila, se canta, se interpreta!”. Y recuerdo que pensé “aquí tengo yo que buscar”. Y por ahí empecé. Pero vamos, lo primero fue siempre la música.
Hoy por hoy, ¿se ve a sí misma como una cantante que actúa o como una actriz que canta?
Depende del universo musical en el que esté en ese momento. Hay músicas que están mucho más supeditadas al texto que otras. Siempre intento mantener un equilibrio, pero lo cierto es que en la lírica es muy difícil: tienes que estar muy atenta a la parte vocal, porque si te dejas arrastrar por esa parte actoral, el sonido se puede resentir muy fácilmente. Cuando he hecho papeles como Nedda de Pagliacci, o incluso en las escenas dramáticas de La Traviata, es muy fácil dejarse llevar por esas entrañas de la parte actoral y tienes que saber frenar a tiempo, porque si no, te puede pasar como cuando lloras en la vida real: que no te sale la voz.
¿Qué hay de cierto en que la ópera vive bajo la tiranía de los directores de escena?
Bueno, depende bastante. Me he encontrado un poco de todo. Últimamente, tengo la suerte de que casi siempre me estoy encontrando directores de escena que te piden la opinión y te preguntan si esto o lo otro te sería cómodo. Te dicen: “¿cómo te lo puedo facilitar para que hagas este pasaje?” o “vale, pero pasando por estas emociones, ¿cómo podemos hacer?”. Hace años sí era más real, creo que hoy en día se empieza a ver directores que respetan mucho más esa parte del cantante porque saben que al final tú eres la que está dando la cara. Aún te puedes encontrar con alguno que tiene una visión más adecuada para el cine. Pero, como digo, se ve que hay una corriente de directores que saben que están trabajando con cantantes, que es diferente y que hay que respetar ciertos límites para que podamos dar lo mejor de nosotros mismos.
Durante estos últimos meses, ha cantado Gilda, Lucia y Konstanze. Desde su perspectiva, ¿hay algo que una esos papeles tan distintos?
Vocalmente son muy distintos, pero siempre se mantienen dentro del espectro lírico ligero. Dependiendo del rol, tienen momentos más o menos dramáticos; por ejemplo, en el de Konstanze, “Marten aller arten” es bastante más dramático, pero siempre lo es desde una escritura mozartiana. Por tanto, cantar Konstanze no es como meterte en una Nedda. Los tres tienen ese punto de timbre y de hacerte jugar con un color más juvenil. Personalmente, he construido mi carrera sobre el bel canto, que es desde donde me gusta trabajar todo lo que hago, de manera que cuando me he ido a Mozart, lo he hecho con un planteamiento desde esa línea belcantista. Luego, obviamente, te vas metiendo más en cada rol. Digo esto porque, cuando he trabajado la Lucia en medio de los dos Mozart, ha sido un poco diferente a las otras Lucias que he cantado antes… Te llevas contigo la voz y tienes que saber que [la voz] es como una ola y que tienes que ir trabajando a favor de ella, sin que se descontrole. Si ahora vas a hacer un periodo más mozartiano, la voz inevitablemente se pone un poquito más alta. Es otro tipo de emisión, aunque personalmente siempre intento conservar esa base belcantista, porque es donde yo me he sentido siempre muy a gusto y desde donde he construido mucho.
¿Es usted de las que oye la palabra “técnica” y se lleva la mano a la pistola?
Nooo, [ríe] ¿por qué? Para mí la técnica es conocerte, conocer el estilo que estás haciendo, el universo musical en que te encuentres y, sobre todo, conocer tu instrumento, cuidarlo. Lo que sí que he visto es que, aunque siempre hay una misma base de apoyo del aire, de emisión, no hay un solo camino para hacerlo. En realidad, cada voz es un mundo. Y ciertas bases técnicas funcionan más o menos para el cien por cien de las personas. Pero no son tantas. Al final, se trata de eso, de encontrar tu camino, tu paracaídas, el colchón en el que estás y en el que sabes que no te vas a hacer daño nunca.
