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Crítica / Romeo & Julieta: noche oscura de amor - por Javier Extremera

Sevilla - 26/10/2026

¡Moriríamos así, para, no separados, eternamente unidos, sin fin, sin despertar, sin temer, sin nombre abrazados en el Amor, enteramente dados a nosotros mismos, vivir solo para el Amor! (Richard Wagner, “Tristán e Isolda”)

 

Si la primera vez para poder disfrutar del “Roméo et Juliette” de Charles François Gounod en la ciudad de Sevilla, hubo que esperar nada menos que 139 años, en esta segunda ocasión, el período de espera ha sido mucho más breve, pues tan solo han transcurrido dos décadas desde aquel montaje de Ivo Guerra alzado en 2006, bajo la comandancia musical de ese viejo zorro, muy hermanado con la ciudad hispalense, que es el parisino Michel Plasson, sin duda, el director orquestal que mejor ha sabido siempre explorar y navegar a través de esta encomiástica partitura operística parida por su terruño en pleno oleaje romántico.

“Roméo et Juliette” es una partitura que pese a su academicismo y exactitud formal, sigue hoy vivita y coleando por los teatros de medio mundo, gracias, en parte, a su envolvente despliegue lírico, a esa inagotable belleza melódica, a su ensoñador aliento trágico, a los recurrentes ritmos de danza, a una orquestación elegante y refinada (a veces demasiado equilibrada y aseada en sus planteamientos armónicos), además de por una serie de admirables arias y legendarios dúos vocales que se quedan inevitablemente soldados a la memoria auditiva del espectador. Gounod nunca fue un rompedor ni un compositor de borrón y cuenta nueva, pero es indudable que pese a su tradicionalismo y conservadurismo en las formas, tanto esta obra que nos ocupa como su popular “Faust”, son dos cumbres de la ópera cantada en francés. Sin Gounod no se entenderían a compositores como Massenet, Chabrier, Delibes, Saint-Saëns o el mismísimo Bizet.

La Verona fascista

Curiosamente, este uniforme y algo monótono segundo acercamiento escénico galo al universo shakespeariano de los amantes de Verona, también viene firmado por otro latino, el veterano Luca de Fusco (muy aplaudido por el público en los saludos finales) regista muy ligado a la Ópera de Roma (de donde procede este montaje), el cual puede ser encuadrado dentro de esos directores de escena clásicos, neutrales, un poco convencional y con olor a vieja escuela, que evitan meterse en exploraciones trascendentales o pisar embarradas reescrituras con piruetas argumentales. Su “Roméo et Juliette” está ambientado en los últimos años del fascismo mussoliniano. En vez de los sanguinarios enfrentamientos entre Capuletos y Montescos, ahora el conflicto parece tener como protagonistas a fascistas y partisanos (Tybalt muere incluso por un estruendoso pistoletazo), ofreciendo por momentos una versión más cinematográfica que teatral, ya que abusa en demasía de las proyecciones sobre el escenario (filmaciones por cierto bastantes pueriles y pasadas de moda, muy a lo Disney). Tanto, que a veces el esclavizador ojo prevalece sobre el oído, restándole protagonismo a la música en beneficio de la imagen por la imagen.

Con una dirección de actores muy de los años 70-80, Fusco se olvida de la fuerza poética Shakespeariana que debe impregnar el ambiente, pero acierta en desplegar los efluvios amorosos juveniles de los protagonistas (sobre todo en la translúcida y bien resuelta liebesnacht a la francesa del segundo Acto) y en explorar visualmente los encantamientos de esa inagotable noche oscura que a veces es la verdadera protagonista de la acción. Un mundo monocromático de colores gélidos habitado por muertos vivientes (todos van espectralmente maquillados y luciendo riguroso luto) que intentan hacer fracasar la pasión amorosa de los jóvenes, únicos personajes dotados de color, luz y vida sobre la composición. Es muy de agradecer el uso de la tijera que realizó en la parte final, salvándonos sobre todo de esos interminables números de ballet impuestos para el reestreno en el Garnier parisino, así como de la prescindible escena de la carta no recibida del  Frère Laurent.

