Durante años hemos escuchado, casi como una letanía, que el público de la música clásica envejece, que los teatros pierden espectadores y que el futuro de la ópera y del concierto sinfónico pasa inevitablemente por una renovación generacional que nunca termina de llegar. Es cierto que existen problemas, y sería irresponsable ignorarlos. Pero quizá ha llegado el momento de revisar algunos de esos lugares comunes.
Porque hay una realidad que se está haciendo cada vez más evidente: el aficionado a la música clásica no ha desaparecido; al contrario, en buena parte de España está recuperando, consolidando e incluso intensificando su relación con los teatros y auditorios.
No hablamos únicamente de llenar una sala para una determinada producción o de conseguir una buena taquilla en un concierto extraordinario. Hay algo mucho más significativo: la voluntad de volver, de reservar con antelación, de adquirir un abono, de convertir la asistencia a la música en un hábito cultural estable. Y eso, para quienes amamos la música clásica, es una noticia extraordinaria.
Los ejemplos podrían multiplicarse. El Teatro Real, el Gran Teatre del Liceu, el Teatro de la Zarzuela, el Auditorio Nacional de Música a través del CNDM y de la OCNE, el Palau de la Música Catalana, el Palau de la Música de València, Les Arts de València, el Auditorio Nacional, el Kursaal de San Sebastián, el Auditorio de Zaragoza, el Maestranza de Sevilla, el Auditorio de Tenerife y tantos otros espacios muestran, con diferentes modelos y resultados, una oferta musical de una riqueza difícilmente comparable con otros momentos de nuestra historia reciente.
El CNDM acaba de iniciar su temporada 2026/27 con un nuevo récord histórico de abonados, después de haber encadenado dos temporadas de crecimiento. Y el Teatro Real mantiene para su actual temporada una amplia estructura de abonos de ópera, cámara y otros ciclos, incorporando además fórmulas que permiten mayor flexibilidad al espectador. Son dos ejemplos, entre muchos, de cómo las instituciones están intentando convertir al público ocasional en público fiel.
También resulta significativo lo ocurrido en el Palau de la Música de València, donde el número de abonados ha crecido incluso respecto a los años anteriores al cierre del edificio por su rehabilitación. No parece, por tanto, que el abono sea una fórmula condenada a desaparecer, aunque sí esté obligado a transformarse para adaptarse a los nuevos hábitos de consumo cultural.
Y aquí aparece una cuestión que considero fundamental. El problema quizá no sea que falte público, sino que durante demasiado tiempo hemos contado al público de la música clásica desde una perspectiva excesivamente pesimista. Hemos hablado mucho del envejecimiento y demasiado poco de la fidelidad, del conocimiento musical, de la capacidad de elección y del deseo de seguir escuchando en directo.
El abonado actual tampoco es necesariamente el de hace treinta años. Quiere flexibilidad, poder cambiar una función, ceder una entrada, combinar ciclos, descubrir repertorios y artistas, y utilizar también las posibilidades digitales. Las propias instituciones están respondiendo a esta transformación con abonos más abiertos y personalizados. El Teatro Real, por ejemplo, ofrece actualmente diferentes modalidades, cambios, cesiones y fórmulas de acceso que intentan hacer compatible la fidelidad con una vida cultural menos previsible.
Pero no deberíamos caer tampoco en el triunfalismo. Tener público no significa que todos los problemas estén resueltos. Persisten las dificultades económicas, el precio de las localidades, la necesidad de atraer a nuevos espectadores y, especialmente, el desafío de conseguir que los jóvenes no sean solamente consumidores ocasionales, sino futuros aficionados.
Precisamente por eso conviene valorar lo que está ocurriendo. En un momento en que tantas veces se anuncia la crisis de la música clásica, España dispone de una oferta extraordinariamente amplia: ópera, zarzuela, sinfónica, cámara, música antigua, contemporánea, coral, recitales, festivales y propuestas pedagógicas. Y una parte importante de esa oferta encuentra un público dispuesto a regresar.
Quizá debamos cambiar el discurso. La música clásica no está esperando pasivamente a que llegue su público del futuro: tiene público hoy. El reto consiste ahora en cuidarlo, ampliarlo y transmitirle el entusiasmo necesario para que una entrada se convierta en un hábito y un hábito en una verdadera pasión.
Porque un teatro lleno puede ser una buena noticia. Un abonado que vuelve cada temporada es una declaración de confianza en el futuro de la música.