Próximamente se enfrenta a la Marguerite del Faust de Gounod y a la Teresa de Benvenuto Cellini de Berlioz. ¿Qué retos vocales o dramáticos le plantean estos personajes?
Efectivamente, ahora es una nueva etapa en cuanto a colores. El principal reto es no perder las herramientas que he recordado con Mozart, mantener esa flexibilidad para llevar mi instrumento a donde exige esa sonoridad, mantener ese equilibrio sin que se resienta la expresividad que quiero alcanzar en esa música. Lo bueno es que esta Gilda [se refiere a la que interpreta en Macerata] me sirve de puente, porque la he cantado mucho y es volver a terreno conocido y, al mismo tiempo, me permite seguir readaptando esto que venía de Mozart y de ese modo pasar a ese universo nuevo que es la música francesa.
De esos tres grandes bloques en los que se estructura su carrera actual, que son el mozartiano, el francés y el del bel canto, entiendo que es en este último en el que se siente más en casa...
Sí, pero porque es el que más veces he hecho. Lo cierto es que he encontrado con una versión de mi instrumento y de mí como intérprete en Mozart que me ha gustado mucho. He notado mi sonido rejuvenecido y es algo que me gustaría poder explotar más. No sé si en el futuro inmediato vendrá alguna oportunidad en ese sentido…
Deje volar su imaginación y dígame, si ahora mismo sonara su teléfono y le ofrecieran precisamente un papel mozartiano, ¿cuál le gustaría que fuese?
Sin duda, me gustaría volver a hacer Konstanze porque en esta producción [se refiere a la de Saint-Étienne], han sido solo tres funciones. Pero si tuviera que añadir uno nuevo, le hablaría de un Così fan tutte. He hecho la Donna Anna de Don Giovanni y, hace mucho tiempo, la Susanna de Las Bodas de Palma de Mallorca; me lo pasé de maravilla y me parece un rol de una dulzura y de una picardía deliciosas, pero creo que hoy por hoy sería un momento más propicio para hacer la Condesa.
Mientras tanto, le esperan la Royal Opera House de Londres y la Musetta pucciniana...
Sí, he hecho Musetta un par de veces, la última en el Teatro Real y con la misma producción. Va a ser un debut muy deseado sobre un escenario que siempre me pareció de ensueño. Es una producción en la que Musetta está bastante activa. Tiene un color amargo; desde que entra a escena, está muy borracha porque se ha dado al alcohol, ya que es la manera que tiene de sobrellevar el dolor de no estar con Marcello. La escena es complicada porque hay toda una serie de coreografías sobre las mesas del restaurante, una serie de movimientos que no son de lo más cómodo, pero lo disfruté mucho en el Real.
Además del Real o la Royal Opera House Covent Garden de Londres, ¿hay algún otro en el que vea debutar como un sueño o como un objetivo?
Siempre hay dos teatros que están ahí: la Scala y el Metropolitan. Me gustaría pensar que son objetivos, pero una los ve siempre tan grandes… A veces da miedo decir que sean un objetivo, pero a día de hoy son sitios en los que obviamente me encantaría poder estar por toda la historia que tienen. He tenido la suerte ya de estar en muchos teatros con esa historia, pero esos dos son míticos.
Sigamos hablando de grandes escenarios y dígame qué tiene o qué le falta al género del musical para no estar presente en los principales teatros de la ópera...
Quizá el musical se ha creado su universo paralelo, su propio circuito aparte: en Madrid, está el de Gran Vía, en Londres, el West End… Hay algunas pequeñas experiencias en cuanto a musicales de tendencia más clásica que han sido llevados en versión concierto, como West Side Story. De hecho, creo que se hace este este verano en Caracalla. Me parece lógico porque requiere otro tipo de acústica: normalmente, no se hacen con una orquesta sinfónica, los cantantes llevan micrófonos y las puestas en escena están pensadas para que aquello dure toda una temporada. Sí que es verdad que a lo mejor habría público al que le encantaría verlo, pero habría que estudiar cómo se hace acústicamente. En un teatro como el Real, lo veo complicado, pero en un Lope de Vega…
Cambiando de tercio, ¿cuáles son o han sido sus referentes artísticos?
