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Crítica / Markus Stenz y la Filarmónica de Gran Canaria nos llevan a los Alpes - por Juan F. Román Rodríguez

Las Palmas de Gran Canaria - 08/06/2026

Markus Stenz propuso un ambicioso programa en su visita a la Filarmónica de Gran Canaria, que inició con el Concierto para dos pianos y percusión de Béla Bartók junto a cuatro solistas canarios: los pianistas Ignacio Clemente y José Luis Castillo y los percusionistas Francisco Navarro y David Hernández, estos últimos miembros del conjunto grancanario.

El Concierto para dos pianos y percusión de Bartók parte de su rompedora Sonata para dos pianos y percusión, donde desarrollaba su idea del piano como instrumento percutivo, sumándolo a un orgánico compuesto de distintas percusiones manejadas por dos percusionistas. Posteriormente, a instancias del editor neoyorkino Hans Heinsheimer, traspasó la sonata inicial a la estructura concertante, manteniendo prácticamente sin modificaciones las partes de los cuatro solistas y la estructura en tres movimientos, estrenándose en el Royal Albert Hall bajo la batuta de Sir Adrian Boult en 1942.

La interpretación de Stenz y los 4 solistas canarios estuvo lastrada por cierta indefinición de las líneas instrumentales, propiciada en parte por la propia naturaleza de la pieza, que a la diafanidad de la sonata inicial le agrega una orquesta que, en mi opinión, no aporta nada relevante, desdibujando las aristas del original, potenciado por el hecho de que en aras de una mejor coordinación se quitó la tapa a los dos pianos, con lo que el sonido se proyectaba con dificultad a la sala, especialmente durante los tutti, en los que resultaban sepultados por la percusión y la orquesta. Pese a ello, fue una lectura realizada con entrega y destreza instrumental, que nos permitió escuchar una pieza escasamente programada, estreno para la orquesta, con pasajes especialmente destacables como la misteriosa atmósfera nocturnal conseguida en el movimiento lento.

La Sinfonía Alpina de Richard Strauss es la culminación y cierre de su gran serie de poemas sinfónicos, iniciada en 1886 con Aus Italien. Estrenada en 2015 desarrolla un programa narrativo expresamente elaborado por el compositor: una ascensión a las cumbres de los Alpes Bávaros, detallando las diversas incidencias que se suceden durante el camino. Para ello emplea una orquesta enorme con maderas y metales a cuatro, incluyendo cuatro tubas wagnerianas, y dos tubas bajas, dos arpas, celesta, cuerda completa y una amplia sección de percusión, que incluye máquina de viento y de truenos, a las que se unen órgano y una banda de metales fuera de escena que le posibilitaron lucir sus excepcionales y ya míticas dotes de orquestador. El propio Strauss la consideraba su mejor trabajo de orquestación. En su desarrollo Strauss hace un amplio uso de los leivmotiv, que asocia a diferentes elementos que se suceden durante el transcurso de la pieza: la noche, el sol, la lluvia.

Sobre la interpretación de esta obra siempre pende la espada de Damocles de su aparataje  instrumental, que exige del director un control especialmente delicado de los volúmenes y un importante trabajo para desentrañar las densas texturas instrumentales, algo que Marcus Stenz no terminó de controlar. Ya en el gran crescendo inicial, tras los compases de apertura de la cuerda en pianísimo, se apreció la dificultad de la batuta para graduar el sonido, frecuentemente instalado en el forte y el fortísimo sin matices intermedios que posibilitaran una lectura más rica y contrastada de una obra que también incluye numerosos pasajes poéticos, tan queridos y prodigados por el autor bávaro, que generalmente pasaron sin pena ni gloria. Haciendo uso de tempi generalmente vivos, que posibilitaron que el desarrollo de la sinfonía avanzara sin grandes caídas, se echó en falta una mayor delectación en los grandes arcos melódicos y finura en las texturas, que ocasionalmente perdían definición subsumidas por los grandes estallidos sonoros que propicia la obra. Fue una interpretación volcada hacia lo espectacular, con momentos de innegable atractivo sonoro, la ascensión a la cumbre o la tormenta, propiciados por una Filarmónica de Gran Canaria en gran momento que aprovechó la ocasión para lucir la calidad de los músicos que la integran, liderados por la concertino de la Filarmónica de Viena Albena Danailova, pero que se dejó en el tintero buena parte de la filigrana instrumental que Strauss prodigó en ella.

Juan Francisco Román Rodríguez

 

Ignacio Clemente y José Luis Castillo, pianos.

Francisco Navarro y David Hernández, percusión.

Orquesta Filarmónica de Gran Canaria / Markus Stenz.

Obras de Bartók y Richard Strauss.

Auditorio Alfredo Kraus. Las Palmas de Gran Canaria.

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