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Crítica / Dos genios para el disfrute global de la música - por Luis Suárez

Tarragona - 06/06/2026

El disfrute global y la recepción por parte del público de la música de Johann Sebastian Bach y Joseph Haydn operan en frecuencias emocionales y psicológicas radicalmente distintas. Mientras Bach es percibido como una experiencia mística, arquitectónica y casi sagrada, Haydn se disfruta desde la empatía, el ingenio, la sorpresa y la pura alegría de vivir. Bach es el refugio para los momentos en que el público busca orden, profundidad y desconexión del caos moderno. Haydn es el estímulo ideal para reconectar con la vitalidad, el ingenio y la celebración del color orquestal. El programa ofrece al público un banquete auditivo perfecto: la severidad gloriosa de Bach frente a la luminosa frescura matutina y nocturna de Haydn.

Las “Sinfonías Nº6 y Nº 8” de Joseph Haydn representan uno de los momentos más frescos, innovadores y brillantes del Clasicismo temprano. Compuestas en 1761, forman los extremos de una famosa trilogía programática inspirada en los momentos del día junto a la Sinfonía n.º 7. Estas obras marcaron el espectacular debut de Haydn como vice-kapellmeister al servicio del príncipe Paul Anton Esterházy, diseñadas específicamente para lucir el virtuosismo de la excelente y reducida orquesta de la corte. El mayor atractivo de estas sinfonías radica en su naturaleza híbrida. Actúan como un puente directo entre el antiguo concerto grosso barroco y la naciente sinfonía clásica. Haydn abandona la rigidez orquestal para dar constantes pasajes solistas a casi todos los instrumentos (violín, violonchelo, contrabajo, flauta, oboe y trompas), permitiendo que la obra respire con la agilidad de la música de cámara, pero con la potencia de un conjunto sinfónico. Son una de las muestras más tempranas de la música descriptiva del compositor. No son simples piezas de entretenimiento cortesano. Son el manifiesto político y artístico con el que Haydn revolucionó la música de su tiempo. Haydn arriesgó su reputación ante su nuevo mecenas con una música técnicamente endiablada para los profesores de la orquesta, pero sumamente accesible para el oyente. Son partituras que desbordan optimismo y que, a pesar de sus deudas con el Barroco tardío, miran con audacia hacia el futuro de la música sinfónica. Lo que pierde en rigor arquitectónico y desarrollo temático, lo gana en frescura, espontaneidad y fantasía. Haydn compensa la falta de complejidad intelectual con una narrativa dramática impecable. Hay que elogiar el minimalismo con el que Haydn retrata la naturaleza, esquivando la literalidad excesiva:

  • El amanecer de la Nº 6: Es una obra maestra de la economía de medios. Con solo seis compases y un crescendo dinámico básico, logra una sugerencia psicológica del nacimiento de la luz mucho más efectiva que los aparatosos efectos de otros contemporáneos.
  • La tormenta de la Nº 8 (La Tempesta): Aunque es rítmicamente irresistible y anticipa el espíritu del Sturm und Drang, estructuralmente es el movimiento más débil. Depende en exceso de los efectos de trémolo y las escalas descendentes de la flauta, cayendo por momentos en el cliché descriptivo del siglo XVIII, aunque su energía rítmica salva el resultado final.

Grau huye de la "sonoridad pulida, cortesana y amable" que tradicionalmente imperaba en el siglo XX, con una lectura de un dinamismo rítmico y una agresividad articulada casi folclórica. El balance de sonido está perfectamente equilibrado, permitiendo que las maderas (el fagot y la flauta de madera) mantengan su peso específico frente a las cuerdas sin ser absorbidas. Un disfrute que el espectador agradece.

El “Concierto Nº11 en re menor, BWV 1052” de Johann Sebastian Bach es considerado unánimemente como el concierto para clavecín más imponente, dramático y revolucionario del Barroco. Aunque Bach lo adaptó en Leipzig (c. 1738) para los conciertos del Collegium Musicum, la obra es casi con certeza la reconstrucción de un concierto perdido para violín de su época en Köthen (1717-1723). Esto le otorga una energía instrumental salvaje, virtuosística y precursora del concierto para piano moderno. La obra destaca por su monumentalidad tectónica y una gravedad expresiva inusual, dictada por la tonalidad de re menor (asociada en Bach a la angustia y el patetismo).  Hasta entonces, el clavecín era un instrumento de acompañamiento (bajo continuo). Bach, mediante este concierto, lo eleva a la categoría de solista absoluto de primera línea, capaz de competir en volumen, virtuosismo y peso dramático contra toda una sección de cuerdas. A diferencia de los conciertos italianos de Vivaldi —donde el solista descansa sobre un acompañamiento ligero—, Bach satura la textura. El clavecín no solo expone melodías; sostiene líneas contrapuntísticas complejas a dos y tres voces simultáneas mientras la orquesta lo desafía. El carácter apasionado, el misticismo del Adagio y la furia del Presto final hicieron que este concierto fuera el favorito de compositores románticos como Félix Mendelssohn y Johannes Brahms, quienes vieron en él un antecedente directo del espíritu trágico de Beethoven.

Tocar esta obra en piano de cola moderno es un reto de equilibrio; el piano puede ahogar fácilmente a una orquesta barroca. Oriana Kemelmajer Alías logra una lectura de una elegancia aristocrática, con un fraseo perlado, limpio y profundamente poético en el Adagio. A pesar de su juventud (nacida en 2002), la crítica especializada suele destacar de Oriana Kemelmajer una "madura musicalidad" y una honda profundidad interpretativa, aprovechando la flexibilidad dinámica del piano moderno para dar expresividad a las líneas melódicas.

La propina consistió en “La Isla de la Juventud” de C. Debussy, donde volvió a brillar Kemelmajer con un estilo distinto.

 

Oriana Kemelmajer Alías, piano. Franz Schubert Filharmonia Tomàs Grau, director 

J. Haydn: Sinfonías Nº6 “Le matin – La mañana”, Hob. I:6 y Nº8 “Le Soir – La Noche”, Hob. I:8. J.S. Bach: Concierto Nº1 para Clave en Re menor, BWV 1052

Teatre de Tarragona

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