El pasado fin de semana llegaba a su cúspide artística la 38ª edición del Festival de Úbeda, que aparte de la música en vivo ofrece una inigualable oferta turística y cultural con su privilegiado legado arquitectónico patrimonio de la humanidad. Tras los brillantes surcos musicales dejados ya por Carmen Linares celebrando el aniversario Falla junto a la Sinfónica de Murcia, la English Chamber Orchestra con Beethoven, la Orquesta Ciudad de Granada con su titular Lucas Macías o el canario Iván Martín ofreciendo la versión camerística de los dos conciertos de Chopin; y en espera de las inminentes visitas de grandiosos músicos como son Renaud Capuçon, Truls Mørk y Homero Francesch, la cima más alta de esta edición la protagonizará sin duda el recital que ofreció una de las más portentosas voces de nuestro presente, el polaco Piotr Beczała, acompañado al piano por su inseparable Sarah Tysman. Sin duda, uno de los más grandes y admirados tenores de nuestro presente, ungido desde hace ya años por un halo de merecida veneración canora.
Escuchar al polaco, a punto de adentrarse en los sesenta años, es rememorar a voces legendarias del pasado como fueron los Björling, Wunderlich o, sobre todo, Nicolai Gedda (incluyendo esa forma tan particular de embocar el agudo). Uno de esos cantantes de agraciado y arrollador don, que con solo abrir la boca consigue disparar los niveles de luminosidad y resplandor en la sala donde actúa, pues con él siempre es un bíblico “hágase la luz”. El exquisito programa que regaló en Úbeda, aunque no muy exigente y empinado para su estratosférica voz (se echó de menos más paradas en el repertorio operístico, sobre todo algún Puccini), se lo despachó sin apenas esfuerzo extra y prácticamente sin despeinarse en ninguno de los pasajes. Una primera parte más lírica dedicada al canto en italiano, frente a una segunda más nacionalista y eslava, donde se mueve como pez en el agua, entre las Canciones y Arias de su Polonia natal y de la República Checa. Del soleado ardor Mediterráneo de Verdi y Tosti, al frío abrasador centroeuropeo de Karlowicz, Moniuszko y Dvorák.
Para engrasar la maquinaria y poner a punto el motor, el polaco arrancó el recital con tres ligeras Canciones del último romántico italiano Stefano Donaudy, que abrió gentilmente la puerta a un estratosférico y desgarrador “Ah si, ben mio” de Il Trovatore de Verdi. Un Manrico que podrá disfrutarse dentro de unas semanas en una nueva producción del Teatro Real madrileño y que regaló los primeros y grandiosos agudos de la velada (dejando bien plasmadas sus amplias dotes como spinto), con los que uno empieza a darse cuenta del colosal instrumento que tiene delante. Tras este sublime pasaje operístico, Beczała se sosegó con tres Canciones de Francesco Tosti, donde destacó la hermosa “L’ultima canzone” con sus celestiales agudos, que parece sacada de algún fotograma del mismísimo “Padrino” de Coppola. Tras la pausa con el Notturno de Respighi en el teclado de Sarah Tysman (muy limitada en la expresión, dejándose llevar siempre e incidiendo en acompañar sin agobios ni sobresaltos a su maestro, sabiendo en cada momento quién es la verdadera estrella) el polaco remató este primer y memorable círculo con las dos soberbias Arias de Riccardo en Un ballo in maschera de Verdi. Extraordinarias “Di’ tu sei fedele” y “Forse la soglia attinse”, de acentuación puramente verdiana, ejemplar arrojo y vivacidad, con ese refinado legato marca de la casa, agudos heroicos y naturales, una emisión cristalina de poderoso centro y un timbre terriblemente seductor, con el que se cerró la primera y mediterránea parte.
En la segunda, la conexión lingüística y musical de Beczała con su lengua materna fue abrumadora con las románticas canciones de Mieczysław Karłowicz (miniaturas de gran belleza e inocencia melódica) y sobre todo con las cuatro coloridas y nostálgicas Canciones Gitanas Op. 55 seleccionadas de Antonín Dvorák, de seductiva pureza. Canciones que en manos de Beczała se expanden incomparablemente, convirtiéndolas en verdaderas Arias de ópera. La expresión a flor de piel, el derroche de musicalidad y naturalidad (sin tener que forzar jamás el instrumento), la prodigiosa acentuación, esa inalcanzable media voz, la mágica introspección e interiorización que hace del texto, su estremecedor fraseo… como en la inolvidable “Canciones que me enseñó mi madre” (Když mne stará matka), que arrancó el ciclo. Puro gozo.
Beczała, sustituyó el Aria prevista en principio de la ópera “Halka” de Stanisław Moniuszko, por la hermosa Aria del reloj de Stefan (la favorita de su padre según apuntilló en inglés) del tercer acto de la ópera patria “La mansión embrujada”, por la que tanto ha batallado en medio mundo, con su potencia dramática y esa voz diseminándose de manera magistral en los lamentos hacia la madre perdida. Para terminar y como broche de oro, la descomunal Romanza del príncipe de “Rusalka” de Dvorák cuyo interminable agudo final resonó con una rotundidad y precisión absolutamente demoledora. Apoteósico.
En las propinas y tras el derroche eslavo, el polaco se metió al público en el bolsillo con la paladeada canción napolitana Non ti scordar di me, dando carpetazo a su proverbial recital con un delicioso y perfumado Core’ngrato con sus terriblemente embaucadores “Catarí, Catarí”, que consiguieron derretir a más de un oyente. Una noche histórica para un Festival rodeado también de mucha historia, junto al mejor tenor de nuestro presente.
Javier Extremera
Piotr Beczała (tenor). Sarah Tysman (piano).
Obras de Donaudy, Verdi, Tosti, Karlowicz, Moniuszko y Dvorák.
38º Festival de Úbeda.
Auditorio del Hospital de Santiago. 06 de junio 2026.