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Crítica - Sublime Misa en si menor (Herreweghe & Collegium Vocale Gent)

Madrid - 12/06/2019

Concluyó la presente temporada del Ciclo Universo Barroco en la sala sinfónica del Auditorio Nacional de la mejor forma imaginable, con la excelsa interpretación por parte de Philippe Herreweghe y sus huestes de la Misa en si menor de Johann Sebastian Bach.

La historia de esta composición fetiche para muchos melómanos es muy particular. Bach nunca tuvo en mente una Gran Misa, sino que fue ideada en principio como cualquiera de sus otras Misas Luteranas, o Misas Brevis, carentes de Credo, Sanctus y Agnus Dei, y que parodiaban su propia música. Así, en 1733 compuso el Kyrie y el Gloria, y no fue hasta los últimos años de su vida, a partir de 1748, cuando se decidió a completarla. Compuso el Credo, titulado Symbolum Nicenum, es decir, símbolo del Concilio de Nicea, concilio que unificó la fe cristiana allá por el año 325. Seguramente Bach decidió incluir esta oración prohibida por el Protestantismo porque en esos años se encontraba inmerso en el estudio de misas de compositores como Palestrina o Lotti, a los que reverenciaba, con lo que así intentó quizás trascender a su época e ideología. Además, realiza un Agnus Dei parodiándose otra vez a sí mismo, e incluye un Sanctus compuesto para la Navidad de 1724. Sea como fuere, la música de Johann Sebastian Bach es tan extraordinaria que nadie diría jamás que la Misa en si menor se trata de un pastiche.

El Collegium Vocale Gent volvió a demostrar que es la auténtica referencia mundial en la interpretación de la música bachiana. Y lo hicieron con su fundador y Alma Mater, Philippe Herreweghe con el hombro derecho fracturado.

Ya en el primer Kyrie recibimos el impacto de la magnífica sonoridad de todos los músicos, cantantes e instrumentistas, con unas sopranos desarrollando unos arpegios a capella pulcros, empastadísimos, y a lo que siguió el primer fugato de la tarde con las cinco cuerdas del coro empastadas, en perfecta sincronía, dirección musical y balance sonoro. El delicioso duetto de sopranos Christe fue interpretado por una Dorothee Mields poderosa y luminosa que dialogaba con una Hana Blažíková, que tuvo que luchar con los poderosos violines, dada la incómoda tesitura de la escritura bachiana para la soprano segunda.

El magnífico primer movimiento del Gloria fue toda una lección de tempo y de dinámicas sin perder la vitalidad necesaria. Así, las tres trompetas fueron pulcras e incisivas, a la par que el percusionista, Martin Piechotta se encargaba de controlar su volumen sonoro para permitir brillar a coro y orquesta.

Hana Blažíková se tuvo que enfrentar a una de las arias más incómodas de la literatura bachiana para soprano, Laudamus te, ya que su tesitura es más propia de una mezzo. No obstante, salió airosa de la situación con ese timbre tan bello, carnoso y oscuro que posee, mostrando un fiato larguísimo que requiere de un dominio absoluto del apoyo en ese registro tan grave. El formidable solo de violín que dialoga con la solista vocal fue interpretado magistralmente por la concertino, Christine Busch, con un sonido poderoso o dolce, según la ocasión, a la par que demostró sus dotes virtuosas en los enrevesados pasajes plagados de fusas.

El duetto Domine Deus, entre Dorothee Mields y el tenor Thomas Hobbs fue una auténtica delicia: sobre un bajo continuo en pizzicato que imponía su tempo firme pero musical, el flautista Patrick Beuckels desempeñó su compleja melodía con una naturalidad y habilidad envidiables, a la vez que el diálogo entre los solistas vocales, que se encontraban muy lejanos, fluía a la perfección, aún cuando los dos declaman un texto diferente, que no obstante fue inteligible a la perfección. Además, el discanto de los violines tuvo esa dulzura mágica en las notas largas de los crescendi que nos logró erizar el vello.

El contratenor Alex Potter demostró en el aria Qui sedes ad dexteram Patris porqué es uno de los contratenores más en boga de la actualidad: con un registro totalmente homogéneo, su poderoso y hermoso timbre se complementan con una gran musicalidad y con el dominio del fraseo. Mención aparte merece el instrumentista que dialoga con él, el soberbio e incombustible oboísta Marcel Ponseele, poseedor de uno de los más bellos y dulces sonidos que jamás hayamos escuchado en un oboe barroco, a la par que goza de un asombroso fiato, dominando como nadie la técnica de la respiración circular.

