El pasado 28 de febrero, la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) abordó un programa dominado por dos compositores franceses con un don especial para tratar la orquesta y extraer de ella los más sorprendentes y arrebatadores colores: Hector Berlioz y Maurice Ravel. Todo ello bajo una batuta de la misma nacionalidad, Louis Langrée. De principio a fin, fue un concierto para el lucimiento de orquesta y director, y disfrute del público, tanto por lo que se refiere al programa como a la interpretación.
La velada se abrió con la obertura de Les Franc-juges, de Berlioz, una obra infrecuente, irregular, pero que presenta ya algunas peculiaridades que revelan el genio inconformista del compositor y anuncian lo que será la Sinfonía fantástica, tan solo cuatro años posterior. A partir de un gesto claro, por momentos imperioso, Langrée dio de ella una versión recia, muy enérgica en sus contrastes y absolutamente precisa en cuanto a planificación sonora.
A esa página de Berlioz le siguió el Concierto para piano para la mano izquierda de Ravel. Como solista actuó Anna Vinnitskaya, ganadora en 2007 del Concurso Reina Elisabeth de Bruselas. Su entrada fue vigorosa, como si de una pieza de bravura se tratara, para pasar a continuación a desgranar el tono más intimista y recogido propio del Lento inicial, aún más evidente en la recapitulación Tempo I, en la que la música va ganando en intensidad hasta lograr que una única mano suene como si hubiera dos. La irónica ligereza de la sección Allegro fue atacada de manera impecable por la solista y no menos por la orquesta, que resaltó aquí las cualidades rítmicas y tímbricas de la partitura. Como propina, Vinnitskaya ofreció una delicada y etérea interpretación de otra obra de Ravel, la Pavana para una princesa difunta.
La guinda del concierto llegó en la segunda parte con un nuevo Berlioz, la Sinfonía fantástica. Langrée mostró que esta obra no tiene secretos para él, no tanto porque la tocara sin partitura, como por el carácter exultante, fogoso, incluso teatral, que imprimó de principio a fin. El director tiene muy presente que la Fantástica es una sinfonía programática, por lo que se esforzó en todo momento por dar a su interpretación un sentido narrativo tan elocuente como plástico, basado en ataques precisos y fulgurantes, un sentido del tempo muy amplio y flexible, una gama de dinámicas trabajada hasta el último detalle y una exigencia a las distintas familias de la orquesta extrema. La cuerda grave, por ejemplo, pocas veces ha sonado esta temporada con esa corporeidad y rotundidez. Cierto, hubo algunos gestos de cara a la galería, como el brazo izquierdo extendido para marcar la entrada de las campanas en el movimiento final, pero nada de eso quita que se tratara de una Fantástica que hizo honor a su nombre.
Juan Carlos Moreno
Anna Vinnitskaya, piano.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Louis Langrée.
Obras de Berlioz y Ravel.
L’Auditori, Barcelona.
Foto © May Zircus