La primera producción de Tosca presentada en el Festival de Glyndebourne subió a escena en una puesta en escena de Ted Huffman ambientada en la Roma fascista. Nada nuevo, después de la célebre de Jonathan Miller en 1986, que ya evocaba el rol de Anna Magnani en Roma, ciudad abierta. También Huffman confiesa haberse inspirado en este legendario film de Rossellini, pero sin llegar a la intensidad de la regie de Miller. Huffman mueve con detalle, pero mayor paroxismo, personajes grises en el similarmente gris y sepia marco escénico art deco ideado por Nadja Sofie Eller.
En la iglesia del primer acto, el gris es aliviado por la luminosidad de una Magdalena gigante. Y en el Palazzo Farnese una atmósfera similarmente lúgubre es atenuada con los manteles blancos de unas mesas con comensales que el regisseur muestra como representantes de una sociedad cómplice. Tan cómplice que los invitados que la representan escuchan los planes de Scarpia de violar a Tosca tomando vino y comiendo fideos, para contemplar después con indiferente expresión bovina el encontronazo entre Tosca, Scarpia y el Cavaradossi torturado. Con ello desaparece el sentido de esta confrontación en medio de una banalidad ideológica que destruye visualmente la clave del drama. Porque en Tosca la rivalidad política entre Cavaradossi y Scarpia es accesoria a una narrativa empujada por la pasión y los celos. En el caso de la obra de Puccini, la heroína no es una activista de barricada, como la inolvidable Magnani, sino una mujer que sólo actúa “per l’amor del suo Mario”, según la certera observación de ese Scarpia que, por confiarse demasiado como victimario, acaba siendo una víctima.
También en el tercer acto, que tiene lugar en un barranco al descampado, interfiere el regisseur con su afán de politización; el misterio y premoción de meditativa introducción orquestal y el canto del pastorcillo son malogrados por el frenetismo de una acción que incluye ruidosos fusilamientos de disidentes, cuyos cadáveres son transportados, uno por uno, a la fosa en la que terminará cayendo Tosca. Fue en este acto que la pareja de amantes alcanzó sus mejores niveles canoros.
Matteo Lippi, tenor de voz firme pero algo engolada y estridente, cantó un conmovedor y dinámicamente bien graduado “E lucevan le stelle”. Caitlin Gotimer es una soprano lírica sin spinto; por ello tuvo problemas de apoyo y proyección en “Vissi d’arte”, pero en el dúo final sobresalió con inspirado fraseo y redonda brillantez de timbre. Vladislav Sulimsky se impuso como un Scarpia de dicción clara y seguro squillo. Pero el más convincente del reparto fue Kristian Lindroos como un Angelotti que, siendo el mismo la gran figura política de la obra, no necesitó interferencias de regie para protestar su desesperada rebeldía.
El grisáceo paisaje escénico contrastó con la segura variedad cromática de la Filarmónica de Londres. Robin Ticciati la dirigió con modélica definición de contraste y detalles interpretativos inculcados con toda la pasión que faltó en la regie. Bajo esta batuta, la orquesta graduó su progreso a los clímax dramáticos, cincelando cada detalle orquestal sin apuros y con inspirado énfasis. Y a pesar de las salvas de rifles aniquiladores de disidentes, pocas veces es dado oír una interpretación más perceptiva de la difícil introducción al acto tercero, hasta el momento de la entrada de Cavaradossi. En el Te Deum, la masa coral de la casa aportó su excelencia en el momento más problemático para una acústica siempre esforzada cuando se trata de balancear la frondosa orquestación pucciniana con los tímpanos de una audiencia de 1200 espectadores.
Agustín Blanco Bazán
Caitlin Gotimer, Matteo Lippi, Vladislav Sulimsky, Kristian Lindroos...
Orquesta Filarmónica de Londres / Robin Ticciati.
Escena: Ted Huffman.
Tosca, de Puccini.
Festival, Glyndebourne.
Foto: Caitlin Gotimer y Vladislav Sulimsky, en esta Tosca con escena de Ted Huffman / © Glyndebourne Productions / Richard Hubert Smith