La Iglesia de la Asunción de Torrelavega, absolutamente abarrotada, fue anoche el marco del concierto que, coronado por un rotundo éxito, ofreció la Orquesta Sinfónica del Cantábrico bajo la dirección de Paula Sumillera. La velada se anunciaba de marcado carácter popular y navideño, de manera que la frescura interpretativa o la conexión muy especial con el público se daban por descontadas, pero cúmplenos destacar aquí el rigor musical de la propuesta.
El programa se abrió con la Suite nº 1 del ballet El Cascanueces de Tchaikovsky, abordada con inteligencia y sensibilidad por una orquesta de veintiún músicos que hizo bueno, desde el primer compás, el viejo adagio de que “menos es más”. Lejos de echar en falta una formación más amplia, el reducido plantel permitió descubrir matices que en versiones con orquestas más numerosas suelen pasar desapercibidos: resultó especialmente revelador el diálogo entre flauta, clarinete y oboe en la obertura, así como el intercambio entre clarinete y fagot en la Danza Árabe, planteada —dicho sea de paso— con un tempo muy lento, casi hipnótico. Brilló también la progresión dinámica de la Danza Trepak, magníficamente construida, y el tímido rubato del Vals de las flores, resuelto con elegancia y buen gusto.
Sin descanso, la segunda parte mantuvo el pulso festivo con una sucesión de páginas populares que la orquesta supo dotar de personalidad. Las texturas forzosamente livianas subrayaron de forma muy efectiva el aire zíngaro e irresistiblemente bailable de la Danza Húngara nº 5 de Brahms, antes de adentrarse en el glamuroso universo vienés con un Vals del Emperador en el que pudimos admirar su estructura armónica, la polka Trisch-trasch y el sempiterno Danubio Azul de Johann Strauss, interpretados con ligereza, encanto y un apreciable sentido del estilo. La máquina de escribir de Leroy Anderson aportó la esperable nota de humor, mientras que una selección de melodías navideñas firmada por Juan Carlos Márquez cerró el programa oficial con calidez y espíritu celebratorio.
Quede constancia de que la orquesta mostró un notable nivel en todas sus secciones, fruto de un trabajo cuidadoso y bien dirigido por Paula Sumillera: atenta y entusiasta, busca constantemente con la mirada a sus músicos, a quienes ofrece indicaciones claras e individualizadas mediante un gesto amplio y expresivo que ellos, cómplices, convierten en el sonido deseado.
El previsible éxito fue rubricado por un emotivo Noche de paz cantado por el público a bocca chiusa que se vio pronto seguido de una propina tan inevitable como bienvenida: una vibrante Marcha Radetzky que puso el broche final a una velada de palmas, sonrisas y bravos.
Darío Fernández Ruiz
Orquesta Sinfónica del Cantábrico
Directora: Paula Sumillera
Obras de Tchaikovsky, Brahms, Strauss, Anderson y Márquez
Iglesia de la Asunción, 2-I-2026 (Torrelavega)