Hubo un tiempo en que Venecia se llamó Serenísima, aunque, a juzgar por lo visto y oído en la Sala Argenta del Palacio de Festivales, no siempre hiciese demasiado honor a tan reposado sobrenombre. Porque la Venecia que Le Poème Harmonique hizo comparecer ante nosotros en el 75º Festival Internacional de Santander fue cualquier cosa menos serena: bulliciosa, sensual, vocinglera, irreverente, devota cuando convenía y pecadora apenas se presentaba ocasión; poblada de músicos y mendigos, máscaras y borrachos, enamorados, charlatanes y gentes de toda condición que parecían haberse echado a la calle para celebrar que, por unas horas al menos, el mundo podía ponerse del revés.
Y eso es, después de todo, el carnaval. No una sucesión de músicas antiguas convenientemente exhumadas y dispuestas ante el público con reverencia arqueológica, sino la suspensión temporal del orden; el instante en que lo sagrado y lo profano, lo noble y lo grotesco, la belleza y la deformidad se confunden y conciertan. Le Poème Harmonique, bajo la dirección y dramaturgia musical de Vincent Dumestre y con el concepto visual y la dirección escénica de Cécile Roussat, entendió admirablemente esa naturaleza mestiza y contradictoria de la fiesta barroca. Su Carnaval Barroco no pretende ofrecernos una reconstrucción documental de Venecia, sino algo quizá más difícil: hacernos sentir durante hora y media que estamos allí. Y allí estuvimos.
La fiesta comenzó, como tantas fiestas antiguas, invocando primero a los santos. La Litania dei Santi de Jean de Maletti abrió una puerta entre lo religioso y lo mundano por la que pronto habría de colarse toda suerte de criaturas. Porque apenas cumplidas las obligaciones con el cielo, la tierra reclamó sus derechos y la escena se convirtió en plaza, callejón, taberna, embarcadero y teatro improvisado. Llegaron los acróbatas, los mimos y los malabaristas; aparecieron máscaras y personajes de la commedia dell'arte, con sus canovacci y sus lazzi; hubo persecuciones, golpes, requiebros, vino, deseo y hambre. Y mientras unos trepaban, otros caían; mientras aquellos cantaban, estos danzaban; y cuando parecía que el orden estaba a punto de imponerse, algún saltimbanqui se encargaba de devolvernos al bendito desgobierno.
Pocas veces resulta tan apropiado hablar de sentido estético. Cada gesto, cada movimiento, cada objeto y cada entrada o salida parecían responder a una misma imaginación visual. El vestuario, las máscaras, el maquillaje, la iluminación y una escenografía deliberadamente elemental componían un mundo de colores terrosos, telas gastadas y cuerpos en movimiento que evitaba tanto el lujo museístico como la tentación de modernizar aquello que no necesitaba modernización alguna. Había belleza, sí, pero era una belleza manchada de calle; una belleza que olía imaginariamente a madera, vino, sudor y agua de canal.
Tal vez ahí resida una de las mayores virtudes de la propuesta de Roussat y Dumestre. El Barroco que aquí se reivindica no es el de los palacios, las iglesias y los grandes teatros, sino también el de la plaza pública. Junto al Monteverdi que hemos elevado al panteón de los fundadores de la ópera existieron innumerables canciones, danzas y músicas destinadas a divertir, provocar o acompañar la vida cotidiana. Carnaval Barroco devuelve esas músicas al cuerpo del que un día nacieron.
De ahí la importancia adquirida por Giovanni Battista Fasolo, cuyas canciones atraviesan buena parte del espectáculo. Piezas como Al me pias' il columbort, Al me pias' il vin alban, Una volta fui al mar o Mentre per bizzarria recuperaban ese territorio fronterizo en el que resulta inútil preguntarse dónde termina la música culta y dónde comienza la popular. Lo mismo ocurría con la Villanella del pescatore o la vertiginosa Tarantella del Gargano: melodías y ritmos que parecían pedir movimiento antes incluso de que los cuerpos obedeciesen.
