Música clásica desde 1929

Editorial

Música y democracia
Septiembre 2013 - Núm. 866

Música y democracia

Es bastante evidente que muchas de las cosas que, día a día, van sucediendo en España están llevando a nuestra democracia a un preocupante estado. Hasta hace unos años solíamos calificarla de “joven democracia”; leíamos a diario esta frase como frase hecha. Hoy ya no se pronuncia, pero en cambio se habla de una pérdida de calidad democrática alarmante. ¿Sufre este problema también la Música? Creemos que en parte sí, aunque hay instituciones y personas que, conscientes de los males que un contagio semejante puede acarrear en el cada vez más debilitado tejido musical español, se han puesto las pilas.

Como siempre y como en todo, se debe hacer un buen uso de la memoria. Tras la llegada de la democracia a nuestro país hubo el consiguiente “boom” musical. Al cabo de los años se produjo (como en otros tantos aspectos de los distintos “pelotazos”) una cierta saturación. Luego vino la gente guapa para explicarnos lo modernos que habíamos llegado a ser. Y en esas apareció la crisis. ¿En qué momento nos encontramos ahora? Pues pensamos que, a pesar de que persiste una cierta miopía entre algunos, hay otros que sí han sabido hacer un buen diagnóstico de la situación; son aquellos de tienen claro que, en realidad, este monte nunca fue orégano, y que, por ello es urgente poner las cosas en su sitio. ¿Qué cosas?

Pues, entre otras, comprender de una vez por todas que la formación musical media del aficionado consumidor es la que es, porque la educación musical, a pesar de haber evolucionado considerablemente, no es todavía la necesaria; sin duda una formación menos brillante que la que disfrutan unos pocos ilustrados, incluidos los que nos dedicamos a difundir la música. Se suele afirmar con peligrosa soltura que hay que programar músicas distintas, que el repertorio de siempre está quemado, que el “nuevo” público está hasta la coronilla de escuchar lo de siempre. Falso.

Archifalso: quienes están hartos de escuchar lo de siempre son los de siempre, es decir los cuatro privilegiados (por conocimiento y uso) de toda la vida. Cuatro, lo que es estupendo para ellos (los “egos” hacen su trabajo), aunque tal recuento tenga poco que ver con el binomio democracia-música. ¿Son estas las afirmaciones de, precisamente, esos privilegiados que se pasan la vida protestando y soñando en ese mundo feliz de calidades musicales solo alcanzables de uvas a peras? O ¿acaso estas afirmaciones (con su carga de denuncia) son producto de otro tipo de razonamiento?

Digámoslo ya: lo son, y lo son por pura praxis, que no es otra cosa sino la observación directa de lo que sucede. A punto de comenzar la nueva temporada, todavía no nos creemos lo que sucedió el día 22 de junio en el Auditorio Nacional, en un maratón musical construido alrededor de Beethoven, o sea, de ese tipo de repertorio cuya frecuencia es para muchos motivo de aburrimiento. Las Nueve Sinfonías de Beethoven, de una tacada; las 32 Sonatas para piano, simultáneamente, en la sala de al lado; y una buena muestra de su música de cámara en una sala improvisada entre ambas. Resultado: 30 conciertos en 14 horas con una asistencia superior a la 26.000 personas. Una verdadera lección de democracia, y de calidad, porque, además, los resultados artísticos fueron muy estimables.

Conclusión. Pues varias. Una: asunto repertorio. No, no es cierto que todo el mundo “se sepa” las Sinfonías de Beethoven. Y menos, las Sonatas para piano. A una parte del público le pudo suceder eso, pero, por las “muestras” recogidas por esta revista a lo largo de todo el día, quedó muy claro que allí había un gentío de personas que estaban escuchando por primera vez en su vida la música de ¡Beethoven! Dos: no se consigue llevar a un auditorio a tanta gente sin una gestión inteligente, incluida una buena promoción, una adecuada política de precios y una plausible política de contratación de artistas, sin duda todo ello como resultado de una buena elección de las personas responsables de montar el tinglado. Y tres, dedicada directamente al Gobierno: en Cultura, es mejor hacer las cosas bien que meter la tijera. Eventos como el descrito, con resultados como los verificados,  suponen, amén de una acongojante inversión cultural en el más noble y largoplacista sentido del término, una valiosísima información para saber cómo hay que hacer las cosas en Cultura sin volverse loco, sin convertirse en una apisonadora de valores. En otras palabras: se necesitan personas que sepan dar respuestas creativas a la crisis. En la Clásica, aquí y ahora, es fundamental dar un giro a un concepto que parece se ha perdido: la gestión de la popularidad, algo imposible si no se tiene una idea radicalmente anticlasista de la difusión musical. Un debate de calado, y en el que todos de una manera u otra, estamos obligados a participar, si no queremos perder en un minuto ese gran sueño construido durante años.

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