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Crítica / Una Violetta entre el virtuosismo y el drama - por Darío Fernández Ruiz

Bilbao - 27/10/2026

En La traviata, la belleza del canto mantiene una relación particularmente delicada con la verdad del personaje. La escritura invita al lucimiento, pero exige también que cada recurso expresivo encuentre su razón en el drama: la brillantez, la expansión lírica o el recogimiento adquieren pleno sentido cuando permiten escuchar a la mujer que atraviesa esas experiencias. La cuarta y última representación de la serie con la que ABAO ha inaugurado su temporada número 75 dejó momentos de considerable altura musical, aunque también algunas reservas sobre esa relación entre lo que se admira y lo que conmueve.

Jessica Pratt posee una técnica de alta escuela y sabe administrarla con una seguridad poco común. Su dominio de la respiración, la espléndida messa di voce y la capacidad para prolongar los filados conservando el timbre acreditan un conocimiento exhaustivo del instrumento. Hay un trabajo muy elaborado detrás de esa facilidad para sostener el sonido, modificar su intensidad y conducirlo hasta una extinción cuidadosamente graduada. Son recursos que merecen reconocimiento por su dificultad y por la precisión con la que los pone en práctica.

Conviene, sin embargo, distinguir entre la calidad de la emisión y la del material vocal en sí: que un filado conserve el timbre no significa que ese timbre posea la riqueza, el cuerpo o la capacidad de seducción deseables. En la Violetta de Pratt, la excelencia del procedimiento resultó más convincente que la propia materia sonora, que no tiene particular relieve ni distinción. A ello se sumó, o al menos así se nos representó, cierta complacencia en la administración de sus habilidades: ocasionalmente parecía regodearse en el placer de cantar, recreándose en un efecto hasta hacer perceptible la voluntad de exhibirlo. Es hasta cierto punto comprensible, pero no lo deseable.

No se trata de pedir que Violetta renuncie a la belleza ni de confundir la emoción con una emisión descuidada. Precisamente porque Pratt puede hacer tanto, se echa de menos que sus recursos parezcan surgir con mayor inevitabilidad de las palabras y de las circunstancias. Quede claro, pues, que hubo mucho que admirar en su canto, pero algo menos de esa vulnerabilidad que hace olvidar a la cantante y concentra toda la atención en el personaje.

Javier Camarena encontró sus mejores argumentos en la ternura y el desconsuelo de Alfredo del tercer acto. La naturalidad del fraseo, la delicadeza de las inflexiones y la capacidad para colorear la línea le permitieron dar credibilidad al enamorado. Su interpretación ganó presencia conforme avanzó la representación, con un «Parigi, o cara» particularmente afín a sus cualidades.

El Giorgio Germont de Gabriele Viviani fue apreciable en la sonoridad de su registro central, aunque nos pareció que adolecía de una emisión engolada, con unos agudos que tendían a quedarse dentro, sin adquirir la expansión ni la proyección necesarias. Esa retención limitó la libertad de la línea y contribuyó a endurecer un retrato ya de por sí poco flexible y monocorde. Una ligera sobreactuación añadió un aire de Rigoletto a este padre burgués, como si la autoridad y la preocupación por la familia exigieran una constante exteriorización del conflicto. Faltaron gradaciones entre la severidad inicial, la incomodidad ante el sacrificio de Violetta y la compasión que acaba abriéndose paso y le sobró un bastón con el que no supo muy bien qué hacer.

Desde el foso, Francesco Ivan Ciampa realizó un trabajo de mérito, muy atento a los cantantes y a sus necesidades de respiración y fraseo. Obtuvo de la Orquesta de Euskadi texturas claras y una apreciable riqueza de detalles, con contrastes dinámicos y agógicos que dieron relieve a numerosos pasajes. Se percibía una escucha constante del escenario y una voluntad de intervenir en el significado de lo que allí sucedía.

Esa minuciosidad tuvo también sus excesos. Algunos contrastes parecieron innecesarios, y ciertos subrayados hicieron demasiado explícito lo que la música y el texto ya expresaban con suficiente claridad. Así ocurrió, por poner un ejemplo, con el acento sobre «la tomba» en la segunda estrofa de «Addio del passato», donde la insistencia añadió énfasis sin aumentar la emoción. En el extremo opuesto, el concertante que cierra el segundo acto careció del vuelo esperado: estaban atendidos los detalles, pero faltó esa amplitud capaz de reunir las distintas voces y sentimientos en un único impulso. Nos parece, en fin, que a una dirección por lo demás bastante meritoria le habría beneficiado una visión más macroscópica del drama, que subordinase cada inflexión al recorrido de la escena y de la obra.

La propuesta de Mario Pontiggia, concebida originalmente para el Teatro Massimo de Palermo, ofreció un marco visual atractivo enclavado en la estética belle époque, realzado por el lujoso vestuario de Francesca Zito. Esa riqueza exterior encontró una correspondencia bastante más limitada en la dirección de actores, con mención especial para el coro. Los movimientos fueron previsibles y las relaciones entre los personajes se resolvieron con escasa imaginación. Varias entradas se produjeron demasiado pronto, dejando a los intérpretes a la espera de intervenir y debilitando la espontaneidad de los encuentros. Son decisiones que afectan al ritmo teatral tanto como una pausa o una aceleración desde el foso. Bella coreografía en la danza del coro de los toreros, eso sí.

El espectáculo proporcionó, en suma, un entorno vistoso para una representación cuyo interés descansó fundamentalmente en el canto y en el trabajo orquestal. La última función de esta Traviata reunió técnica, oficio y momentos de indudable belleza. Para alcanzar una emoción más sostenida habría necesitado que esa abundancia de medios se integrase con mayor naturalidad en el drama.

Darío Fernández Ruiz

 

Jessica Pratt,  Javier Camarena, Gabriele Viviani y otros.

Orquesta de Euskadi / Francesco Ivan Ciampa.

Coro de Ópera de Bilbao / Esteban Urzelai.

Escena: Mario Pontiggia (dirección), Anna Laura Miszerak (reposición), Francesco Zito (escenografía y vetuario), Bruno Ciulli (iluminación).

La Traviata de Verdi

Palacio Euskalduna, Bilbao

 

Foto © E. Moreno Esquibel

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