Los hados se han puesto de acuerdo y, un cuarto de siglo después de la anterior producción, que en 2005 permitió el debut de Ainhoa Arteta en el teatro, la obra culmen de Charles Gounod regresaba en febrero de este año con un deslumbrante trabajo de Lotte de Beer, directora escénica nacida en Eindhoven (Paises Bajos), avalada por la experiencia de su debut con el Trittico pucciniano en 2017.
Sobre un árido terreno, que evoca un resquebrajado casquete terrestre, dos grandes láminas de simulado acero corten unidas en un vértice, preforman tres espacios. Los ámbitos en que de Beer, potenciando las posibilidades del giratorio, utiliza con gran acierto para centrar los ambientes que solicitan los cinco actos de la grand opéra tal y como los describe el libreto de Jules Barbier y Michel Carré, reinventando en alguna medida la primera parte de la obra homónima de Goethe. Algunos, de manera esquemática, como la vivienda de Margarita, contrastando con la exhaustiva descripción de otros, como la taberna o el movimiento de tropas. Mínimos elementos -sólo los instrumentales que la acción reclama-, máximo resultado, parece el lema a seguir por de Beer.
Para ello es imprescindible el buen trabajo de luces, que firma Benedikt Zehm, actual director de iluminación de la Ópera muniquesa, a la que lleva unido desde 1990. Y, claro está el vestuario realista ideado por Jorine van Beek.
El héroe de la noche, prodigando valentía ante semejante partitura, fue sin duda Daniele Rustioni, milagrosamente repuesto del extenuante esfuerzo un día antes para evitar desde el podio que naufragase la atrabiliaria propuesta de Tcherniakov del reverenciado Freischütz. El milanés, en un derroche de ímpetu y vitalidad, se dispuso a dejar las cosas claras con otra obra del repertorio romántico, en este caso francés. Con la complicidad de una orquesta entregada desde la clarificadora obertura, que hace pensar en al ballet del quinto acto, que en este caso, como viene siendo habitual, no se incluyó.
Limitándose la aportación balletística a cuatro movimientos mínimos en la esperada noche de Walpurgis, concebida con similar exuberancia al modo en que se suelen representar las doncellas en flor de Parsifal. O como el cuadro Las rosas de Heliogábalo, de Alma Tadema, tan querido por estas tierras. El balance final se tradujo en una de las mejores sonoridades que ha conocido la Ópera de Baviera, reforzada con la carga adicional del órgano en las escenas con trasunto religioso.
Las tres voces protagonistas lucieron en su esplendor. En el papel titular Piotr Beczala, valiente en sus lances, que en algún momento le situaron en el filo de la navaja, rozando el peligro en la emisión más demandante del agudo. El tenor polaco se esmeró para poner el público a sus pies cuando, en el tercer acto, tras el conocimiento de Margarita ataca el Quel trouble inconue me pénetre, que desemboca en la famosa cavatina Salut, demeure chaste et pure. Con fraseo cristalino y una técnica que en su expresión recordaba la técnica de voz in maschera de Alfredo Kraus, intérprete referencial de este rol, a quien Beczala ha confesado profesar devoción.
La caída de cartel en último momento de la inicialmente programada Ailyn Pérez obligó al Teatro a la sustitución para el papel de Margarita. Con acertado criterio se designó a la soprano todoterreno Nicole Car para el exigente rol a la soprano australiana, de alta estima de la casa, que le ha encomendado papeles de responsabilidad como la Tatiana de Onegin o la Mariscala del Caballero de la rosa. En este caso se enfrentó al desafío actoral requerido por de Beer, con voz potente, cargada de registros y matices, perfecta con la sobria adición de trinos en la esperada intervención que marca su poderío Oh dieu! que de bijoux, prueba de fuego de belcantismo francés.
Aunque la gran estrella, encargada de encandilar a la audiencia como el demoniaco seductor corresponde colgársela al Mefistófeles encarnado en el sensacional bajo barítono norteamericano Kyle Ketelsen. Con gracia natural, arrojo y una componente teatral de altos vuelos, Ketelsen resolvió la esencia del astuto diablo con ágiles movimientos casi balletísticos. Redondeando pasajes como el dúo con Fausto del segundo acto.
Ingrato sería olvidar en este punto las prestaciones del resto del reparto. Empezando por el barítono ruso-austriaco Boris Pinkhasovich como Valentin, hermano de Margarita, que levantó grandes tandas de ovaciones desde su primera intervención en la taberna. Destacables asimismo la mezzosoprano Emily Sierra y el barítono Andrew Hamilton (Siebel y Wagner, respectivamente) y también en su pequeña función celestinesca la también mezzo, Dshamilja Kaiser, residente en la ópera de Bonn, imprescindible en el cuarteto junto al trío protagonista.
Sin olvidar al nutrido coro mixto con adiciones de las secciones vocales, incluida la sección infantil del propio Teatro, que mantiene, si no supera, el nivel de calidad que hace algunos años le confirió Andrés Máspero. Esto unido a su disciplina actoral que han demostrado al servicio de Beer, dominando la técnica de dirigir grandes masas en escenas multitudinarias, que por momentos evocan grandes superproducciones del cine o del musical como Miserables.
Juan Antonio Llorente
Piotr Beczala, Nicole Car, Kyle Ketelsen, Boris Pinkhasovich, Emily Sierra, Andrew Hamilton, Dshamilja Kaiser.
Bayerisches Staatsorchester / Daniele Rustioni.
Bayerisches Staatsoperchor / Christoph Heil.
Faust, de Gounod.
Bayerisches Staatsoper (30.07.26), Festival Ópera Múnich.
Foto © G. Schied