La programación musical de la Fundación Juan March en su sede madrileña ha comenzado de un modo tan satisfactorio como poco frecuente aunando dos de las grandes expresiones artísticas de nuestro Siglo de Oro, teatro y música, que evidencian su grandeza y simbiosis en una interpretación fastuosa se mire por donde se mire.
La fábula mitológica Andrómeda y Perseo, con texto de Pedro Calderón de la Barca (1600-1681) y música atribuida a Juan Hidalgo (1614-1685) ha asombrado a todos los asistentes que abarrotamos la sala de la calle Castelló en su puesta en escena original, y por primera vez en tiempos modernos desde su estreno el 18 de mayo de 1653 en el Coliseo del Buen Retiro, Madrid. Esta obra teatral de complejidad máxima, por su extensión, aparataje escénico y conexión entre las diversas artes, demostró una vez más que el patrimonio español del siglo XVI continúa ofreciéndonos joyas que merecen ser rescatadas y ser ofrecidas al público en representaciones tan excelentes como la ofrecida en la Fundación Juan March, que contó unas colaboraciones entre entidades artísticas tan poco habituales como exitosas. Así, a la Fundación Juan March que actuó de anfitriona se le sumaron la Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico, el Teatro de la Zarzuela y un elenco de cantantes e instrumentistas que consiguieron plasmar la excelencia calderoniana aunada con la asombrosa música de Hidalgo.
Esta fastuosa producción que celebró la recuperación de la salud de la reina Mariana de Austria fue ejemplarmente acortada por Álvaro Tato, puesto que su extensión hubiera conllevado una representación de más de cuatro horas. Tato consiguió acotar en hora y media de duración un extraordinario libreto que mantuvo un trepidante ritmo de la trama a través de dos elementos: conservar lo estrictamente esencial de sus mil y un vericuetos argumentales conservando la multitud de personajes, a o que se sumó una argucia que resultó ser esencial: la intervención de unos narradores que resumían el argumento de cada jornada.
Debemos alabar primeramente la interpretación del elenco de los jóvenes actores de la Compañía Nacional de Teatro Cásico ya que la extensión de sus diálogos es notoriamente superior a la de la música, además que su experticia con la declamación del español antiguo resultó tan natural como deliciosa. Fue un completo acierto contar con esta compañía especializada en este repertorio. La naturalidad con la que los actores declamaron sus cientos de líneas fue fascinante, convirtiendo la complejidad en sencillez y ofreciendo un sinfín de registros expresivos en sus intervenciones. De entre los 13 actores de la representación creo que debemos mencionar primeramente a Julio Montañana Hidalgo en su magistral interpretación de Bato, personaje cómico que en seguida empatizó de un modo verdadero con el divertido público y que aligeró sobremanera la trama. Los dos personajes principales fueron interpretados por espléndidos profesionales, cada uno con una marcada personalidad diferenciadora, Andrea Santos y Sam Arribas, quienes fueron Andrómeda y Perseo respectivamente. Además, Laura Ferrer encarnó de un modo magistral y personalísimo a Dánae, figura maternal compleja y emotiva.
La verdadera originalidad de esta creación es la música que la acompaña, puesto que su creación está en diálogo permanente con el texto hablado y la una no se entiende sin el otro, y viceversa. Este portento de convivencia entre ambas artes es extraordinario y poderlo presenciar en directo resultó una experiencia verdaderamente emocionante.
El elenco vocal estuvo formado en su mayoría por jóvenes cantantes profesionales que creó la sensación de equilibrio y conjunción con sus colegas actores. Creo que es de justicia comenzar destacando la interpretación del contratenor Gabriel Díaz, quien demostró su dilatada experiencia en la interpretación del repertorio. Tanto sus cualidades musicales como actorales fueron excelentes. En lo musical, unos poderosos y naturales agudos contrastaron con unos graves de natural emisión y de cuidadosa dicción. Su caracterización como un dios alado canalla fue espléndida-creación magnífica de Gabriela Salaverri- y supo apoderarse de ello con una interpretación teatral fabulosa. Las intervenciones de bajo-barítono Javier Blanco no pasaron desapercibidas por su calidad vocal, bello color de bajo y su madurez sonora, pese a su juventud.
Hubo momentos de especial belleza sonora aupada por la inspirada creación de Juan Hidalgo, como la escena de la aparente muerte de Sirene y Libia, en donde la interpretación la soprano Pilar Alva-Martín y la mezzosoprano Rita Filipe fue de especial calidez y belleza sonora, tanto por su cualidad tímbrica, como por su cercanía a ese afecto tan elevado, el patetismo cercano a la muerte que abandera Claudio Monteverdi y que un autor como Hidalgo emplea de un modo sublime. Asimismo, señalaremos la aguerrida presencia escénica de la mezzosoprano Andrea Rey y la profesionalidad de la soprano Maëlys Robinne.
No podemos dejar pasar de nombrar uno de los efectos de mayor originalidad que emplean ambos autores. Algo tan barroco como el eco, que estamos acostumbrados a escuchar en la música de este período, aquí ocurre entre palabra hablada y palabra cantada, algo que demuestra la originalidad y el refinamiento que ambos autores consiguieron.
Como instrumentistas disfrutamos de un conjunto de cámara repleto de excelentes instrumentistas especializados en interpretación histórica. Las dos flautistas, Tamar Lalo y Rita Rógar, demostraron su virtuosismo y conjunción en los ritornelli que ejercían de oberturas o de interludios. María Alejandra Saturno por su parte aportó la calidez del sonido de la viola da gamba, a la vez que actuó de segura base armónica.
Aarón Zapico ejerció su doble condición de clavecinista y director mediante una comprometida y apasionada interpretación. Estuvo siempre atento a cada detalle sonoro, a cada entrada de cada solista y muy especialmente a los innumerables desafíos espaciales para conseguir una conjunción espléndida de cuantos intervenían en cada número, pese a estar situado en un podio lateral en el situaron a todos los instrumentistas, a falta de foso escénico.
Otra de los grandes éxitos de esta representación es sin duda la pericia por conseguir que la sala de conciertos de la Fundación Juan March se convierta en un teatro en donde no echemos de menos ninguno de sus elementos y en donde sus dimensiones fueron aumentadas mediante distintos recursos. Además de la labor teatral de los jóvenes intérpretes, la fabulosa iluminación del espacio escénico fue llevada a cabo con maestría por Albert Faura. No nos olvidamos de la compleja, vital y arrolladora puesta en escena, fundamental para el exitoso y natural discurrir del espectáculo, que fue obra de Nuria Castejón.
El público, verdaderamente emocionado, aplaudió y vitoreó calurosamente a estos talentos que consiguieron devolver a la vida de un modo espléndido, 373 años después, a esta singular Andrómeda y Perseo.
Simón Andueza
Andrómeda y Perseo. Fábula escénica. Texto de Pedro Calderón de la Barca y música atribuida a Juan Hidalgo.
Joven Compañía Nacional de Teatro Clásico. Pilar Alva-Marín y Maëlys Robinne, sopranos, Rita Filipe y Andrea Rey, mezzosopranos, Gabriel Díaz, contratenor, Javier Blanco, barítono-bajo. Ensamble instrumental. Versión, Álvaro Tato.
Dirección de escena, Nuria Castejón.
Dirección musical y clave, Aarón Zapico.
Ciclo Teatro Musical de Cámara. Fundación Juan March, Madrid. 30 de septiembre al 10 de octubre de 2026.
Foto © Dolores Iglesias / Archivo Fundación Juan March