La Orquestra de València visitó el Auditorio Nacional de Madrid el 27, 28 y 29 de febrero con un grandísimo triunfo, dentro del ciclo de la Orquesta y Coro Nacionales de España (OCNE). No era una mera visita institucional, sino la constatación de un momento artístico crecido, trabajado y consciente de sí mismo. Tras 22 años sin comparecer en este escenario madrileño, la formación valenciana llegó con un programa de esos que no admiten tibiezas y demuestran su gran dominio del repertorio: clasicismo operístico, romanticismo concertístico y grandiosidad finisecular. Siglos XVIII, XIX y albores del XX condensados en una velada de ambición inequívoca.
El arco histórico resultó tan coherente como simbólico. El concierto se inició con Vicente Martín y Soler (quien era conocido como el “Mozart valenciano”), y pasó por dos grandes genios alemanes (aunque también muy vinculados a Austria), como fueron Johannes Brahms y Richard Strauss. Tres mundos estéticos y tres concepciones del sonido orquestal. Bajo la brillante y nítida dirección de Alexander Liebreich, el programa adquirió unidad discursiva, como si las tensiones de cada época y estilo dialogaran entre sí en un mismo espacio acústico. Este programa triple presentado tres días seguidos, fue un auténtico maratón que demostró la gran energía y calidad que tiene la orquesta valenciana. Como se pudo leer en el excelente programa escrito por el crítico Justo Romero: “Desde su fundación en 1943 -tres años después de la Orquesta Nacional- es una de las formaciones sinfónicas españolas de mayor solera e historia”.
El concierto se inició justamente con una breve obertura de ópera, La capricciosa corretta de Martín y Soler (estrenada en Londres en 1795 con libreto de Lorenzo da Ponte. El maestro Liebreich, al frente de una orquesta reducida con el fin de lograr un sonido más clásico, alejado del propio de las grandes formaciones románticas, renunció a dirigir con batuta y buscó una sonoridad transparente y precisa, ajena a todo rubato y grandilocuencia. Los timbales de parche fijo (no como los de pedal posteriores) dieron un toque más historicista a la orquesta. La cuerda atacó la introducción con firmeza dramática y veloz, subrayando los contrastes dinámicos con una precisión que evitó cualquier amaneramiento sentimental. No hubo afectación, sino claridad de articulación y sentido teatral. Luego de una sección rápida, se pasó a una de tempo más moderado e incluso danzarín. Liebreich entendió la obertura como miniatura dramática y concentrada. Una tensión inicial que da energía y firmeza al concierto que acaba de iniciarse, pero poco después una sección que da elegancia con su lirismo y ritmo bailable, para que los oídos del auditorio se sientan inmersos en la música. Se percibió el eco del clasicismo vienés en el compositor valenciano, quien fue enormemente popular en su tiempo, capaz de combinar humor, crítica social y refinamiento musical.
El tránsito hacia el Concierto para violín en Re mayor, op. 77, supuso ingresar en la densidad romántica y heroica, de un Johannes Brahms deudor y admirador de Beethoven. La orquesta aumentó en tamaño y, en consecuencia, el director tomó ahora la batuta para dirigir con mayor control unas masas sonoras mucho más amplias y densas que en la obra anterior. Brahms concibió casi esta obra como una sinfonía con violín obligado, y así la abordaron el director y el solista, el excelente y virtuoso Sergey Khachatryan. Junto a Alexander Liebreich y la Orquesta de Valencia, lograron un magnífico equilibrio en la textura musical, demostrando que una amplia formación sobre el escenario es capaz de generar múltiples combinaciones instrumentales que dialogan y se entienden con absoluta precisión. Khachatryan ofreció una interpretación de gran pureza estilística, apasionada, energética y a veces nerviosa, que cautivó sin lugar a dudas a un público asombrado con este dificilísimo concierto, que el solista dominó a la perfección. Su sonido, concentrado y de proyección noble, llegó a toda la sala, incluso en los momentos de más piano y delicadeza.
En el extenso y heroico Allegro non troppo inicial, la entrada del violín (tras la sólida exposición orquestal) se produjo con naturalidad, sin gesto grandilocuente. Khachatryan resultó en todo momento sumamente elegante, sin crear ningún estridente pathos, muy acorde al “clasicismo romántico” de Brahms. La célebre cadencia resultó espectacular, y fue planteada como una reflexión, libre, natural y sin prisas. A partir de este momento, el sonido orquestal había alcanzado ya su culmen, y una atmósfera casi celestial fue desvaneciendo la obra, que, aun así, concluyó con un poderoso acorde en la triunfal tonalidad de Re Mayor. No es casual que Antonio Vivaldi compusiera en esa misma tonalidad su espectacular Gloria, una obra que nos ha venido a la mente en estos momentos. Al finalizar el movimiento inicial del concierto, el público no pudo contener el aplauso (que no es habitual entre movimientos, ya que por lo general está reservado para el final de la obra) y agradeció a todos los músicos su entrega y talento.
El Adagio central encontró un clima de recogimiento sostenido. El canto del oboe emergió con delicadeza, recogido luego por el violín en un diálogo de introspección lírica. Khachatryan cantó desde dentro, dejando respirar las frases. El Allegro giocoso final, con su carácter festivo y ecos del folclore centroeuropeo, fue pura energía contenida, articulada mediante firmes acentos rítmicos. Sus temas, aunque reconocibles, se transformaban constantemente y proyectaban una fuerza que conducía hacia el esplendoroso final del concierto.
