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Crítica / Mozart, Buchbinder, Filarmónica de Gran Canaria: triunfo del clasicismo - por Juan F. Román

Las Palmas de Gran Canaria - 02/03/2026

Volvió a comparecer en la temporada de abono de la Orquesta Filarmónica de Gran Canaria el pianista Rudolf Buchbinder, después del éxito obtenido en anteriores temporadas. En esta ocasión con un programa Mozart donde ejerció como pianista y director en tres de sus conciertos para piano, los números 20, 21 y27.

Gran conocedor de la obra pianística de Mozart, del que ha interpretado todos sus conciertos y muchas de sus sonatas para piano además de música de cámara, Buchbinder tiene bien ahormados estos tres conciertos, que ya ha ofrecido previamente en una misma velada. Sus modos interpretativos, propios de gran tradición pianística vienesa, es especialmente afín al clasicismo por su atención a la belleza del sonido, claridad en la digitación y contención interpretativa, despojándolo de cualquier atisbo de patetismo romántico, especialmente en los movimientos lentos, pero con el peligro siempre presente de caer en la linealidad. Su Mozart parte del respeto a lo escrito, pero se olvida de lo que está más allá de las notas, privilegiando la fluidez en la articulación y la claridad en la exposición de los diferentes temas y en su desarrollo, gracias a una técnica pianística que a sus 79 años mantiene con solidez.

Su enfoque de los tres conciertos fue similar, adoptando unos tempi sensatos que evitaron tanto velocidades extremas como lentitudes agónicas. De forma que los movimientos extremos sonaron ligeros pero sin apresuramientos, mientras los lentos evitaron cualquier ralentización innecesaria. Buchbinder no se recrea en los silencios ni los utiliza para crear expectación ante lo que vendrá. Con él, la música fluye sin retenciones, ni amplias elongaciones. El discurso se despliega con naturalidad y rigor cartesianos, en ocasiones excesivo.

Este enfoque dio buenos resultados en el Concierto nº 27 que abrió la velada, una pieza serena y contemplativa, donde Mozart prescinde en la orquesta de los brillos y acentos marciales de trompetas y timbales,  buscando una musicalidad reconcentrada y sutil que Buchbinder brindó con aparente sencillez, en un permanente diálogo con la orquesta, que tras algunos problemas de equilibrio con el solista -las maderas taparon al piano en varios momentos del primer movimiento-, se solventaron en una interpretación de gran belleza y serenidad, que incluyó  cadencias aquilatadas con refinamiento y resueltas con seguridad.

El Concierto nº 21, de carácter más complejo y orquestación más densa, incluye trompetas y timbales, fue abordado por Buchbinder con un enfoque similar. Tempi bien calibrados que permitían que los temas respiraran con naturalidad y el fraseo se desarrolle sin sobresaltos, con un empleo mínimo del rubato y una sobria ornamentación. El juego de matices dinámicos es escaso, moviéndose en torno al mezzoforte, con puntuales incursiones en piano o forte, evitando la monotonía gracias a un fraseo que sabe desplegar los temas y las ricas modulaciones con los que Mozart enriquece sus desarrollos, articulando con claridad y un sonido diáfano y perlado, especialmente equilibrado en el peso de ambas manos. La claridad en los diálogos solista-orquesta se mantuvo, permitiendo el lucimiento de los vientos en sus diversas intervenciones. Especialmente destacable la atmósfera de suspensión conseguida en el famosísimo tiempo lento, con el canto siempre renovado del piano en las sucesivas modulaciones, sostenido por los pizzicati de las cuerdas.

El Concierto nº 20 que cerraba la velada no obtuvo una interpretación tan feliz como sus compañeros de programa. Es una obra muy particular dentro del corpus de conciertos mozartiano, el único junto con el nº 24 escrito en modo menor; de carácter trágico, anticipa como solo saben hacer los grandes lo que está por llegar, no en vano era el preferido de Beethoven. Para hacerle justicia exige unas maneras que vayan más allá del clasicismo puro y Buchbinder no supo lograrlo. Su enfoque fue similar al adoptado en las piezas anteriores, pero aquí se notó más la renuncia a cualquier contraste o claroscuro que pusiera en peligro su visión fundamentalmente contemplativa, si bien es cierto que su lectura estuvo algo más contrastada en las dinámicas, subrayando algo más las decisivas intervenciones de la mano izquierda en el registro grave del piano, pero no llegó desentrañar la complejidad de una pieza tan cargada de significados. Algo que se hizo muy evidente en la disparidad entre una parte orquestal turbulenta, con una orquesta en excelente forma, resolutiva y atenta a las puntuales indicaciones de Buchbinder, y un teclado falto de energía, comprensiblemente cansado a estas alturas de la velada, lo que propició diversos emborronamientos en los pasajes más virtuosísticos de los movimientos extremos. 

Juan Francisco Román Rodríguez

 

Rudolf Buchbinder, piano y dirección.

Orquesta Filarmónica de Gran Canaria.

Obras de Mozart. Auditorio Alfredo Kraus.

Las Palmas de Gran Canaria.

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