El 15 de abril asistimos a uno de esos recitales que, de alguna manera, recuperan el eclecticismo musical que tuvieron los primeros conciertos públicos hace ya varios siglos. El programa no consistió en fragmentos y movimientos aislados de obras de diferentes autores y géneros, pero sí fue lo suficientemente variado como para recordar esas misceláneas.
En primer lugar sonó Haydn, autor prolífico de cuartetos, un terreno en el que su música abrió nuevos caminos a compositores de su época y posteriores; en concreto pudimos escuchar el cuarteto apodado ‘Amanecer’, el nº 4 de su op. 76. Para finalizar la primera parte, el Cuarteto Sonata a Kreutzer de Janacek, escrito más de 120 años después del de Haydn. Y en la segunda parte el monumental Cuarteto nº 13 en si bemol op.130 de Beethoven, ahora retrocediendo en el tiempo casi 100 años. En definitiva, dialectos diferentes de un mismo idioma, que el Cuarteto Jerusalem supo presentarnos con excelencia manifiesta.
El Cuarteto Sonata a Kreutzer de Janacek posee una carga metamusical que entorpece en cierta manera el disfrute directo de su material sonoro. Por una parte, el título que desde el momento de su creación lo relacionó con la pequeña nouvelle de L. Tolstoi y su dramática historia de celos y dolor. Y por otra parte, conocer las circunstancias personales del compositor, con un matrimonio no muy feliz y enamorado de otra persona. Todo ello es pertinente, pero la música de Janacek reverberaría igualmente en nuestro interior sin saber nada de esto. Porque el checo, escribiendo en el marco tradicional de los cuatro movimientos de un cuarteto de cuerdas, desarrolla una serie de juegos armónicos que se adentran en un terreno muy personal, dando como fruto una música arriesgada en su época y aún moderna a nuestros oídos actuales.
El cuarteto Jerusalem enfrentó esta partitura dialogando a la perfección entre la tensión que recorre la obra y los breves momentos de complacencia melódica que se permite el compositor. Jugando al límite con los tempi, acentuaron todo la carga dramática y desasosegadora de una música que jamás podríamos definir como complaciente, saliendo triunfantes del empeño.
La segunda parte estuvo íntegramente dedicada al Cuarteto nº 13 en si bemol op.130 de Beethoven. Para entender toda la importancia de esa obra, no en el catálogo de Beethoven, sino dentro de la historia de la música occidental, debemos situarnos en la época de su composición y estreno. Escrito en 1825 y estrenado un año después, Beethoven fallecería 2 años después.
Beethoven escribió esta obra estructurándola en seis movimientos. Esta decisión ya le confiere una personalidad innovadora en su entorno musical. Pero es que, además, el último movimiento consistía en la llamada Grosse Fugue, una pieza de casi 16 minutos de duración, casi un testamento musical que va mucho más allá de cualquier etiqueta estilística. Beethoven no está escribiendo música clásica, ni tampoco romántica, está escribiendo ‘su’ música, con sus propias reglas o con su ausencia de reglas. El público del estreno no supo comprenderlo, y a instancias de su editor Beethoven sustituyó la Gran Fuga por un movimiento Final más convencional.
Por suerte, los cuartetos actuales suelen interpretar este cuarteto en su integridad original, añadiendo el Final alternativo como movimiento séptimo. Así lo hizo el Jerusalem y pudimos disfrutar de toda la grandeza de la obra beethoveniana.
Desde sus inicios este cuarteto ha realizado una aproximación a los repertorios considerados más románticos desde un ángulo podríamos decir poco complaciente. Desde un estudio profundo de las partituras, y mucho más allá de interpretaciones ‘románticas’, suaves y casi estandarizadas, el sonido del Jerusalem siempre es poco convencional, riguroso y casi agresivo, aunque el adjetivo más apropiado sería ‘severo’. Si nosotros como oyentes no podemos escuchar la música de siglos pasados como si no hubieran existido las vanguardias, los artistas tampoco pueden interpretarlas sin acudir a ese ‘background’.
¿Qué Beethoven escuchamos por tanto el pasado domingo? Un Beethoven que casi nos hizo revolvernos en nuestros asientos. Un Beethoven moderno, donde la incertidumbre, el dolor, y la humanidad iban destilándose en cada nota y frase musical, desde la dulzura de la Cavatina al monumento arquitectónico de la Gran Fuga. El Jerusalem nos trajo un Beethoven del siglo XXI, tocando la música de un genio sin recrear su genio, sino centrándose en su humanidad, su modernidad y cercanía. ¿Los modernos son ellos o es que Beethoven ya anticipaba el lenguaje del futuro?
¿Hay algo de romántico en esta música? Por supuesto, el sentimiento de mortalidad y de lucha contra el destino. Ni Beethoven compuso melodías vacuas ni el Jerusalem camina por ese sendero fácil. En cambio, hicieron lo más complicado, transmitirnos la faceta más humana del genio: la incertidumbre, la perplejidad, el diálogo interno.
Blanca Gutiérrez Cardona
Círculo de Cámara 25-26.
Círculo de Bellas Artes. 15 de marzo de 2026.
Jerusalem Quartet
Cuartetos de Haydn, Janacek y Beethoven