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Crítica / Temperamental dirección de Joana Carneiro - por José Antonio Cantón

Alicante - 08/04/2026

Precedida de un gran reconocimiento profesional, la directora musical lisboeta Joana Carneiro ha sido invitada por la orquesta ADDA-Simfònica de Alicante para el decimoquinto concierto de temporada del auditorio alicantino con un programa que tenía los atractivos de contener un estreno absoluto como fue el de la obra The History of a Smile del compositor madrileño Jorge Grundman, personalidad creativa musical de multidisciplinares enfoques, y para ello, contar con la participación del gran maestro del clarinete Joan Enric Lluna, una de las personalidades musicales más reconocidas por su arte y maestría que le ha llevado a desempeñar el cometido de solista instrumental, dirección musical y docencia como un auténtico referente en cada caso.

Con estos alicientes ADDA-Simfònica apostaba por una velada llena de interés con la obra mencionada a la que se unieron unas interpretaciones que se manifestaron llenas de vitalidad de la Tercera Suite en Re mayor, BWV 1068 de Juan Sebastián Bach y la Segunda Sinfonía en Do mayor, Op. 61 de Robert Schumann, que sirvieron para que la orquesta mostrara el esplendor de su momento actual.

Desde una precisa marcación metronómica, la directora afrontó la ejecución de la obra que se estrenaba definiendo cada una de sus tres partes, que se suceden sin solución de continuidad, haciendo que el contraste de los cinco elementos instrumentales para los que está pensada, (clarinete, marimba, vibráfono, lira y sección de cuerda)  destacara con distinción de manera estratificada propiciando así uno de los más singulares atractivos de su discurso que se podría calificar de bien sonante, siguiendo unos parámetros diatónicos en los que las mixturas tímbricas juegan una fundamental determinación expresiva, que manifiesta, una connotación diríase de procedencia electroacústica.

En este sentido es digno de mención el papel contrapuntístico del clarinete de Joan Enric Lluna que, con una magistral proyección de sonido, mantenía la atención del auditorio de forma admirable incorporándose al diálogo de los percusionistas, Adrián García y José Francisco Crespo, que generaban entre sí unas secuencias llenas de articuladas filigranas que imprimían a la obra una espacialidad que implementaba el bloque sonoro de la cuerda, sección que estuvo comandada por la concertino noruega Anna Margrethe Nilsen que, como ocurre siempre en sus colaboraciones con ADDA-Simfònica, homogeniza el sonido de la cuerda con especial distinción como ocurrió en el significativo pasaje en pizzicato anterior a la reexposición de uno de los temas destacables.

El maestro Grundman ha querido en esta obra generar un estado de ánimo de complaciente emocionalidad en el que los sonidos, especialmente el clarinete, llevan al oyente a experimentar cómo la música es el arte del espíritu por antonomasia, convirtiéndose en un bálsamo sensitivo de manifiesto carácter que supera la memoria y capacidad receptiva del oyente. Ese mensaje ha sido perfectamente entendido por Joana Carneiro, que se identificó con el instrumento orquestal de tal modo que sacó sus mejores esencias, facilitando una lectura instantánea y en detalle que favoreció la interpretación de esta sutil historia musical de una sonrisa generando empatía en el público, que reaccionó con manifiesta satisfacción ante la escucha de su compases, sabiendo conectar ese carácter sugerente a la vez que sugestivo que manifiesta la narrativa de esta obra, aspecto que lleva a pensar que ha de tener una más que interesante proyección y recorrido en las salas de concierto.

Como agradecida correspondencia a los aplausos recibidos por el público Joan Enric Lluna dejó constancia de su magisterio con varios bises; Adagio para vientos, y el Tourbillon de la suite Soleriana, ambos sobre motivos de Joaquín Rodrigo, y los últimos sobre dos episodios de la obra Tres viejos aires de danza, también del compositor saguntino, todos ellos dedicados a su memoria, de quien el próximo 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, patrona de la música, se cumplirá el ciento veinticinco aniversario de su nacimiento.

La retroacción que supuso la interpretación de una de las obras orquestales más admiradas de J.S. Bach como es su Tercera Suite para orquesta en Re mayor, BWV 1068, significó la puesta en valor nuevamente de la directora lusa que, reduciendo en cierta medida la oscilante amplitud del espectro gestual que mantuvo en el estreno de la composición anterior, quedó aún más contraído en el emocionante Air que sigue a la obertura de esta suite, una de las páginas con la que más se disfruta del arte de este genio de la música universal.

El resto de los movimientos supo adaptarlos a la brillantez de la orquesta llevando su temperamento normal a dejar patente la grandeza de su armonía especialmente en el allegro que sustancia su giga final en la que Joana Carneiro abordó sus pentagramas con una clara intuición de la proyección de su forma, inclinándose tanto hacia la tradición barroca italiana como hacia la francesa en la exposición de su contenido decantándose finalmente, de algún modo, por la naturaleza visceral e impulsiva del estilo vivaldiano, carácter que venía favorecido por la intensidad que propiciaba la subdividida métrica ternaria de su compás.

El mayor lucimiento de esta directora estuvo propiciado por su intensa ejecución de la Segunda Sinfonía en Do mayor, Op. 61 de Robert Schumann, destacando en el primer movimiento el áspero tratamiento dado al Allegro ma no troppo siguiendo esa veleidosa melancolía y hasta diríase refractaria que reafirmó desde el tema principal.

Su dinamismo formal entró en un desarrollo más acuciante en el Scherzo que ocupa el segundo movimiento de la sinfonía, serenándose en su primera sección que desarrolló con un marcado sentido bucólico que se convirtió en lírico en la segunda, haciendo que su polifonía se manifestara con transparente fluidez sin dejar en momento alguno de mantener la energía de su gesto, como quedó reflejado con intensidad cinética en la stretta final que servía para poner de manifiesto la compenetrada y precisa agilidad de la orquesta reafirmando la tonalidad principal de la obra, momento que quedó como uno de los más brillantes de la velada.

Tuvo pareja intensidad expresiva en el hermoso Adagio que le sigue, que Carneiro dirigió con enorme sensibilidad romántica volviendo a surgir la capacidad artística de la concertino empastando los violines a su melodía que fue reafirmada por el oboe de manera exquisita, acentuando el sentido de la excelsa serenidad de canto que propone Schumann en este sublime movimiento, que la figura de la directora dibujó en el espacio hasta llegar a ese pasaje que contrajo de manera ensimismada antes de retomar la quietud temática que anima este movimiento repartida entre el clarinete y de nuevo el oboe para, finalmente, ser asumida por toda la sección de viento madera, instante en el que la orquesta alcanzó en su crescendo ese grado de excelencia que la caracteriza.

Con la ayuda de un timbalero en estado de gracia rítmica y cuidada gradación dinámica, Joana Carneiro impulsó a sus últimas consecuencias el Allegro molto vivace final destacando la segunda parte de este movimiento donde los metales expusieron con una revivificante expresividad su festiva coda que llenaba de júbilo el espacio de la gran sala sinfónica del ADDA, concluyendo así un concierto en el que ADDA-Simfònica volvía a mostrar su creciente nivel artístico haciendo buena la madurez interpretativa de esta temperamental directora, un relevante valor de la dirección musical de su generación.

José Antonio Cantón

 

ADDA-Simfònica (Alicante)

Solista: Joan Enric Lluna (clarinete).

Directora: Joana Carneiro

Obras de Jorge Grundman, Johann Sebastian Bach y Robert Schumann

Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA), 27-III-2026

 

Foto © Christian Warren Ganser

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