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Crítica / Rigor clásico y elocuencia vienesa en el FIS - por Darío Fernández Ruiz

Santander - 10/08/2026

Sólo dos días después de que Daniil Trifonov, la Mahler Chamber Orchestra y Daniel Harding ofrecieran un deslumbrante Primer concierto para piano de Brahms, el Festival Internacional de Santander nos propuso otra cita de campanillas con un programa de la más alta escuela (vienesa): el FIS reunió a la célebre pianista Elisabeth Leonskaja, a la English Chamber Orchestra y a la directora Marzena Diakun.

El repertorio, diseñado con perfecta simetría clásica, ofreció al público un recorrido por tres obras fundamentales del clasicismo y primer romanticismo centroeuropeo, interpretadas con la sobriedad, la moderación y el rigor que estas partituras exigen.

La velada comenzó con la Sinfonía número 44 en mi menor, "Fúnebre" (Hob. I:44) de Haydn. La mítica orquesta inglesa, que demostró buena forma y notable disciplina, abordó el Allegro con brio inicial (6'25") con absoluta firmeza. El potente unísono de cuatro compases en las cuerdas que abre la obra nos puso sobre la pista que habríamos de seguir y la agitación propia de la página se mantuvo firme gracias a un pulso rítmico constante y regular. El Menuetto Allegretto (5'06") aportó un momento de gran lirismo gracias al delicado descenso de las cuerdas y la respuesta de las trompas, perfectamente empastadas. En el luminoso Adagio central (4'41"), la formación británica desplegó una sonoridad de indudable nobleza. La sinfonía terminó con un vibrante Presto (3'14"), monotemático y de gran empuje rítmico donde la orquesta resolvió con absoluta precisión los exigentes pasajes en canon. La dirección de Marzena Diakun en esta primera obra fue correcta y ordenada, asegurando la claridad del contrapunto y la estabilidad de los tiempos, aunque se echó de menos algo de la agitación dramática que caracteriza a este periodo de Haydn.

Todavía en la primera parte, la pianista Elisabeth Leonskaja salió al escenario para descubrirnos ese triunfo del refinamiento, la gracia y la elegancia que es el Concierto para piano número 12 en la mayor, K. 414 de Mozart, donde se plasma a la perfección el desiderátum que el propio autor expresó en una carta a su padre: el término medio exacto entre lo difícil y lo fácil, agradable al oído y natural sin caer en la vacuidad. En el Allegro (10'39"), de gran riqueza melódica, fue de admirar el diálogo poético y amoroso entre solista y orquesta y la pulsación cristalina, limpísima, de Leonskaja. El Andante (8'42") transcurrió con esa serenidad profunda y típicamente mozartiana que parece detener el paso del tiempo. El Rondó final (6'37"), que evoca, en su frescura, a esa obra maestra que es Las bodas de Fígaro, tuvo una lectura de deliciosa agilidad. Ciertamente, la labor de Diakun en la dirección fue atenta y en todo momento mantuvo el deseable equilibrio con el piano, pero también nos pareció que podría haber enriquecido aún más su interpretación con una mayor flexibilidad dinámica.

Ante los cálidos aplausos, Leonskaja ofreció como propina la primera de las Drei Klavierstücke, D. 946 de Franz Schubert, en mi bemol menor (5’40’’). Ejecución íntima y de una bellísima introspección lírica. Marca de la casa. Brava.

Precisamente a Schubert estaría dedicada en exclusiva la segunda parte, con la Sinfonía número 5 en si bemol mayor, D. 485. Es sabido que su plantilla orquestal es modesta (prescinde de clarinetes, trompetas y timbales) y que, por su transparencia, sencillez y rigor en la forma, es una de las páginas de Schubert que más se aproxima al ideal clásico de Mozart, pero no por ello dejó de sorprendernos el Allegro (7'06"), con el delicado acorde de maderas y el dibujo descendente en los violines que precede al optimista tema principal. La orquesta lo expuso con una frescura admirable. El Andante con moto que siguió (8'58") tuvo un encantador aire pastoral, guiado por la cuerda y matizado en su sección central por la sutil melancolía del bajo ostinato. Tras el vigor rítmico del Minueto (4'43"), el luminoso Allegro vivace (5'40") puso lo que parecía ser el brillante final a la velada, pero los aplausos nos hicieron merecedores de un bienvenido bis haydniano. Con él, ahora sí, se redondeó un plácido viaje de ida y vuelta a Viena sin salir de la bahía santanderina y con la perspectiva de escuchar en menos de cuarenta y ocho horas a otro grande del teclado: Grigory Sokolov.

Darío Fernández Ruiz

 

Obras de Haydn, Mozart y Schubert

Elisabeth Leonskaja, piano

English Chamber Orchestra / Marzena Diakun, directora

75º Festival Internacional de Santander

Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria

 

Foto © FIS / Pedro Puente

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