La directora polaca Bárbara Wysocka, una década después de su primera propuesta en la Ópera de Baviera con Lucia di Lammermoor, regresa para este Rigoletto, que traslada a la época actual. A un mundo en el que los aspirantes a consolidar su estatus de ciudadanos de primera rinden pleitesía al paladín: dueño y señor, que por las ilustraciones del programa de mano, apuntarían hacia el gran líder de Norteamérica y, más concretamente, al sonado caso Epstein.
Procedente del mundo del cine, la escenografía principal en plano inclinado apuntaría hacia las películas expresionistas de Murnau. Más, habida cuenta de que en la parte superior se proyectan imágenes en blanco y negro de la eterna fiesta en la que viven -o fingen vivir- los serviles cortesanos. Intentando zafarse de la maledizione, la realidad del mundo que quieren evitar a toda costa.
“Morir no es nada, pero es terrible no vivir”. Son las palabras del grafitti escrito presumiblemente por Gilda. La sentencia preside su habitación, más bien celda, en cuya pared destacan las alas desdibujadas de una paloma. Un doble mensaje que compendia la actitud ante la vida de la heroína verdiana, encarnada en esta ocasión por Nadine Sierra, la soprano que está echando raíces entre Barcelona y Madrid, donde recientemente bisaba el aria del veneno de Romeo y Julieta. Si en Múnich no lo hizo es porque el público del teatro, tan generoso con los artistas al terminar el espectáculo, se recata en sus demandas durante la función. Porque la estadounidense le sacó al papel hasta el último matiz. Actriz además de cantante, se inmoló en cuerpo y alma para construir el personaje, consiguiendo la excelencia en cada una de sus prestaciones, alcanzando el culmen en el aria Caro nome donde, con inmejorable proyección, paladeando cada nota, articuló magistralmente sus filados con el sutil sonido de las flautas.
El lucimiento se completa con la sintonía que Nadine Sierra mantiene en las tablas con el barítono francés Ludovic Tézier que, como un nuevo Leo Nucci, ha convertido el papel del bufón-padre-protector en gran trofeo que pasea por el mundo. En el Teatro Real dejó constancia de ello hace dos años en una producción casi tan olvidable como la Tosca muniquesa del pasado año en la que a Tézier le correspondió dar vida al malvado Scarpia. Apoyado en un firme legato, Tézier se lanza con valentía en los ataques más comprometidos, especialmente el momento en que impreca a los que siguen el juego del poderoso: Cortigiani, vil razza dannata, ahogado en el último pasaje por el fragor desde el foso que, desde la obertura, se percibió que pretendía estruendo.
Al frente de una orquesta tan flexible, capaz de conseguir los resultados que se proponga el maestro, el veterano Maurizio Benini, que volvía a reunirse con los músicos doce años después de su primer encuentro con un Turco en Italia.
Al tenor de Samarcanda Bekhzod Davronov -segundo premio en el concurso Operalia creado por Plácido Domingo- le correspondió personificar al todopoderoso Duque de Mantua. Con voz matizada, sin demasiado peso, siguiendo una línea ascendente supo mantener el tipo como el libertino conquistador de Gilda en su primera intervención -Questa o quella- para dar lo mejor, obligado a entregarse a fondo, en el dúo con su pretendida que antecede al Caro nome. Perfectamente integrado en el cuarteto del último acto, dejó que pasara sin pena ni gloria su Donna è mobile, uno de los temas más cotizados en el universo operístico.
Buen resultado el dúo del primer acto entre Rigoletto y el sicario Sparafucile (interesante voz la del bajo italiano Riccardo Fassi), convertido por servidumbre del montaje en proxeneta del tugurio especializado en sumisiones sexuales regentado por su hermana Maddalena -la mezzo tunecina Rihab Chaieb-, a quien el Duque acude a solicitar sus servicios como dominatrix.
Creíble la interpretación vocal y escénica del bajo neozelandés Martin Snell en el agraviado Monterone, responsable de la terrible maldición que anuncia la orquesta en la obertura con trompetas y trombones, y que determinará el drama de Víctor Hugo convertido en ópera. El coro, excelente, en su doble cometido de cantantes-actores terminó de rematar el regalo con que la Ópera de Múnich cerraba temporada y Festival.
Juan Antonio Llorente
Nadine Sierra, Ludovic Tézier, Bekhzod Davronov, Riccardo Fassi, Rihab Chaieb, Martin Snell…
Bayerisches Staatsorchester / Maurizio Benini.
Bayerisches Staatsoperchor / Christoph Heil.
Rigoletto, de Verdi.
Bayerisches Staatsoper (31.07.26), Festival Ópera Múnich.
Foto © G. Schied