Las dos arias para bajo que se encuentran en esta Misa son frecuentemente interpretadas por dos solistas distintos, ya que en la primera se requiere un bajo con una zona media grave poderosa, mientras que la segunda es más propicia para un barítono con buenos agudos. Krešimir Stražanac exhibió sus virtudes sobre todo en la segunda, Et in spiritum sanctum, regalándonos un precioso y dulce sonido que era complementado con la misma exquisitez por dos oboes y fagot. En la otra pieza, Quoniam tu solus sanctus, Stražanac no se vio favorecido por el registro de la composición, a lo que no ayudó en demasía una textura de la partitura muy densa, encabezada por el complicadísimo solo de trompa, que salvó no sin dificultades al comienzo Alain De Rudder, a lo que se suman los dos fagotes obligados con una escritura muy activa, desempeñados de una manera espectacular por Julien Debordes y Carles Cristóbal.

La fuga final del Gloria, Cum Sancto Spiritu, mostró la transparencia del tutti coral e instrumental en la interpretación de las fugas, permitiendo en todo momento discernir los temas, sujetos y contrasujetos. Fueron un auténtico regalo parta los oídos los pulcros diálogos entre las sopranos del final de la pieza.

La segunda parte comenzó con el Symbolum Nicenum o Credo, en donde la complejísima escritura de su primer número, que normalmente suele ser un auténtico guirigay, fue totalmente inteligible, ya que Herreweghe puso mucho énfasis en las distintas articulaciones que permitieron su comprensión.

En el fabuloso Et incarnatus est la orquesta tuvo la asombrosa capacidad de cambiar totalmente de afecto. Desde la primera nota el pathos se volvió triste, lúgubre, profundo, que desencadenó una entrada del coro con un legato y fraseo soberbios. El organista Lorenzo Feder, formidable en todo el concierto, supo ayudar con su medida y nada superflua realización del bajo continuo a este ambiente tan sublime.

El fragmento claramente influenciado por Lotti, el Crucifixus, fue interpretado por una peculiar articulación impuesta por el director belga, que dio como resultado una densidad y fraseo tan impactantes como transparentes, a lo que se sumó el equilibrio absoluto entre las distintas voces.

El cambio de afecto llegó inmediatamente después, con la alegría desbordante de Et resurrexit, en donde el coro se lució en los pasajes más virtuosísticos; todas y cada una de las secciones vocales estuvieron absolutamente precisas, empastadas y con la forma exacta. Incluso este distinto carácter se percibía en las expresiones de los cantantes, ahora alegres y risueñas. El ritornello instrumental que le sucede fue, pese a su densidad, absolutamente cristalino, algo a lo que ayudó la peculiar colocación de la orquesta en el escenario.

A partir del Sanctus, Philippe Herreweghe colocó al conjunto vocal en disposición de doble coro, con los bajos en el centro y las dos sopranos en los extremos del escenario, lo que mejoró aún más la comprensión de las complejas texturas a 6 y 8 voces. Sobre todo, fue en los dos Osanna en donde esto se favoreció, a lo que hay que añadir que se distinguieron totalmente las cuerdas de altos y de tenores, a priori más desfavorecidas por el menor número de cantantes, dos por voz.

Este espectacular cierre de temporada concluyó con el Agnus Dei, que contiene una de las más bellas arias para alto de toda la producción del Barroco. Aquí fue interpretada por Alex Potter, quien compitió en belleza de fraseo y sonido con la formidable sección de violines, muy bien comandada por Herreweghe. A modo de colofón, el último coro, Dona nobis pacem, nos terminó por elevar in excelsis en esta inolvidable velada.

Con un final de ciclo como este y con una programación tan prometedora como la de la temporada que viene, estoy convencido de que los abonos del Ciclo Universo Barroco volverán a agotarse en muy pocos días.

Simón Andueza

Collegium Vocale Gent. Philippe Herreweghe, director. Dorothee Mields y Hana Blažíková, sopranos, Alex Potter, contratenor, Thomas Hobbs, tenor, Krešimir Stražanac, bajo.
Johann Sebastian Bach: Misa en si menor BWV 232.
11 de junio de 2019, 19:30 h.
CNDM, Universo Barroco. Auditorio Nacional de Música, Madrid.

Foto © Centro Nacional de Difusión Musical (CNDM) – Elvira Megías

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