Cuando estudiaba en el conservatorio, seguí mucho los primeros años de Anna Netrebko, porque me parecía un timbre de voz muy personal, muy distinto. Y también me enamoraba Diana Damrau, porque siempre vi que, aparte de esa capacidad vocal, esa técnica estupenda, tenía esa parte actoral. A mí me enamoró. Recuerdo escuchar su “Caro nome” en YouTube y sentir que era la primera vez que veía esas coloraturas con tanto sentido dramático. En su momento, seguí mucho a Natalie Dessay, aunque vocalmente no tenemos nada que ver. Luego fui descubriendo valores clásicos que son escuela para todo el mundo. La más cercana que he podido escuchar en vivo fue Mariella Devia. Hay grandes nombres como Pilar Lorengar o Montserrat Caballé, a la que en cambio nunca pude ver en vivo. Con el tiempo, vas viendo el universo de voces que ha habido y ahí es cuando uno se hace pequeñito, aunque por otra parte, te sientes parte de algo muy grande porque estás intentando seguir esos pasos. Estás pisando esos escenarios que han pisado Tebaldi o Callas… Pero bueno, digamos que en cuanto a referentes más cercanos para mí, me quedaría con Diana Damrau.
Entiendo que hay otros referentes en su carrera a los que usted gusta denominar como “gente bonita”…
¡Sí! En realidad, el término, si no recuerdo mal, surgió en la época de la pandemia. Hasta entonces, las redes sociales para mí jugaban un papel de mero entretenimiento, de conexión con algunos amigos que tenía lejos. Tenía una cuenta en Facebook, que poco a poco fui abandonando porque se producían discusiones políticas que no me interesaban. Entonces, entré en el universo Instagram y vi que allí se daba una conexión mucho más inmediata. Después del shock inicial que supuso la pandemia y el hecho de que se cayera toda mi agenda de un año y pico, Instagram me hizo sentir que podía aportar algo. Entonces recurrí a los directos que hacía los lunes y en los que charlaba con la gente y cantaba alguna canción en casa. Era una energía muy bonita porque todo era aportar, todo era enriquecerse unos a otros. Y bueno, un día surgió la idea de llamar a toda esa gente, “gente bonita”. En realidad, incluye a un grupo muy variopinto de personas que están en mi perfil de Instagram y que siempre me están dando muchísima energía, muy buena. Es muy bonito encontrártelos a la salida de funciones en los teatros.
Creo recordar que esto le ha pasado con frecuencia en el Liceu...
En efecto. En muchísimas funciones salía y había alguien fuera que me decía “soy gente bonita”. Eso me hacía y me hace muchísima ilusión. Son gente que han comprado entradas para venir a verme a una ópera o un concierto y que nunca antes lo había hecho. No sé si fue a raíz de los directos o de cuando estuve en la semifinal y final de “Prodigios” [un talent show de TVE], donde colaboré como coach. Sé que conectaron conmigo, con mi carácter y se creó un ambiente muy bonito. Hay gente que se ha aficionado y que ha venido a la ópera varias veces. Me gusta seguir teniendo ese contacto con ellos, aunque hay veces que no es posible por todo lo que tengo que estudiar o gestionar. Ahora mismo, no puedo hacer directos todas las semanas, pero intento seguir teniendo esa conexión con ellos.
Últimamente, está viviendo un momento muy dulce, con compromisos importantes en teatros muy relevantes y mucha proyección internacional. Además de tener que enfrentarse con bastante asiduidad a su manifiesta fobia a hacer maletas, ¿qué sacrificios le ha supuesto su carrera profesional?