Dumestre y los instrumentistas de Le Poème Harmonique comprendieron que esta música no admite asepsia. Violín, flauta, fagot, corneta, viola da gamba, chitarrino, percusión, contrabajo, tiorba, guitarra y colascione formaron una pequeña pero extraordinariamente vivaz república sonora, capaz de pasar del recogimiento a la danza y de la delicadeza al estrépito sin perder nunca el pulso teatral. No se trataba de acompañar lo que sucedía en escena: la música era también personaje, espacio y acción.
Y si algo define al Barroco es precisamente el placer de jugar, explorar, derribar las fronteras. ¿Por qué habría de permanecer intacto siquiera Monteverdi? Uno de los momentos más deliciosamente irreverentes de la velada llegó con el Lamento del Naso de Virgilio Albanese, delirante parodia del celebérrimo Lamento della ninfa. Allí donde la ninfa monteverdiana lloraba el abandono amoroso con una de las páginas más conmovedoras del Seicento, el espíritu carnavalesco introducía su espejo deformante. No había sacrilegio alguno en la burla: al contrario, solo aquello que todo el mundo conoce puede ser eficazmente parodiado. Que hasta el mismísimo Monteverdi terminase arrastrado por la algarabía era quizá la prueba definitiva de que el Carnaval había triunfado.
Entretanto, volatineros y saltimbanquis desafiaban una y otra vez las leyes de la gravedad con la misma desenvoltura con que los músicos parecían desafiar las fronteras entre lo culto y lo popular. Las acrobacias, los mástiles, los malabares y la rueda Cyr nunca funcionaron como números circenses superpuestos a un concierto. Ese es uno de los grandes aciertos del espectáculo. Todo nace de una misma pulsación y todo participa de una misma dramaturgia: el cuerpo del acróbata prolonga una frase musical; el golpe de la percusión provoca un movimiento; una canción engendra una escena y una escena parece, a su vez, reclamar la música que ha de acompañarla.
Había también algo profundamente teatral en la manera de ocupar el espacio. No asistíamos a la representación de un argumento en sentido estricto, sino a la acumulación de pequeñas historias, tipos humanos, encuentros y accidentes. Así debió de ser la calle: nadie poseía el protagonismo durante demasiado tiempo porque siempre había alguien dispuesto a arrebatárselo. Un enamorado podía ser desplazado por un borracho; un cantante, por un acróbata; la solemnidad, por una mueca. El protagonista era el Carnaval mismo.
Y acaso por eso el espectáculo consiguió algo que tantas reconstrucciones históricas persiguen inútilmente: abolir durante un rato la distancia de cuatro siglos. No vimos el siglo XVII desde nuestra butaca; entramos en él por una puerta lateral, menos solemne y bastante más divertida. Le Poème Harmonique recordó que la música antigua estuvo alguna vez viva, que perteneció a personas que bebían, reían, deseaban, rezaban, discutían y se burlaban unas de otras; y que el Barroco, antes de convertirse en patrimonio, fue presente.
Cuando la última música se extinguió y aquella Venecia imaginaria hubo de recogerse nuevamente dentro de sus cajas, máscaras e instrumentos, quedó la sensación de haber regresado de un viaje. Un viaje sin góndolas de postal ni melancólicas puestas de sol sobre la laguna, porque la Serenísima de Dumestre y Roussat tenía poco de serena y mucho de humana.
Por una noche, en Santander, volvieron a llenarse sus calles de máscaras, músicas y gritos. Y mientras duró el Carnaval, como mandan las buenas leyes del mundo al revés, nadie pareció echar de menos la cordura.
Darío Fernández Ruiz
Anaïs Bertrand, Paco García, Martial Pauliat, Igor Bouin y otros.
Le Poème Harmonique / Vincent Dumestre.
Escena: Cécile Roussat (concepto visual y dirección escénica), François Destors (escenografía), Maxence Rapetti-Mauss y Chantal Rousseau (vestuario), Christophe Naillet (iluminación).
Carnaval Barroco. 75º Festival Internacional de Santander
Palacio de Festivales de Cantabria, Santander
Foto © Laurent Guizard