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Crítica / Una brillante Flauta Mágica inaugura el 75º Festival Internacional de Santander - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 04/08/2026

Pocas obras podían resultar más apropiadas para inaugurar la septuagésima quinta edición del Festival Internacional de Santander que La flauta mágica. Más de dos siglos después de su estreno, la última ópera de Mozart sigue ocupando un lugar singular en el repertorio por su extraordinaria capacidad para dirigirse simultáneamente a públicos muy distintos: el niño descubre un universo poblado de animales fantásticos, pruebas iniciáticas y personajes de cuento; el adulto encuentra una profunda reflexión sobre la razón, el conocimiento, la fraternidad y la condición humana.

La llegada a Santander de una nueva producción, concebida en Salzburgo por Rolando Villazón con un ojo puesto en las posibilidades escénicas del Palacio de Festivales confería, además, un evidente carácter simbólico a la inauguración de una edición tan especial de la cita estival cántabra: regresaba la lírica y lo hacía a lo grande, con una propuesta decididamente fuera de lo corriente, de vocación internacional y, al mismo tiempo, con atención al talento joven y local.

Fábula moral, reflexión filosófica inspirada por el pensamiento ilustrado, alegoría impregnada de simbolismo masónico y relato sobre el camino que conduce de la ignorancia al conocimiento. Todo ello está presente en el montaje de Villazón, que aborda este Singspiel inclasificable con personalidad, desde una evidente admiración por Mozart y libre de cualquier tentación de reinterpretarlo de manera provocadora o arbitraria.

La propuesta escénica sitúa la acción en las últimas horas de la vida de Mozart y los personajes parecen surgir de la imaginación del compositor, de forma que realidad, recuerdo y ficción teatral se entremezclan hasta difuminar sus fronteras. La idea posee indudable atractivo y permite contemplar La flauta mágica desde una perspectiva nunca antes vista por quien escribe estas líneas: como una suerte de testamento artístico en el que el creador dialoga con sus propias criaturas.

La belleza plástica de algunas escenas es formidable; la caracterización de los personajes, inteligente y los guiños al público, eficaces. Bien es cierto que el significado de algunas escenas no siempre resulta evidente ni las consecuencias dramáticas, del todo convincentes; en algunos momentos, el marco conceptual parece reclamar para sí una atención que la propia arquitectura teatral de la obra no necesita, y nos parece que determinados símbolos no llegan a adquirir el desarrollo dramático que prometen. Sin embargo, sería injusto reducir la producción a esas reservas puntuales y ciertamente subjetivas. Incluso cuando algunas decisiones puedan suscitar discusión, como las modificaciones del libreto o la interpolación de unos compases del “Lacrimosa” del Réquiem, el espectáculo conserva intacto el espíritu humanista que constituye, se mire como se mire, el corazón de la ópera.

En cualquier caso y para quienes no quieran andarse con sesudas reflexiones, quede aquí constancia de que David Afkham dirigió una interpretación de admirable equilibrio en lo musical, capaz de conjugar transparencia, impulso dramático y refinamiento estilístico. Los tempi fluyeron con absoluta naturalidad, sin precipitaciones ni afectación; los mínimos desajustes entre foso y escenario se corrigieron de manera instantánea; las texturas orquestales conservaron una claridad ejemplar y permitieron que la palabra y la música respiraran siempre con libertad. Más que imponer una lectura personal, Afkham pareció confiar plenamente en la inteligencia dramática de la propia partitura, dejando que fuera Mozart quien guiara el discurso musical.

La jovencísima Orquesta Sinfónica Freixenet del Encuentro respondió con un nivel sobresaliente. La sonoridad resultó transparente y flexible, las distintas familias instrumentales mantuvieron un equilibrio constante y las intervenciones de las maderas aportaron el color y la elegancia imprescindibles en esta partitura. La Academia Vocal de Cantabria dirigida por Marco Antonio García de Paz mostró asimismo una notable cohesión, precisión y calidad tímbrica, contribuyendo decisivamente a esa atmósfera de ceremonia iniciática que atraviesa toda la obra.

