Werther, junto con Manon, son las óperas más conocidas de Jules Massenet. La primera, estrenada en Viena en 1892, cuenta con un libreto de Édouard Blau, Paul Milliet y Georges Hartmann, basado en la novela de Goethe Las aflicciones del joven Werther, que tanta trascendencia tuvo en su momento. En especial, entre los adolescentes inadaptados que, a imitación del protagonista, vieron en el suicidio la salida natural de su existencia.
La curiosidad se palpaba en la Grosses Festpielhaus. En el escenario, dispuesto para una representación en forma de concierto, la orquesta titular del Teatro bruselense de La Monnaie. A la derecha del espectador, como único atrezzo, una silla tapizada en color burdeos…Y comienza a trabajar la imaginación de los casi 2.200 espectadores que llenan el monumental teatro, el mayor del Festival, dispuestos a sumergirse en la acción, para seguir de cerca este drama lírico que, como una mueca, abre y cierra con el villancico Navidad, Jesús acaba de nacer, dejando por medio la sobrecogedora tragedia del inmaduro y ególatra protagonista.
Garantía de partida, la presencia, encabezando el reparto, del tenor francés formado en Lausana Benjamin Bernheim, conocido en España desde que, como Duque de Mantua, debutó hace un lustro en el Liceu barcelonés. En el Teatro de la Zarzuela Madrid se presentó en enero de este mismo año, dentro del ciclo de Lied del Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM), con un ecléctico programa en el que Berlioz, Gounod o Duparc se codeaban con Mompou, Turina y Ginastera. A la calurosa recepción de la audiencia, Bernheim correspondió como primera propina con el Pourquoi me reveiller, que fue el gran referente de la velada. Lo tenía fácil: se trata del aria más conocida del Werther que, confesaba hace unos días en la ciudad de Mozart, a pesar de ser -o tal vez por serlo- “un papel muy complejo” ha ido pulimentando hasta convertirlo en amuleto desde que, en 2.022, estrenase el título de Massenet en Burdeos. Para confesar posteriormente «Como cantante, tengo que decidir: ¿soy la emoción o soy el actor?... A veces no es tan fácil volver a ser uno mismo al final de una actuación».
La percepción quedó patente en el espectador. No es fácil dejar en el camerino la tensión que genera un personaje tan trascendental. Ese aura puede también transmitirla el verdadero artista, aun sin contar con la complicidad del escenario. Lo esencial en ese caso radica en decidir concienzudamente el reparto. Y en esta ocasión ha sido ¡bingo!
El elenco al completo, como los aduladores en la fábula de El rey desnudo, se movía con naturalidad entre un mobiliario inexistente, que el público parecía adivinar. Los objetos esenciales mencionados por los personajes -cartas, golosinas para los niños o flores para la iglesia- estaban ahí. A sólo eso se redujo la puesta en escena, además de una silla adicional en el tercer acto. Y un vestuario, que podría ser el de cualquiera de los cantantes para un recital. ¡Y todos vimos la función!. Para qué más. La magia la aportó el impecable conjunto de voces, empezando por Bernheim que, con gran habilidad, instalándose en los medios tonos para remontar al descomunal agudo, consiguió, ante la insistencia del respetable, algo infrecuente en el Festival: bisar, como había ocurrido tres noches antes, Pourquoi me reveiller, la misma baza con que, como queda dicho, embelesó al público de Madrid.
Todo funcionó. Incluso la sustitución de la mezzosoprano francesa inicialmente anunciada Marianne Crébassa como Charlotte por la de su colega y paisana Adèle Charvet, que esta misma temporada interpretaba en la Opéra Comique de París a la coprotagonista, objetivo amoroso de Werther. Las dudas de una ligera indisposición anunciadas antes de comenzar se disiparon al dirigir al titular sus primeras palabras “Pardonnez-moi, monsieur, de m'être fait attendre (Perdóneme señor por haberme hecho esperar)”. A partir de ese momento todo fluyó hasta su gran intervención final “Va! laisse couler mes larmes (Vete!, Deja correr mis lágrimas)”, cuando la tenue dolencia ayudó a potenciar el desgarro final. A la relación habría que añadir en el tercer acto la alegría traducida en fresca coloratura como Sophie, de la soprano francoestadounidense Sandra Hamaoui. También la sobriedad que requiere como Albert el barítono moldavo Andrés Zhilikhovsky. Junto a ellos, indispensable citar el resto del cartel: Manuel Winckhler, Tomislav Jukić, Andrew Moore, además de los dos participantes del programa de Jóvenes Voces del Festival Jack Lee y Hanna Park.
Para redondear el triunfo era preciso una orquesta como la Sinfónica de La Monnaie, y una batuta como la de Alain Altinoglu que, como especialista en este repertorio, y especial amante del título massenetiano, con precisión y energía controló el discurso desde el pódium con gesto grande, pendiente hasta el menor detalle de los citados.
Juan Antonio Llorente
Benjamin Bernheim, Adèle Charvet, Sandra Hamaoui, Andrés Zhilikhovsky, Manuel Winckhler, Tomislav Jukić, Andrew Moore, Jack Lee, Hanna Park.
Orquesta de la Monnaie / Altinoglu. Coro Infantil del Festival.
Grosses Spielhaus (01.08. 26), Salzburg Festpiele 2026
Foto © Marco Borrelli