Templada batuta shakesperiana

El fresco y prometedor Sasha Yankevych, muy vinculado al teatro lírico de los Mozart y Rossini, supo sumergirse a las mil maravillas en el ambiente galante y ecuánime que impera en la partitura, ofreciendo una dirección de texturas claras y transparentes con grandes dosis de sensibilidad, sobre todo en los dúos amorosos. Más cómodo en las escenas íntimas que en las bulliciosas, el ucraniano mimó y arropó siempre con tacto a todas las voces, que para él son las absolutas protagonistas de la obra (resulta bastante cómodo cantar a sus órdenes). Dirección equilibrada, pero fogosa, de grandes vuelos líricos, para un director que habrá que tener en cuenta en este repertorio en el futuro. La Real Sinfónica sevillana relució en todos sus atriles, en particular con su tenue y bien afinada sección de cuerda, ofreciendo muy bellos momentos orquestales, sobre todo en los saboreados Entreactos.

El Coro del Maestranza, a las órdenes de Iñigo Sampil, volvió a brillar arrolladoramente. Rugiente y poderoso en las escenas más dramáticas, delicado y bien empastado en los pasajes más íntimos, como en ese sorprendente e innovador arranque que homenajea al coro griego clásico.

Montescos y Capuletos

Pavol Breslik (Roméo) es un curtido y experimentado tenor lírico (ideal, por ejemplo, para el trágico Lenski del Eugene Onegin). Posee un estupendo centro (con una bien dotada media voz), expresiva emisión, sostenida proyección y un paladeado fraseo, pero por desgracia estrangula la voz cada vez que en la partitura aparece un sobreagudo (¡bendito Alfredo Kraus que estás en los cielos! ¡El mejor Roméo de la historia del disco!). Como en la inmortal cavatina “Lève-toi, Soleil” del segundo acto, bien expuesta pero deficientemente culminada (con ese espinoso Si natural conclusivo). La armenia Nina Minasyan fue una Julieta robusta, penetrante y con metal, de timbre cálido y pulimentado agudo (mucho más reluciente que en ese registro grave donde radican sus carencias). Dotada de flexibilidad y agilidad, salvó con nota los pasajes de coloratura, como el mítico y delicioso vals del “Je veux vivre”. Regaló uno de los grandes momentos de la velada en la desgarradora escena del veneno. Ambos amantes lograron fundirse a la perfección en los dúos (sobre todo en la envolvente noche de bodas), así como en el mortuorio cuadro final, bien entonado y con unos pianissimi casi susurrados.

De los secundarios destacar primeramente el magnífico basso cantabile que es Riccardo Fassi, que dejó un gratísimo sabor de boca (pese a su brevedad) como Frère Laurent, gracias a su eficaz resonancia y a unos graves redondos y densos. Un bajo cantante al que no habrá que perder de vista. Anna-Doris Capitelli estuvo estupenda como Stéphano, aunque quizá excesivamente pizpireta, en su arrolladora participación en la cándida chanson Que fais-tu, blanche tourterelle (como es norma, un momento de la obra muy aplaudido). Mucho mejor el Tybalt de quilates y gran fisicidad del coreano Mario Bahg, que el inválido Mercutio de Maxim Lisiin (con evidentes carencias en la emisión). Solvente y expresivo Capulet de Zoltan Nagy, bien matizada la Gertrude de Elena Maximova y con un desfibrilador cerca El Duque del veterano Valery Guilmanov, que ya no está para muchos trotes.

Javier Extremera

 

Charles Gounod: Roméo et Juliette.

Nina Minasyan, Pavol Breslik, Anna-Doris Capitelli, Elena Maximova, Mario Bahg, Maxim Lisiin, Andrés Merino, Zoltan Nagy, Riccardo Fassi, Valery Guilmanov.

Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Coro del Maestranza.

Dirección musical: Sasha Yankevych.

Dirección escénica: Luca De Fusco.

Sevilla. Teatro de la Maestranza. 23-octubre-2026.

 

Foto © Guillermo Mendo

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