Hay pianistas cuya apariencia anuncia lo que va a suceder cuando se sientan ante el instrumento. Daniil Trifonov pertenece exactamente a la categoría contraria: su porte desgalichado, con algo de genio matemático abstraído o de campeón de ajedrez que acaba de abandonar una exigente partida, resulta chocante, casi deliberadamente ajeno al ritual del gran virtuoso. Luego coloca las manos sobre el teclado y todo cambia.
Sucedió anoche en el Festival Internacional de Santander, en una de esas citas que justifican por sí solas una programación: Trifonov, la Mahler Chamber Orchestra y Daniel Harding con el Primer concierto para piano de Brahms y la Octava sinfonía de Dvořák en los atriles.
El Concierto para piano y orquesta n.º 1 en re menor, op. 15 es una obra enorme, casi una sinfonía con piano, nacida precisamente de materiales que Brahms había pensado inicialmente en términos sinfónicos. Trifonov y Harding no intentaron minimizar sus dimensiones. El Maestoso duró 24'58". Casi veinticinco minutos de tensión sostenida. Harding planteó la extensa introducción orquestal sin pesadez: el primer tema apareció vehemente, oscuro, obstinado, pero la Mahler Chamber Orchestra permitió escuchar las líneas interiores con extraordinaria claridad. Nada de masa sonora indiferenciada. Brahms podía ser monumental sin resultar macizo. Y entonces entró Trifonov. Tímidamente. Sin proclamas. Los encadenamientos de sextas surgieron como si el piano hubiese estado allí desde siempre. Esa entrada dice mucho de su manera de entender la obra: el solista no combate contra la orquesta ni se coloca delante de ella. Se introduce en su tejido. No tardamos en advertir una de las características más asombrosas de su pianismo: el pedal. Trifonov lo utiliza de una manera que visualmente resulta casi inverosímil. Por momentos uno esperaría una acumulación de resonancias. Sucede lo contrario. El sonido permanece limpio, redondo, extraordinariamente definido. Pero todavía más extraordinaria es su paleta. El piano cambia constantemente de color. Puede adquirir densidad orquestal y, segundos después, adelgazar hasta convertirse casi en música de cámara. El amplio tema en fa mayor apareció así despojado de cualquier sensiblería: melancólico, noble, recogido.
El Adagio (14'28") confirmó que su virtuosismo interesa precisamente cuando deja de parecer virtuosismo. Harding permitió respirar a la cuerda con sordina y a la trompa antes de que Trifonov recogiera el discurso. Aquí no hubo exhibición, sino escucha y reciprocidad. La melodía interrogativa del piano avanzó con una sencillez engañosa, sostenida por una gradación dinámica minuciosa, de tal manera que la ascensión central de las maderas crecía orgánicamente y los trinos de la coda parecían suspender momentáneamente el tiempo.
El Allegro non troppo (13'12") devolvió la energía. El tema inicial del rondó apareció vigoroso, danzante, incisivo. Harding respondió desde la orquesta con idéntico impulso. Llamadas de metales, cascadas de notas al piano: las voces se escuchaban, circulaban, se perseguían. Trifonov fue elevando progresivamente la temperatura emocional. Alegría, incertidumbre, nueva tensión. Todo estaba allí, pero integrado en una arquitectura única. Tras la breve cadencia, la transformación del material condujo hacia un final de formidable empuje rítmico. No fue una carrera hacia la conclusión. Fue una acumulación de efecto hipnótico.
La ovación fue de gala. Y con justicia. Trifonov regresó dos veces al piano. Primero, para descubrirnos el Vals de Santo Domingo de Rafael Bullumba Landestoy; después, para arrebatarnos el poco juicio que nos quedaba con un tango de su propia invención. Dos miniaturas danzables, anticipo de su próximo disco, que mostraron otro Trifonov: flexible, rítmico, sensual sin afectación.
Descanso. Quede dicho que la Sala Argenta del Palacio de Festivales presentaba un lleno absoluto, aunque semejante concentración humana tuvo también consecuencias acústicas durante toda la velada. Las toses fueron tantas, y tan pertinaces, que por momentos pareció haberse añadido al programa una obra no anunciada: Sinfonía en tos mayor, para gran orquesta y público, con abundante participación de solistas. Ni Brahms ni Dvořák consiguieron silenciar del todo esta esmerada sección de percusión bronquial.
Después de semejante Brahms, la Octava sinfonía en sol mayor, op. 88, de Dvořák podía haber quedado convertida en un apéndice. Harding evitó el peligro. Su versión destacó por tres cualidades: claridad de texturas, efervescencia y visión global. El primer movimiento (10'18") avanzó con naturalidad, sin confundir el carácter expansivo de la música con grandilocuencia. Harding sabe hacia dónde se dirige una frase antes de comenzarla. De ahí la sensación de continuidad. Los numerosos cambios de carácter de Dvořák no aparecieron como episodios yuxtapuestos, sino como partes de un mismo relato.
El Adagio (10'36") confirmó esa capacidad para hacer respirar la música sin detenerla. Hubo flexibilidad, pero nunca languidez. Los contrastes entre recogimiento y expansión surgieron con espontaneidad y la transparencia de la Mahler Chamber Orchestra permitió apreciar la riqueza de las maderas, fundamentales en esta sinfonía.
El tercer movimiento (6'06") tuvo el debido aire sencillo, alegre y popular, exento de sentimentalismo. Harding evitó cargar las tintas en el célebre ländler, que nos pareció flexible, casi ingrávido. Y el Allegro ma non troppo final (9'42") fue, ya decimos, pura efervescencia. Desde la llamada inicial de las trompetas hasta la sucesión de variaciones, la música avanzó con una energía contagiosa. Harding controló las aceleraciones, graduó las dinámicas y, sobre todo, mantuvo siempre visible la arquitectura. Incluso en los momentos de mayor excitación se escuchaba todo. Esa quizá sea la mayor virtud de su relación con la Mahler Chamber Orchestra: que la intensidad nunca sacrifica la claridad. Porque Harding no necesita engrosar el sonido para hacerlo poderoso y la orquesta responde con precisión, flexibilidad y una extraordinaria rapidez de reflejos.
Concluyó la bacanal y siguió una ovación estruendosa, pero ¡oh, sorpresa!, no hubo propinas. No era necesario. La noche había tenido un protagonista. Trifonov posee una de esas personalidades pianísticas difíciles de explicar porque sus resultados parecen contradecir sus procedimientos. Su gesto puede resultar excéntrico; su presencia, cualquier cosa menos imponente. Nada de eso importa. Porque cuando toca, cada nota parece tener un peso, un color y una función. Y Brahms, durante algo más de cincuenta minutos, pareció escrito para él.
Darío Fernández Ruiz
Obras de Brahms y Dvořák.
Daniil Trifonov, piano.
Mahler Chamber Orchestra. Daniel Harding, director.
75º Festival Internacional de Santander
Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria
Foto © FIS / Pedro Puente