Música clásica desde 1929

Editorial

Teléfono rojo
Diciembre 2022 - Núm. 967

Teléfono rojo

Entre sus funciones, el teléfono móvil también puede apagarse. La plaga de sonidos de móviles, casi todos de última generación, que pueblan los conciertos que demandan más silencio y respeto del público, comienza a ser preocupante, hasta el punto que bastantes músicos, muchos de renombre, han tenido que detener la interpretación porque ambas cosas son incompatibles: la música y el escandaloso e inacabable sonido del móvil en una sala de conciertos.

A las toses, presentes en cualquier época del año y mucho más habituales con el frío, y los envoltorios de los caramelos, que suelen desenvolverse justo cuando llega un adagio, se suma ahora la incesante sonoridad de mensajes, llamadas y vibraciones muy potentes de los móviles de algunos espectadores que, avisados, no han tomado la debida precaución. Y si molesta a la concentración de los músicos, también lo hace al público, que desatiende su atención hacia la música para encontrar al culpable y hacerle notar su desacuerdo y enfado.

No todas las salas tienen la megafonía para avisar al público que revisen sus dispositivos móviles y los mantengan en silencio, por lo que en algunos casos es alguien de la organización quien, armado a veces de valor, se dirige a la sala para advertir del posible perjuicio que acarrea el incesante sonido de los aparatitos para el músico, que en bastantes casos ya ha avisado que no se puede tolerar lo ocurrido en la primera parte del concierto. Y no es broma, hay músicos que han abandonado el escenario, otros se han quejado expresamente dirigiéndose al público (Barenboim) y otros se lo toman con cierta gracia, y con sus instrumentos han llegado a imitar el tono de llamada que alguien no ha sido capaz de silenciar y, lo que es peor, de eliminar, pues suena y suena y no puede hacer nada para apagarlo.

Y se ha dado la curiosa situación que señoras y señores de cierta edad han pedido con mucho respeto e implorando ayuda a su desconocido compañero de butaca que les apague el teléfono, porque ellas o ellos no saben hacerlo. Son teléfonos de ultimísima generación, regalados habitualmente por una familia que pretende saber cómo se encuentra su familiar a todas horas, y como a éste el oído no le funciona todo lo bien que quisiera con la edad, tiene el sonido al máximo volumen. Cóctel mortal: desconocen cómo apagar el teléfono y el sonido a la máxima potencia.

Salas tan importantes como el Auditorio Nacional de Música, que acoge conciertos casi todos los días, emite un estridente aviso como recordatorio, tan estridente que los músicos de algunas orquestas, ya sentados en sus atriles y concentrados tras la afinación, se sobresaltan y pierden la concentración inicial necesaria. Tampoco vale que alguien, micro en mano, avise por activa y por pasiva de silenciar y apagar los teléfonos antes del acto cultural esperado (Ibermúsica lo hace siempre, y aun así siguen sonando); es una cuestión sencilla de educación, no haría falta aviso alguno si el que asiste a un concierto sabe que lleva un teléfono encima.

Pero como parece que nada vale, y los teléfonos siguen sonando haya aviso megafónico o micrófono en mano, desde este editorial proponemos una sencilla pegatina en todos los respaldos de las butacas de auditorios, salas de concierto y teatros (también sufren esta plaga otras manifestaciones culturales que requieren de silencio y respeto por parte del público), en el que una indicación de silencio y un móvil apagado sean visibles al sentarse para el olvidadizo espectador. Es un paso, pequeño, hasta que la sociedad cultural que asiste regularmente a conciertos se conciencie de mantener la sala en el máximo silencio posible con sus móviles apagados.

Por cierto, como la Navidad se acerca y se prevé como todos los años una avalancha inservible de regalos, el teléfono móvil volverá a ser uno de los obsequios estrella. Hagamos que esta fantástica tecnología no suponga un inconveniente a la hora de asistir al concierto que precisamente hemos reservado con nuestro teléfono móvil. Por cierto, no se nos olvida, ¡feliz Navidad!

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