El reparto reunió un nivel global difícilmente mejorable. Kathryn Lewek volvió a demostrar por qué constituye una de las grandes referencias actuales de la Reina de la Noche: la limpieza de sus agilidades impresionó tanto como la firmeza del agudo y la absoluta igualdad del registro, cualidades que permitieron contemplar el personaje no como un simple despliegue de virtuosismo vocal, sino como una figura de auténtica autoridad dramática.

Franz-Josef Selig construyó un Sarastro de extraordinaria solidez. La impecable dicción alemana y el empaque de una voz amplia, homogénea y de perfecta proyección otorgaron al personaje la autoridad moral que exige la partitura. Nunca buscó el efecto fácil; todo en su interpretación respiró serenidad, gravedad y una profunda comprensión del papel.

Emily Pogorelc encontró en Pamina el ideal de lirismo y contención expresiva. La nobleza de la línea vocal presidió toda su interpretación, sostenida por un fraseo elegante y natural que evitó cualquier exceso sentimental para dejar hablar directamente a la emoción mozartiana. Que éste sea el debut en España de tan destacada cantante supone un indiscutible tanto que se apunta el Festival.

Theodore Platt compuso un Papageno atlético y saltarín, de trabajada simpatía escénica, sustentado además en un timbre rotundo, cálido y generosamente proyectado. La riqueza de su emisión permitió que el personaje trascendiera la mera función cómica para convertirse, como pretendía Mozart, en el verdadero contrapunto humano de los ideales representados por Tamino y Pamina. Un punto más de flexibilidad en lo vocal lo habría hecho memorable.

El esperado Javier Camarena fue, en fin, Tamino. Ya se había presentado en la capital cántabra en recital en dos ocasiones, causando en ambos casos una magnifica impresión y largas ovaciones. La de este nuevo cometido volvió a serlo, pues aunque el papel no le permitió explotar su privilegiado registro agudo, el tenor mexicano se mostró en buen estado vocal y muy comprometido tanto en el fraseo como en el trabajo escénico.

Los grandes papeles estuvieron defendidos, pues, por primeros espadas, pero el resto del reparto no desmereció en absoluto y su homogeneidad constituyó una de las mayores virtudes de la representación. Además del excelente trabajo de Sofía Esparza (Papagena), Daniel Domínguez (Manostatos), Valeriano Lanchas (Orador y primer sacerdote) y de los actores que encarnaron a Mozart (Vitus Denifl) y Constanze (Patricia Cercas), resulta obligado destacar el sobresaliente desempeño de los sacerdotes/hombres armados (Javier Alonso y Esteban Jesús Serrano) y muy particularmente el de los niños, el coro infantil dirigido por Samara Oruña y el de las damas de la Reina de la Noche, con Mercedes Arcuri, una descollante Sofía Gutiérrez-Tobar y la gran Marina Pardo, impecables por empaste, afinación y sentido teatral, ejemplo de un trabajo de conjunto poco frecuente incluso en producciones de este nivel.

Más allá del jolgorio y las acrobacias circenses del final, concluyamos señalando que, más que a la simple celebración de una obra maestra inmortal o de una jubilosa efeméride, asistimos a una revelación que esperamos se confirme en sucesivas ediciones: que el Festival Internacional de Santander entiende la ópera como uno de los grandes acontecimientos culturales capaces de reunir tradición, reflexión y emoción en una misma experiencia artística. Algo por lo que debemos felicitarnos.

Darío Fernández Ruiz

 

Javier Camarena, Kathryn Lewek, Franz Josef Selig, Emily Pogorelc, Theodore Platt y otros.

Orquesta Sinfónica Freixenet del Encuentro / David Afkham.

Academia Vocal de Cantabria / Marco Antonio de Paz.

Escena: Rolando Villazón (dirección), Harald Thor (escenografía), Tanja Hofmann (vestuario), Stefan Bolliger (iluminación).

La Flauta Mágica de Mozart.

75º Festival Internacional de Santander

Palacio de Festivales de Cantabria, Santander

 

Foto © FIS / Pedro Puente

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