Un año más el pianista ruso Arcadi Volodos clausura el ciclo madrileño de Grandes Intérpretes. Parece que se consolida como una tradición, desde 2023. Volodos es un pianista especialmente apreciado en Madrid (por muchos motivos) y los organizadores del ciclo aprovechan esa química especial. Y, sin embargo, nuevamente el Auditorio Nacional se quedó muy lejos del lleno o de la asistencia que logran otros pianistas de relumbrón (Sokolov, Kissin, Igor Levit o incluso Khatia Buniatishvili).
Este año Volodos volvió a Schubert y a Chopin. Dos autores de referencia en sus programas desde hace muchos años. Es Schubert también el protagonista de su última grabación en Sony, coincidiendo con su mini-gira de conciertos de este mes de junio. Por eso la expectativa era muy alta, después de escuchar su excelente versión de la Sonata D. 850 en dicha grabación.
Para este programa el ruso rescató la Sonata D. 894, que curiosamente ya formaba parte de una de sus primeras grabaciones en Sony, hace ya 25 años. En el fondo, nada especialmente nuevo. Al menos nos quedaba la oportunidad de comprobar cómo ha evolucionado su lectura, con el paso de los años. Volodos sigue ejecutando un Schubert mayúsculo. Lleno de poseía e introversión. Un tipo de interpretación que trata de aproximarse a otros compañeros de viaje y compatriotas como Richter y Sokolov. Los años parecen haber acentuado este planteamiento, que tan soberbiamente encaja en el Schubert crepuscular y doliente de esta Sonata. La vía elegida es la ralentización extrema de los tempos. Una opción creciente en el actual panorama, que vuelcan otros compañeros en Schubert y, sobre todo, en Bach. No hace tanto que comentamos este hecho en la última visita de Pogorelich, a este ciclo, con resultados no siempre tan afortunados. 25 años después Volodos simplemente agudiza tal ejecutoria, sin que siempre encontremos (al menos quien suscribe estas notas) el mejor acomodo.
La versión juvenil resulta mucho más canónica, sin por ello perder un ápice de emotividad. Fue evidente en el primer movimiento, moderato e cantábile, que no recuerdo haber escuchado con tal duración. Además, los silencios prolongados parecían llamar a participar al coro de toses, más habitual de lo deseado (menos presente en el resto de la Sonata). Es cierto que la articulación de nuestro pianista se lo permite. También el formidable uso de las dinámicas. Pero… Bellísimo y matizado el Andante, así como el Menuetto. Nuevamente en el Allegretto final, el tiempo parece que se detiene... El público se lo agradeció, con marcado entusiasmo.
La segunda parte la dedicó a Chopin. Como preparación de su Sonata n. 2, tres espléndidas Mazurkas (op 33 n.4, op 43 n.2 y op 63 n.2) y el delicioso Preludio op 45, donde también el tiempo pareció detenerse. En la Sonata, Volodos nuevamente optó por una lectura doliente y pausada. Con un resultado estimable. Su marcha fúnebre fue Lenta (como indica el compositor), sin duda alguna. Bellísima interpretación, en su conjunto. Esperemos que este aparente idilio con el público traiga más audiencia en la clausura del año próximo, donde también repite.
Propinas, donde destacó su especial relación con Mompou. El ciclo 26/27 se reinicia el próximo 9 de octubre, con una nueva visita de la magnífica pianista italiana Beatrice Rana. Buen verano a todos los amigos del piano.
Juan Berberana
Arcadi Volodos, piano
Ciclo Grandes Intérpretes (Fundación Scherzo)
Obras de Schubert y Chopin
Auditorio Nacional, Madrid.
Foto © Samuel Mejía