Tres conciertos altamente diferenciados se sucedieron en el último fin de semana del Festival de San Lorenzo del Escorial de este 2025.
Entre las vanguardias fusionadas con frescura de cultura exótica (el viernes con Fátima Miranda) y el repertorio pianístico al uso con narración acoplada (Meta&Llade o viceversa, el domingo), ambos en la sala B, todo un homenaje de obertura, concierto y sinfonía (a Enrique García Asensio), el sábado en la sala A del Teatro Auditorio de San Lorenzo del Escorial.
Vayamos, pues, por partes. Día a día.
El viernes, como bien rezaba el programa del Festival: la música, cantante – performer y espacio escénico, Fátima Miranda, ofreció Living Room Room, un planteamiento personal por y para la performance, por y para la fusión dramática, por y para el estímulo improvisador.
Una campanilla en la oscuridad - Se va haciendo la Luz - Vocalización aguda con notorio apoyo decibélico añadido - Escalera al fondo - Se hace la luz - Andares pausados (¿pautados…?) - y, de nuevo en simetría…, la campanilla…
Orientalismo re-contextualizado de fondo con alta dosis de megafonía y una ordenada aproximación naïve que mezcló, con natural sentido teatral, contraste y complementariedad, diversas tradiciones, coreografías, instrumentos, atuendos, artilugios, juguetes metafóricos y sonoros… y una voz, de inicio especialmente afín a las tesituras más agudas e incisivas pero que, a medida que se sucede el espectáculo, fue alcanzando otras alturas, hasta las más graves con notable y eficaz vis cómica, y técnicas vocales propias, adaptadas o importadas.
Una inmersión en la versión más personal, ingenua, mágica y moderadamente provocadora de aquella vanguardia. La antigua vanguardia, la de otros tiempos no tan lejanos, y la de ahora. Una vanguardia donde la improvisación espontánea sigue manteniendo un papel relevante, sustancial y… protagonista.
Una improvisación, juego entusiasta y desenfadado, que dirige la atención hacia la artista, hacia la intérprete. Una música honesta, Fátima Miranda, que transmite, y sigue planteando interrogantes con el donaire y autenticidad del primer día. Quizás, con el mérito añadido de aquello que ya no disfruta de un cortejo exterior tan definido, de una marea sociocultural que lo arrastre y justifique como hace décadas, al menos en estos ambientes cada vez más encorsetados.
El sábado nos esperaba el Homenaje al Maestro Enrique García Asensio con un concierto por él dirigido frente a la Orquesta (de cámara) Andrés Segovia. En atriles, un programa tripartito al uso, que partía de la obertura Egmont de Beethoven, pasaba por Max Bruch y su inspirado (y adelantado en muchos aspectos formales) Primer concierto para violín y orquesta con la solista Anabel García del Castillo, para terminar, ya en segunda parte, con la, no menos inspirada, flamante Cuarta Sinfonía, apodada “Italiana”, de Mendelssohn.
Una cabal obertura Egmont, traducida con pulso y entereza desde el podio en la recia tarea de exordio de programa, dio paso al concierto solista citado.
Célebre lirismo violinista contrastado con el pulso motor de la orquesta de inicio, con esos característicos pizzicati graves, hoy atentos y bien marcados, para converger andando sus pentagramas, sin aparente solución de continuidad, en aquel envolvente flujo melódico del que hace gala este célebre Primer concierto de Bruch, hoy en las manos de Anabel García del Castillo.
Profundo conocimiento de una partitura con gran riqueza temática, proporción y crecimiento desde el equilibrio y la oportuna dosificación de tensiones y distensiones, para levantar una obra agradecida, bien resuelta y con sentido. Una obra que, no en vano, ha inspirado en concepto y forma, otras muchas de este preciado repertorio.
De propina, una composición propia, todo un estreno basado en el célebre… “Cumpleaños feliz”... Me uno (también como su alumno de Dirección de orquesta, en otros tiempos…) al coro del público y, a las lúdicas y castizas variaciones de la solista sobre dicho popular tema: — ¡Feliz ochenta y ocho cumpleaños!
La Sinfonía “italiana” de Mendelssohn esperaba tras el descanso. Una entrada con enérgica y eficaz anacrusa, fue la piedra de toque, la chispa que encendiera ese punto de brillantez y ligereza que necesitaba este Allegro vivace, imperecedero en todo su recorrido.
Continuidad y melodismo protagonista en su Andante con moto; y, un buen contrastado rítmicamente y especialmente resuelto, Con moto moderato dio paso al vértigo fulgurante del Saltarello. Presto donde se ponen habitualmente a prueba muchos de los atriles, empezando por las flautas, cabalgando sobre la tenaz agilidad de un brillante tempo propio de un perpetuum mobile.
La incombustible Danza del fuego de Falla remató faena, ya en propina fuera de programa, con su piano incorporado al elenco, dándole, así, ese punto español que se iba echando en falta en un reconocimiento de esta envergadura e intención.
Y el domingo, un programa de radio desarrollado en vivo y en directo: Érase una vez… un piano. Un espectáculo donde la divulgación y el concierto aunaron sus esfuerzos con una selección de selecciones de piezas pianísticas interpretadas por Darío Meta, con la oportuna narración de continuidad de Martín Llade.
Una versión live y amplificada por ambos lados, de la divulgación radiofónica y otros formatos que nos invaden e ilustran con mejor y peor suerte. Un espectáculo que aportó la espontaneidad de la interacción, siempre presente y determinante con el público, con “cada” público de “cada” pase, en este entorno del directo de un monologuista en diálogo con pianista y público, su historia y sus historias.
Comenzar este viaje al teclado por Bach, un Bach de Partita, y terminar con un detalle en recuerdo de Francisco Alonso o de Serenata con Falla, es toda una declaración de intenciones: Bach, la eterna e insuperable referencia a este u otro instrumento, o en abstracto mismo, y, como objetivo, uno nuestro, latente y propio: la música española.
Entre tanto (¡cómo no!) Mozart o Beethoven, pero también Schubert, los Schumann o Chopin, y, por fin, Debussy o Ravel, fueron sus sucesivas etapas intermedias.
Performance vocal el viernes, divulgación dialogada en tarde de domingo, y, entre tanto, un sentido concierto sinfónico de sábado: Homenaje en El Escorial.
Luis Mazorra Incera
- Fátima Miranda.
- Anabel García del Castillo, violín. Orquesta de cámara Andrés Segovia / Enrique García Asensio.
- Martín Llade y Darío Meta.
Obras de Alonso, Bach, Beethoven, Bruch, Chopin, Debussy, Falla, Mendelssohn, Miranda, Mozart, Ravel, Schubert y Schumann.
San Lorenzo del Escorial. Festival de verano. Madrid.
Foto: El sábado se celebró el Homenaje al Maestro Enrique García Asensio con un concierto por él dirigido frente a la Orquesta (de cámara) Andrés Segovia / © Pablo Lorente