Como no podía ser de otra manera, luego de la excelente interpretación del concierto, el público respondió con entusiasmo inmediato, rubricando un éxito incontestable. Fue, sin exageración, uno de esos momentos en que la comunión entre intérpretes y sala se percibe físicamente. El violinista y el director salieron varias veces a saludar y el agradecimiento fue tal, que Khachatryan dio un elocuente bis. Una melodía de aire popular armenia recogida por Komitas. En ese instante, la monumentalidad brahmsiana dio paso a la desnudez de una línea casi susurrada y melancólica, que casualmente o no, estaba construida sobre un pedal de Re (recordemos que el concierto de Brahms estaba en Re Mayor). Fue un canto suspendido, de cierta tristeza, pero ideal para crear un muy sutil balance con la obra anterior. Esta hermosa melodía de música armenia recordó que, en el siglo XX, este país dio figuras esenciales como Aram Khachaturian, Alan Hovhaness (estadounidense, aunque de ascendencia armenia), Avet Terterian o Tigran Mansurian, creadores que, desde lenguajes muy distintos, bebieron asimismo del sustrato popular. En ese breve bis se condensó una identidad cultural que nos recordó cómo una melodía individual, en manos del solista, puede convertirse en memoria colectiva de todo un pueblo. La sala, en silencio absoluto, recibió esa ofrenda con una emoción distinta, más íntima, casi confidencial.
La segunda parte del concierto, luego de la pausa, se adentró en el territorio monumental de Así habló Zaratustra, poema sinfónico compuesto en 1896 e inspirado en el libro homónimo de Nietzsche. Aquí la orquesta aún aumentó más de tamaño incluyendo dos arpas, tubas, contrafagot, una gran sección de percusión, órgano, etc. Esta obra, de inspiración filosófica y orientada hacia una auténtica metafísica del sonido, volvió a poner de manifiesto el gran dominio sonoro de la Orquestra de València bajo la batuta de Alexander Liebreich, profundo conocedor de la producción del compositor y presidente, desde 2018, de la Sociedad Richard Strauss de Múnich.
Liebreich construyó la obra como un discurso narrativo continuo, de amplio aliento, y llevó las capacidades orquestales al límite. Aquí ya no hay prolongadas pausas entre movimientos, sino, en todo caso, breves respiraciones que contribuyen a hacer crecer la imponente sonoridad de una orquesta que casi no cabía en el escenario, por el elevado número de intérpretes. Cada sección (“De los trasmundanos”, “De la ciencia”, “El convaleciente”, etc.) fue perfilada con carácter propio, pero integrada en una arquitectura global. La cuerda sonó homogénea, compacta, con un equilibrio admirable entre nervio y terciopelo. Las maderas mostraron personalidad con sus numerosos solos característicos. Los metales, seguridad sin exceso y una bella homogeneidad que recordaba al coral. La percusión, precisión milimétrica y refinamiento tímbrico (del triángulo al glockenspiel, de la gran caja a la campana). El resultado fue una lectura de alto voltaje emocional y virtuosismo instrumental, que con sus cambios de estilo y grandes masas sonoras desplegó una oleada de energía que inundó todo el auditorio. Resultaron especialmente relevantes las partes más “vienesas”, donde el compositor de la ópera titulada Der Rosenkavalier mostró su inmenso talento y refinamiento para el vals. Este se integró perfectamente en una composición que a primera vista es tan poco propicia para ello. Recordemos que la pieza se inspira en un libro filosófico de Nietzsche, que nada tiene que ver con la “ligereza” del vals. El director, en esas partes mostró un rostro muy animado y jovial, invitando a la orquesta casi a bailar, incluso él mismo daba algún salto danzarín. Por el contrario, y como equilibrio, algunas partes del poema sinfónico fueron especialmente disonantes, rayando la atonalidad. La Orquestra de València en ese momento sonaba como la ópera Salomé de Strauss, llegando a los fuertes más impactantes y expresionistas de todo el concierto.
Finalizando la gran aventura que es este poema sinfónico, la música alcanza un parnaso celestial, con una combinación de timbres agudos ejecutados por diversos solistas, que generaban una sonoridad muy plástica y moderna. La obra se desvanece sutilmente, mientras el director permaneció largo tiempo sosteniendo sus manos en el aire, como si dirigiese el silencio y su atmósfera. Un sorpresivo y solitario “bravo” surgió del público, y luego todo el auditorio aplaudió con pasión y clamor, poniendo fin a la triunfal y exitosa velada, con un aforo completamente lleno, certificando y difundiendo el altísimo nivel de la Orquestra de València. Durante esos días en el Auditorio Nacional, la OV mostró esplendorosamente, y de manera merecida, una identidad consolidada, fruto de su constante y exitoso trabajo.
Joan Gómez Alemany
Auditorio Nacional de Música, 28 de febrero de 2026
Orquestra de València / Alexander Liebreich, director
Sergey Khachatryan, violín
Vicente Martín y Soler – Obertura de La capricciosa corretta
Johannes Brahms – Concierto para violín y orquesta en Re mayor, op. 77
Richard Strauss – Así habló Zaratustra, op. 30