Hay conciertos que se escuchan con los oídos y otros que, inevitablemente, se escuchan también con la memoria. La gira que ya culminó Daniel Barenboim con la West-Eastern Divan Orchestra (he querido esperar a que toda la gira europea acabara para escribir estas líneas, diez días depués del concierto) pertenece a esa segunda categoría, tal y como se escuchó en la clausura del Festival Escena Escorial en San Lorenzo de El Escorial. Concierto precedido por enorme expectación y una inquietud por el estado de salud de Daniel Barenboim.
Se escuchó con la memoria no porque la música necesite de circunstancias externas para explicarse (Schubert, Wagner y Schumann se defienden solos, aún más con este maestro), sino porque resulta imposible separar lo que ocurre en el escenario de la extraordinaria historia que ha llevado hasta allí a este irrepetible director-pianista y a esta orquesta, el sueño de Said y Barenboim que hoy socialmente apenas tiene el impacto y reflejo que sí tuvo en su día.
Vaya por delante que para mi Barenboim es el gran músico-intérprete (es muchas cosas más) de los últimos 75 años. Con 83 años, deambula lento hacia el podio, con aspecto fatigado y una enfermedad que lo ha desgastado de manera rápida e implacable, pero al viejo león aún le quedan rugidos y en esta gira casi todas las ciudades programadas (salvo Dortmund) disfrutaron de su presencia.
En El Escorial, la primera impresión fue la de una paradoja: Barenboim parecía dirigir cada vez menos, mientras el Diván parecía tocar cada vez más (para ellos, con primeros atriles de altísimo nivel, el acto del concierto proviene del acto del ensayo, lo demás es hacer lo que el maestro ya había dejado ensayado; pocas cosas parecían llevadas por el azar del instante). Sentado en una banqueta y con un gesto reducido a lo esencial, el maestro dejó que la orquesta respirara por sí misma. Y quizá ahí estuvo una de las claves: no tanto la exhibición de una autoridad como la comprobación de hasta qué punto esa autoridad ha quedado incorporada al organismo que él mismo contribuyó decisivamente a crear. Pero había tanta personalidad en las interpretaciones que las ideas se fraguaron lentamente.
La Sinfonía Inacabada de Schubert comenzó con esa oscuridad tan característica que parece no proceder de los contrabajos y violonchelos, sino de un lugar anterior a la propia música (para Ibermúsica dirigió la misma obra hace pocos años con la Staatskapelle Dresden con mayor contemplación, sin esta negrura y lentitud). La Diván encontró pronto un sonido hermoso, flexible, extraordinariamente atento a las voces interiores, con eternas frases en las maderas, que parecían no acabar nunca, directamente proporcionales el enrojecimiento de las caras de sus intérpretes. El clímax del primer movimiento (no recuerdo una preparación previa tan angustiante, tan sofocante y llevada al máximo de su tensión) bastó para saber que estábamos ante un maestro que ya ha pasado por todo (como Klemperer o Böhm, que en sus últimos años manejaron los tempi con parsimonia, pero con lógica), escogiendo opciones que a muchos no gustaron pero que encumbraron momentos de absoluta y descomunal belleza, desgarradora.
Y entonces apareció Wagner.
El Preludio y Muerte de amor de Tristán e Isolda recordó que existe un territorio musical en el que Barenboim continúa hablando un idioma propio; Wagner es un mapa del que Barenboim, como de Beethoven o Mozart, conoce cada uno de sus secretos. Allí el tiempo deja de ser una medida y se convierte en materia expresiva; un acorde puede durar una eternidad y un silencio puede decir más que toda una sección orquestal. La orquesta respondió con una riqueza tímbrica extraordinaria, y el discurso recuperó esa capacidad barenboimiana para hacer que la armonía parezca avanzar incluso cuando permanece suspendida.
La Renana de Schumann planteó después un problema diferente, especialmente en el complejo primer movimiento, que comienza echando la puerta abajo, sin preámbulo alguno (como sí en Schubert o Wagner). Es una música que necesita tanto de la arquitectura como de la respiración, y aquí la arquitectura permaneció más firme que la respiración. Hubo nobleza, bellos colores y una calidad instrumental excepcional, pero también cierta rigidez en los ritardandi y una tendencia a dejar que la música avanzara por su propia inercia (menos experimentos que en Schubert, la opción más arriesgada de la noche).
En determinados momentos daba la impresión de que la orquesta no seguía tanto al director como a la idea del director que conserva dentro de sí; aunque descubrimos en el movimiento lento esa capacidad de engrandecer todavía más una música que por sí sola ya lo es; una catedral y su órgano encerrados en un solo movimiento.
Y, sin embargo, en esto reside quizá la cuestión más interesante de esta gira. La West-Eastern Divan Orchestra no es simplemente una orquesta que toca dirigida por Barenboim. Es uno de las grandes proyectos de su vida. Creada junto a Edward Said como espacio de encuentro entre jóvenes músicos israelíes, palestinos y de otros países árabes, ha terminado convirtiéndose también en un organismo musical con personalidad propia más allá de la inicial confraternización hoy imposible en su sociedad. En El Escorial, esa personalidad se hizo especialmente visible: cuando el gesto del maestro no podía proporcionar toda la energía necesaria, eran los músicos quienes mantenían unido el discurso, volviendo al maestro más humano que nunca, menos dios de lo que siempre ha sido y como nos ha mostrado en multitud de conciertos y grabaciones irrepetibles.
Quizá esta fuera la última vez que lo hemos tenido en un escenario en Madrid y puede que fuera su “Last Dance”, su último baile, y hay algo profundamente conmovedor en ello, la sensación de alguien que ha hecho tanto y tan grande puede estar a punto de partir. Por todo, millones de gracias infinitas.
Gonzalo Pérez Chamorro
West-Eastern Divan Orchestra / Daniel Barenboim
Obras de Schubert, Wagner y Schumann
Festival Escena Escorial (dirección artística de Alondra de la Parra)
Teatro-Auditorio, San Lorenzo de El Escorial, 19 de septiembre
Foto © David Mudarra