Desconozco si fue la maestra Lyniv la que ofreció el Requiem de Dvořák a la OCNE o al revés, pero da igual. Hay que poseer tanto valor para presentar el reto como para aceptarlo. Y una vez recogido el guante, una enorme técnica para ejecutarlo. La directora ucraniana ya ha dado múltiples muestras de su talento, así que resultaba a priori una garantía de éxito. Con respecto a la OCNE, y más concretamente la parte instrumental, la duda resultaba más comprensible; se trata de una formación que, en las últimas dos décadas, ha progresado más que adecuadamente; no ha alcanzado el nivel de la Gewandhaus ni de lejos, claro, pero sí que es capaz de protagonizar veladas mucho más que dignas. Quedaba por ver cómo se desenvolvía este fin de semana en el Auditorio Nacional ante una (gozosa) monstruosidad como este requiem, varios peldaños por encima de la exigencia habitual en el repertorio decimonónico.
La página de Dvořák es una obra de grandeza, pero nunca de grandilocuencia (que no tiene nada que ver). Grandeza en sus dimensiones (con una duración en torno a los 90 minutos), en los efectivos empleados (gran orquesta con unos metales bien nutridos, cuarteto solista y coro que, a su vez, se somete a numerosas divisiones) y en expresividad (que debe discurrir del torrente hasta la capilla con absoluta fluidez). Conseguir mantener la energía y evitar la fisión del núcleo por culpa del desequilibrio supone un arte que ni los monjes Shaolin. Y todo con una batuta que debe coordinar toda esta fuerza y unos instrumentos a los que el autor empuja hasta los límites técnicos de la época (que, para la mayoría de los músicos de conservatorio conservador, son los mismos en el presente).
Con una pieza así, puede salir a la luz lo mejor y lo peor de un conjunto. Y así sucedió en cuanto a la orquesta. Lo explicaré, en honor a cualquier requiem tradicional, yendo de lo oscuro a lo luminoso, de lo negativo a lo positivo. Lo menos bueno de la Nacional es cierta dejadez en la que a veces cae, descuidando detalles tímbricos y de ejecución. Esta orquesta carece de una identidad sonora propia, cosa que sí poseen las grandes. La razón no hay que buscarla en la dimensión técnica de sus instrumentistas, cuya solvencia está más que probada. La causa es más profunda: el agotamiento que supone dedicarse a la música en este país. Los maltratos laborales, las gestiones de quienes están más interesados en escalar políticamente que en el arte, la educación profesional encorsetada, la falta de un reconocimiento social… Todo esto lleva ocurriendo desde hace siglos, y la situación hace mella en estas personitas que, pese a todo, deciden echarle horas y sacrificios al pentagrama. Y hay que invertir en dinero y cuidados, no lo olvidemos. Tan (in)útil como la música es el deporte, pero la inversión material y social que ha disfrutado este sector ha colocado a sus profesionales en los podios olímpicos. En fin, si tampoco es es cuidada la gente de la sanidad o la educación, ¿qué vamos a esperar para la del arte? Por muy profesional que alguien sea, la sensación de abandono no te deja cuerpo ni tiempo para detenerse en cuestiones como una identidad sonora. Será necesario replantearse muchas cosas, entre ellas el trabajo día a día con profesionales como los de la Nacional.
La falta de sofisticación en la ejecución se notó bastante en la falta de ductilidad y refinamiento de los vientos (las maderas apenas bajaron de un mezzoforte, hubo metales desafinados), la imprecisión al final de algunas frases y la articulación poco imaginativa en los violines o en cómo los chelos desaprovecharon pasajes que exigen recorrer todos sus registros. Los efectos de estos sucesos no resultaron desastrosos ni mucho menos. Fueron incorrecciones poco pronunciadas, cierto, pero hay que constatarlas. Pero aquí llega lo mejor de esta orquesta: su capacidad para confiarse en quien la dirige. En este sentido, siempre ha demostrado tanto adaptabilidad como generosidad. Por fortuna, sobre el podio (musical) se hallaba Oksana Lyniv. La maestra mostró titánica su fusión con las páginas; además del conocimiento profundo de la partitura, tuvo claro desde la respiración previa toda la trama de este coloso sonoro; experimentada en el mundo operístico, su lectura expuso todo el drama que encierra el Requiem y abrió paso a intérpretes y oyentes entre desfiladeros, cimas y valles hasta el silencio final, una conmoción. Se le podría achacar a la directora que no exigiera a los instrumentistas mayor cuidado en su papel, pero creo que prefirió poner la energía al servicio del mensaje con los materiales que tenía a mano (o batuta) en ese momento.
Fue una interpretación puramente catártica, y la pulcritud instrumental carecía de importancia. La maestra encontró cómplices perfectos en los coros, el Nacional y el de la Comunidad de Madrid (dirigidos, respectivamente, por Miguel Ángel García Cañamero y Javier Carmena). La masa sonora estuvo perfecta, tanto en emisión como en matices, en una obra que resulta tan complicada como agotadora. La sociedad creada por Lyniv y el coro consiguió momentos espectaculares, pero también recogidos, y puso a la orquesta a su servicio para que no se descontrolara. Con respecto al cuarteto solista, hubo de todo. Sonja Šarić fue excelente en proyección, dicción y, ante todo, expresividad. Expresivo también resultó el tenor, Nattha Thammathi, aunque hacia el final estuvo a punto de patinar en la colocación vocal. La mezzo Anna Brull fue mecánica, sin más, y al bajo Petar Naydenov le faltó fuelle desde el principio.
Que sí, que el Requiem de Mozart es un icono; y el de Berlioz, un ejemplo de megalomanía; y el de Brahms, una maravilla de reflexión; y el de Fauré de una emoción muy elegante; y el de Ligeti, inquietante. Pero ¿qué ocurre con el de Dvořák? Objetivamente, resulta una de las obras más sólidas del siglo XIX europeo. Su discurso musical abraza perfectamente al verbal y al emocional. La construcción nace tanto de la inteligencia como de eso tan humano que nos acompaña: el grito (feroz o mudo) ante la muerte. ¿Por qué no suele aparecer en la lista de los más célebres? Pues por su ausencia de complacencia. Uno, que ha tenido que comerse algunos funerales como músico, jamás ha podido extraer un número de esta obra para acompañar el evento (cosa que sí se suele hacer con lacrimosas mozartianas, pie jesus de Fauré…); la estructura de este monumento resulta gigantesca, pero con una cohesión entre sus parte de hormigón armado. Por otro lado, el compositor checo no ofrece ninguna melodía pegadiza ni enlaces discursivos previsibles. Todo es un magma que no deja de discurrir sin que sepamos qué espacio va a ocupar de un momento a otro.
Y, sin embargo, una vez que ha pasado, observamos el surco que ha dejado y sabemos que no podía ser de otra manera. El Requiem de Dvořák no es fácil, ni para público ni para intérpretes. Como la vida. Como la muerte. Y fue un regalo para los presentes que esta obra nos la presentase Oksana Lyniv.
Juan Gómez Espinosa
Ciclo Sinfónico OCNE. Temporada 2025/2026.
Obras de: Antonín Dvořák (Réquiem en Si bemol menor, op. 89).
Intérpretes: Orquesta y Coro Nacionales de España, Coro de la Comunidad de Madrid, Oksana Lyniv (directora), Sonja Šarić (soprano), Anna Brull (contralto), Nattha Thammathi (tenor) y Petar Naydenov (bajo).
Fecha y lugar: 22 de marzo de 2026. Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica).
Foto © Rafa Martín