El décimo-tercer programa del abono de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León en su Temporada en su sede vallisoletana se dedicó a la música española, vista desde dentro y desde fuera, en versiones orquestales que cobran valor por su brillo y color, de 1887 a 1982. Fue su Director Titular Thierry Fischer el encargado de llevarlo adelante, con la colaboración, como solista invitado del guitarrista clásico Rafael Aguirre (Málaga, 1984), que regresaba por cuarta vez con la orquesta, tras su exitosa presencia en las mejores Salas de Concierto de 47 países y figurar en el Cuadro de Honor de la Real Academia de Londres como Miembro asociado.
Abrió sesión por novena vez en los atriles de la OSCyL, el Capricho español, op. 34 (1887) de Rimski-Kórsakov con sus 5 movimientos, exigentes para los solistas orquestales comenzando por el concertino, que ha de glosar virtuosísticamente el tema principal de la obra, (canto festivo de Alborada asturiana que la recorre de principio a fin) junto con cinco variaciones, su hermano el Fandango astur y la andaluza Escena y canto gitano. A su buen hacer, se sumaron cada una de las cabeceras, secciones y el tutti, que siguieron el claro pulso marcado por Fischer, con apropiadas relaciones y dinámicas que sirvieron el ritmo y los diferentes colores que pide la partitura, pudiéndose penar quizá un exceso de marcado en las cuerdas, pero así se las demandó y así lo sirvieron. Como es de rigor, el lucimiento individual y el “estrepitoso” final promovieron la ovación de la Sala, de nuevo llena.
Primicia para la OSCyL el Concierto para una fiesta, para guitarra y orquesta (1982) de Rodrigo, con Rafael Aguirre como solista. El Concierto fue encargo de un matrimonio americano para la puesta de largo de sus dos hijas y, quizá por ello, su comienzo haga de la orquesta reloj que marca con sus campanadas, el comienzo del baile social de esa ceremonia festiva con un allegro deciso. La protagonista absoluta es la guitarra, con una escritura tensa y difícil, más incluso que la del “de Aranjuez” en cuyo Adagio, inevitablemente para el autor, se inspira, pero sin alcanzar la hondura y lirismo lograda en él. De nuevo en este “de fiesta”, el central Andante calmo es el núcleo expresivo del Concierto, siendo el más largo de los tres movimientos.
Rafael Aguirre estuvo perfecto técnicamente y entregado en la comunicación, demostrando lo gran artista que es. La sonorización, por buena que sea y siempre que se utiliza, tiñe el sonido de punteos, rasgueos y dobles cuerdas de un leve halo que resta pureza a la guitarra, pero el intérprete logró minimizar ese efecto hasta hacerlo imperceptible al poco tiempo. Bellos diálogos con las maderas y cadenza con ecos de bolero y sevillanas en el rítmico y enérgico deciso inicial. Tranquilo inicio del solista en el Andante sin drama, pacífico como las damitas en su nuevo ambiente social, sobre el ritmo que marcan las cuerdas graves en pizzicato y desfile de juegos, preguntas y respuestas entre los distintos solistas y familias orquestales, con tímbricas infrecuentes en Rodrigo que, con 81 años ya, apuntaba sonoridades que “modernizasen” cuanto llevaba escrito; escales y rasgueos de la guitarra culminan su incesante labor en el movimiento.
El Allegro moderato final justifica el aire “de fiesta” que nomina el Concierto; ritmos flamencos como zapateado o fandango son estilizados en la escritura siempre moderada del autor, incluyendo exigente trabajo del solista y afinación y justeza a la OSCyL, para el brillante final por la tímbrica cuidada y especial, ejecutados sin tacha a la orden de un Fischer dominador. El público acogió con calor la primicia y apreció mucho la labor de Aguirre, que se vio obligado a añadir dos regalos, dedicados a los Maestros López Cobos y Palomo, influyentes en su carrera y presencia en Valladolid con la OSCyL: Recuerdos de la Alhambra de F. Tárrega y El oboe de Gabriel (La Misión) de E. Morricone, original de gran sensibilidad y arreglo lírico excelente, que emocionaron a la audiencia.
La Parte II comenzó con otro hit de la especialidad orquestal como la Rapsodia española (1907-08) de Ravel que, en sus cuatro secciones, vertió el cariño que sintió por lo español heredado de su madre. Se inició en un susurro como corresponde a la noche, y prosiguió con la exhibición de solistas orquestales desde el concertino al último percusionista, viva y contrastada la malagueña; lenta la habanera, recuperada de su obra a dos pianos de 1895, con mención a celesta y arpas; y explosión de luz y color la Feria, con la sutil jota como exhibición de folk y ritmo popular. El éxito volvió a sonreír a los intérpretes en ésta su sexta Rapsodia, que aunó estilo y viveza.
Sigiuó la orquestación de 1954, encargo de la Orquesta de Filadelfia para poder así interpretar la Iberia de Albéniz completa, sumando a los siete números que dejó hechos Fernández Arbós, los restantes de mano de Carlos Suriñach (Barcelona, 1915-1997), postromántico e impresionista que ejerció su carrera en USA. Se eligió el nº 2 del Cuaderno II, Almería, donde intenta fusionar el aire de jota y taranta con gran color orquestal, cuidando ritmo y textura originales, potenciados por el uso personal de metales y percusión y variado manejo de dúos y tríos. El resultado sorprende por bien hecho, pero no elimina la sensación que el piano original produce. Fue muy aplaudida en esta su primera vez.
Y como culmen, volviendo a la cita de vals que aparece en el Capricho inicial, se ofreció de nuevo en sexta ocasión, la apoteosis de ese ritmo que es La valse (1919-20) de Ravel, fue modelo de la nueva música en su época: fuertes glissandi, cromatismos, superposiciones tímbricas insospechadas, polirritmos mezclados, … , que el francés trató de modo serio y complejo, sin perder el ritmo, desde los sonidos oscuros y cortados del principio a su normal elegancia que va creciendo en intensidad, con un final frenético y macabro, que marca igualmente decadencia o exaltación. Fischer dio con la tecla y la ovacionada versión, supuso una nueva prueba del excelente sonido que hoy aporta la OSCyL en todas las prestaciones con su Director.
José Mª Morate Moyano
Rafael Aguirre, guitarra clásica
Orquesta Sinfónica de Castilla y León / Thierry Fischer
Obras de N. Rimski-Kórsakov, J. Rodrigo, M. Ravel e I. Albéniz/C. Suriñach
Sala Sinfónica “Jesús López-Cobos” en el CCMD de Valladolid