Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Plácido Domingo regresó a Oviedo: epifanía sentimental de una leyenda - por Darío Fernández Ruiz

Oviedo - 11/01/2026

Hay galas que se escuchan y otras que, además, se viven. La celebrada en el Auditorio Príncipe Felipe de Oviedo el pasado sábado 10 de enero fue, sin duda, de estas últimas: una noche de ópera y zarzuela que no aspiraba tanto a la perfección y a la ortodoxia como al encuentro entre artistas, público y memoria, con todo lo que eso implica de emoción, contraste y humanidad.

La obertura de Nabucco abrió fuego con frenesí y brillo por parte de una Oviedo Filarmonía, sólida, dúctil y poderosa en todas sus secciones, sonando a todo tren, quizás algo más de la cuenta en lo que a decibelios se refiere. Energía no faltó, desde luego, aunque el impacto inicial pareció querer impresionar más que seducir.

Tan sonora obertura dio paso a ese momento ansiado por muchos en que, cuarenta años después de su última aparición en Vetusta, Plácido Domingo volvía a pisar un escenario ovetense. Le recibió una ovación de gala. La primera de la noche. El mito la merecía, no así su versión de "Nemico della patria", sin demasiada voz, tirando de oficio y de una inteligencia musical que sigue siendo la gran baza del cantante madrileño. Con más cabeza que garganta y un timbre aún reconocible, construyó el aria desde un parlato muy musical, consciente de sus medios y sabiendo muy bien dónde pisa. Más aplausos.

Sabina Puértolas, por su parte, se estrenó con el bolero de I vespri siciliani. Rebosante de tablas y poderío, la soprano se mostró más pícara que sensual, suelta, comunicativa y siempre dueña de la escena. Quedó así claro que la noche no le pertenecía a Plácido en exclusiva, pero sí en su mayor parte, pues no tardó en reaparecer para abordar el aria de Macbeth, donde la voz, fatigada, sonó muy tremolante. No obstante, la leyenda se imponía: Plácido siempre estuvo y sigue estando por encima del bien y del mal.

A su lado, es evidente que Ismael Jordi no goza de tal status, pero sí volvió a confirmar como Werther que es tenor de clase, buen gusto y cuidado fraseo, si bien y pese a todo su lustre, el timbre no posee esa capacidad de seducción que, de forma casi milagrosa, Plácido conserva incluso en la decadencia. El dúo de Les pêcheurs de perles que se marcaron ambos fue uno de los momentos más hondos y conmovedores de la velada, no tanto por la consecución de un empaste que resultaba imposible ni por la delicada melodía de Bizet como por lo que se percibía a simple vista: la ostensible confrontación entre la lozanía de una voz en plenitud y el desgaste de otra, desvencijada por los años. Más que un dúo, aquello parecía un espejo del tiempo.

Una trepidante obertura de Carmen precedió al dúo de Il Trovatore que cerraría la primera parte con algún apuro para Domingo, especialmente por la falta de apoyo, aunque también con esa sensación persistente de estar ante un artista admirable que sigue saliendo a escena a decir la verdad que puede. Mención aparte merece la labor de Oliver Díaz, auténtico sostén de la noche desde el podio. Atentísimo en todo momento a las necesidades de los cantantes, ejerció con oficio y mano izquierda, más pendiente de acompañar que de lucirse. Los cantantes encontraron en él al acompañante ideal, siempre con un ojo puesto en ellos y otro en la orquesta, respirando, sosteniendo cuando hacía falta y sabiendo esperar cuando el momento lo pedía. Un trabajo discreto y generoso, de esos que no suelen llevarse titulares, pero que sostienen toda una velada.

Tras el descanso, el intermedio de La leyenda del beso volvió a mostrar a una orquesta en ocasiones un punto demasiado contundente, pero no importó. Sí lo hizo que Domingo se sintiera especialmente a gusto en la romanza de Los Gavilanes, pese a un nuevo accidente por la cortedad del fiato. Verdad y pasión, unidas en tres minutos para el recuerdo y la indulgencia plenaria.

Como era de suponer, Jordi brilló en la romanza de Doña Francisquita, marcada por su emisión canónica, una dicción muy cuidada y un remate "plateale" sin disimulo, de los que arrancan bravos y al público de sus asientos.

Y entonces, cuando Plácido abordó “Amor vida de mi vida” de Maravilla, llegó el instante que lo explicó todo. Al escucharle cantar las palabras “¡Qué triste es decir adiós!”, se superpusieron la emoción estética compartida y la impresión íntima de que no asistíamos solo a la interpretación una romanza, sino a una despedida dolorosamente real, impuesta por una lógica detestable. La zarzuela se volvió vida.

Fue, en mi opinión, lo mejor de la noche, pero aún quedaban más oportunidades para el desahogo y la catarsis. Sabina Puértolas terminó de meterse al público en el bolsillo con un "Me llaman la primorosa" ribeteado con el esperado alarde de agilidad y desenfado. A esas alturas y con La boda de Luis Alonso de por medio, la fiesta ya estaba servida, el patio de butacas era un hervidero de palmas y el desparrame nacional-zarzuelero, un destino inevitable. El último dúo del programa (“Hace tiempo que vengo al taller”, de La del manojo de rosas) dio paso a una generosa tanda de propinas: un “No puede ser” bellamente declamado por Domingo que puso al auditorio en pie, unas enfáticas “Carceleras” de sabor racial y con denominación de origen, un sentido "Adiós Granada" por Jordi y una singular versión a tres del dúo de El gato montés que se llevó todo resto de cordura por delante.

No fue una noche perfecta, ya digo. Fue, en cambio, una noche verdadera, de esas que dejan una entrañable sensación de gratitud recíproca y algo de nudo en la garganta. Y en el centro de todo, un titán que aún no se da por vencido, un artista que sigue despidiéndose cantando. Gracias por tanto, Plácido.

Darío Fernández Ruiz

 

Plácido Domingo, Sabina Puértolas, Ismael Jordi.

Oviedo Filarmonía. Oliver Díaz, director

Fragmentos de ópera y zarzuela

Auditorio Príncipe Felipe, Oviedo

307
Anterior Crítica / Intercambiador-Avenida-América - por Luis Mazorra Incera
Siguiente Crítica / La verdad de los paisajes fabulados - por Justino Losada