No son pocos. Lo que pasa es que a menudo los haces entre comillas. Vamos a ponerle muchas comillas porque en realidad lo haces de buena gana. Cuando te has hecho la idea de vivir la primavera en tu jardín y de repente recibes una llamada para irte a estar un mes otra vez fuera de casa, te vas de muy buena gana porque es algo que me sigue haciendo mucha ilusión. Pero también es verdad que hay muchos contras. Te pierdes bodas, cumpleaños, nacimientos, bautizos de mi gente, de mi familia, de mis amigos cercanos, que también son familia. Te pierdes muchos momentos así. Además, la rutina de quedar con tu círculo de amigos cada equis tiempo, cada vez se dilata más. Es complicado seguir manteniendo las relaciones al mismo nivel. A lo mejor, llegas a casa para estar cuatro días y no te da tiempo más que para deshacer maleta, poner la lavadora y volver a hacer la maleta. Y en medio has tenido un día para descansar. Me genera bastante angustia el hecho de saber que estoy en casa dos días y que tengo mucha gente a la que quiero ver, pero mi cuerpo no me lo permite. Hay gente que lo entiende muy bien y que se ofrece a venir a mi casa con un poco de café y unas pastas para charlar un rato sin que yo tenga que moverme, porque entienden que es ahí donde quieres estar, pero son muy pocos.
Es normal…
Sí, porque la gente va creando sus rutinas, pero da mucha pena ver que tú ya no estás en esa rutina. No es que ellos hagan algo mal ni que tú hayas hecho algo mal. También es difícil no abrazar a tu madre cada semana. Yo tengo la infinita suerte de que mi marido, por su cuenta y riesgo, decidió que quería venir conmigo y se lo agradezco infinitamente porque allá donde voy, estoy en casa porque estamos los dos y nos creamos nuestra rutina de lo que llamamos “vida de barrio”. Nos creamos nuestra rutina en cada ciudad y ¡me ayuda mucho con las maletas! Eso me hace tener cierta estabilidad, porque cuando viajaba sola constantemente, llegó un momento en que necesitaba compañía. Entonces no te vale una llamada telefónica o una videollamada, porque en mi trabajo hay mucho estrés. También está la constante crítica externa. Tú ya te haces mucha internamente, tanto si te ha salido bien como si te ha salido regular. Sabes todo lo que tienes que mejorar y no paras de repetírtelo. Pero además tienes mucha gente externa que te hace sus valoraciones. Y no hablo solo de la prensa escrita. Hay muchas personas que se creen a lo mejor que te conocen al cien por cien y te dicen “tienes que hacer esto, tienes que hacer lo otro”. Hay mucho bombardeo de ideas externas y eso también es complicado de gestionar a veces.
Última pregunta. ¿Qué consejo le daría a una cantante en el inicio de su carrera?
Hay quien hablaría del tema de elegir bien el repertorio, de saber decir que no. Son cuestiones importantes, pero creo que hay algo mucho más importante que todo eso y es cuidarte, darte paz a ti mismo, darte amor. Porque te puedes perder en medio del estrés que te provocan todas esas voces que están sonando a tu alrededor y todas las expectativas que tienen sobre ti o que tú crees que tienen sobre ti. Al final, lo que te va a quedar son los buenos recuerdos de todas las cosas que te han pasado en los ensayos, en los viajes, en las funciones. Hay que intentar que esos recuerdos sean la mayor parte buenos, sabiendo que te van a pasar cosas, que te vas a confundir, que un día vas a estar malo, que a lo mejor estás en una compañía en la que no tienes la mejor de las energías con todo el reparto. Pero si vas con la mentalidad de disfrutar esto, que haces lo que haces porque lo amas, al final moldeas esa energía de fuera y es mucho más enriquecedor.
Un consejo que deja entrever el lado menos amable de una profesión tan gratificante como exigente y en la que Ruth Iniesta es reconocida como una de nuestras mejores exponentes. Es de suponer que sus futuras apariciones en Les Arts de Valencia y el Teatro Real de Madrid, por no hablar de los escenarios internacionales que tanto frecuenta, volverán a confirmarlo.
por Darío Fernández Ruiz
Foto portada © Gemma Escribano