La música eslava fue la gran protagonista del programa que la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) ofreció el pasado 23 de octubre, con el rumano Cristian Macelaru como director invitado.
El programa se abrió con el segundo de los poemas sinfónicos que integran el ciclo Mi patria de Bedrich Smetana, El Moldava. Su música resigue el curso de ese río desde su nacimiento hasta su llegada a Praga, todo ello de un modo plástico y llevado por la que probablemente sea la melodía más famosa del repertorio checo.
Violinista de formación, Macelaru hizo que la cuerda fraseara ese tema de un modo que transmitía la sensación fluctuante del río. No obstante, su versión brilló sobre todo en la sección nocturna, la de la danza de las ninfas, donde consiguió resaltar el carácter atmosférico de la música. La sección final, en cambio, la de la llegada del río a Praga, tendió más a buscar el efecto.
Chopin ha sido el gran protagonista de este inicio de temporada de la OBC, pues si en el primer programa pudo escucharse su Concierto para piano n. 2, en este tercero fue el turno del Concierto n. 1. Eso sí, los solistas escogidos, Jan Lisiecki entonces y David Khrikuli ahora, no podían ser más diferentes.
Finalista el año pasado del Concurso Chopin de Varsovia, Khrikuli hace una aproximación a la música del genio polaco que no puede ser más personal. Su versión, construida a partir de un fraseo y un toque exquisitos, es decididamente intimista. Nada de ataques fulgurantes, de contrastes extremos ni de exhibición virtuosística. Al contrario, Khrikuli se inclina por una gama dinámica muy controlada, predominando el mezzoforte por encima de todo.
Lo que consigue de ese modo es una lectura que mira hacia el interior, por momentos impresionista y siempre extraordinariamente poética y expresiva. Su interpretación del movimiento central, Romanze. Larghetto, fue en ese sentido pura belleza y emoción. Como propina, Khrikuli regaló un Finale de la también chopiniana Sonata para piano n. 3 no menos evocador.
El contraste lo puso Macelaru, con una versión más enérgica y dramática. La combinación funcionó, aunque hubo algún que otro momento en que la orquesta tapó un tanto al solista.
La Sinfonía n. 3 de Rachmaninov es una obra que no hay por donde cogerla. Es una partitura difícil de aprehender a nivel global, tal es la profusión de episodios contrastados que en ella se da y su tendencia a la dispersión. De hecho, parece funcionar a oleadas, a ráfagas. Pero, dada su rica paleta sonora y rítmica, para un director de orquesta puede ser un vehículo de lucimiento perfecto, siempre y cuando sepa unir con la fluidez adecuada los distintos episodios. Macelaru brilló ahí y consiguió no solo dar continuidad y sentido a una obra imposible, sino también que se siguiera con interés. Para ello contó con la plena implicación de una orquesta que, llevada por el entusiasmo que transmitía la batuta, dio lo mejor de sí en todas sus secciones.
Juan Carlos Moreno
David Khrikuli, piano.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Cristian Macelaru.
Obras de Smetana, Chopin y Rachmaninov.
L’Auditori, Barcelona.