En el verano de 1994, en Nápoles, el crítico Antonio D’Amato escuchó por primera vez a Grigory Sokolov. Describía entonces a ese hombre corpulento y sin prisa, calzado con zapatos ligeramente gastados, que cruzaba el escenario con una indiferencia absoluta hacia la teatralidad del concierto, transformando el piano en algo completamente distinto. Tres décadas después, esa misma presencia mística y desprovista de artificio continúa enseñoreándose de los escenarios europeos. En su esperado regreso a la Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria, en el marco del Festival Internacional de Santander, Sokolov ha vuelto a demostrar por qué es considerado uno de los mayores colosos del teclado de nuestro tiempo. Intentaremos explicarnos.
Sokolov es un hombre que se sienta al piano y no se levanta hasta que todo está perfectamente meditado, ensamblado y devuelto al oyente con una claridad que nada tiene de fría, sino que pone el detalle técnico siempre al servicio de la emoción más profunda. Su pulsación es nítida, su ataque, de una precisión quirúrgica y el manejo de las dinámicas y del pedal, prodigioso. El sonido es redondo y perlado y el fraseo, individual desde la primera nota hasta la última. Pero esa originalidad nunca se nos antoja vana, ni artificial, sino el resultado orgánico de un arduo proceso de introspección, de indagar y sacudir allí donde hace su nido la costumbre, de hacerse las preguntas críticas y de hallar respuestas convincentes.
El recuerdo de su recital del 18 de agosto de 2023 en esta misma sala seguía muy vivo en mi memoria y juraría que en la de todos los que asistimos. En aquella ocasión, bajo la imponente mirada de las cámaras y micrófonos de Deutsche Grammophon instalados para registrar la velada, Sokolov nos regaló una primera parte dedicada a las deliciosas miniaturas barrocas de Henry Purcell, seguida de un Mozart revelador y, ya en las propinas, un Chopin "de otro mundo". Si aquel programa jugaba con el contraste entre la miniatura barroca y el clasicismo vienés, su nueva propuesta ha sido, ante todo, una honda reflexión sobre la forma y el tiempo interior estructurada como un viaje a través de las fibras más íntimas de Beethoven y Schubert.
La velada se abrió con la Sonata nº 4 en mi bemol mayor, Op. 7 de Beethoven (10'36", 7'47", 5'36", 7'32"). Aunque se trata de una obra de juventud, el asombroso Largo con gran espressione del segundo movimiento habla ya un lenguaje de madurez que Sokolov domina como nadie. El pianista modeló este movimiento con una quietud que respiraba, otorgando a cada frase su peso dramático absoluto antes de avanzar. No por manido debemos dejar que anotar que el tiempo pareció suspenderse en el espacio de la Sala Argenta. Fue en estos compases tan bellos donde se hizo evidente la diferencia fundamental entre limitarse a tocar a Beethoven e interpretar pensando desde el interior de su mente, alterando una y otra vez nuestras expectativas con su personalísimo sentido del legato. Tras la vivacidad rítmica del Allegro del tercer movimiento y la fluidez del Rondo final, cuyos diálogos sonaron con una gracia sumamente elocuente, quedó claro que Sokolov había iluminado cada recodo de esta imponente página juvenil con algo más que la voluntad.
Inmediatamente después, las Seis Bagatelas Op. 126 , interpretadas sin solución de continuidad, nos presentaron al "otro" Beethoven: el creador maduro, sumido en la sordera total y entregado a un silencio indigno. Sokolov abordó estas piezas breves en duración pero inmensas en contenido como mundos individuales. La quinta bagatela flotó en sus manos con una ligereza casi improvisada, mientras que la sexta cerró el ciclo en un estado de calma que el pianista sostuvo hasta el límite de lo humanamente tolerable. Los abruptos giros armónicos que Beethoven dispersó en la partitura no fueron suavizados; al contrario, Sokolov afiló sus aristas con valentía. Escuchar ambas obras beethovenianas en una misma parte nos permitió recorrer el arco completo de un genio, desde su primer gran paso hasta su aforismo final.
La segunda parte del recital perteneció por entero a Schubert, y con ella la Sala Argenta alcanzó su cumbre emocional. La monumental Sonata en si bemol mayor, D. 960 (21'47", 10'26", 4'37", 8'59"), la última obra pianística del compositor, fue abordada por Sokolov no con desesperación, sino con esa serenidad que conoce su valor, una paz conquistada al borde mismo del abismo. El tema inicial, de una aparente calma lírica, esconde en sus profundidades un estremecedor trémolo en el bajo. Sokolov, soberano indiscutible de la ornamentación, mantuvo vivo este leve temblor como una corriente subterránea, permitiéndole emerger a su propio ritmo sin forzarlo jamás.
El posterior Andante sostenuto se erigió como un lamento de una belleza casi insoportable. Con un toque extremadamente enrarecido y llevando las dinámicas al borde de lo audible, Sokolov logró recrear aquel milagro que ya presenciamos en Santander en 2023: en esos instantes, no existía en el mundo nada que no fuera la música. El Scherzo aportó un soplo de irrealidad y frescura celestial: delicadas, fugaces alusiones a los tonos más lejanos seguidos por el rudo y breve trío, de acentos deliberadamente bruscos. Para cuando llegamos al Finale, ya daba todo un poco igual, tal había sido el aluvión de gestos, de frases, de hallazgos deslumbrantes. Sokolov había entrado en trance y el público, también.
Tras el programa oficial, el pianista ruso se mostró tan generoso con las propinas como suele, obsequiándonos con seis que fueron todo ritmo y música borrachera y exaltación máxima: de Brahms, la primera y la tercera de las Cuatro baladas para piano, Op. 10 (4'00" y 4'58" respectivamente) y la Rapsodia en sol menor, Op. 79 n.º 2 (7'35"); de Chopin, la Mazurka en la menor, Op. 68 n.º 2 (3’42’’) y el Preludio n.º 20 en do menor, Op. 28 (1'37") y de Scriabin, el Preludio n.º 4 en mi menor de sus 24 preludios para piano, Op. 11 (2'08"). Ya estaba bien avanzada la noche y hubo gente que decidió perdérselas. Ellos sabrán por qué.
Darío Fernández Ruiz
Obras de Beethoven y Schubert
Grigory Sokolov, piano
75º Festival Internacional de Santander
Palacio de Festivales de Cantabria
Foto © FIS / Pedro Puente