Una parada de transporte público vienés —¡qué lejos del Tirol!— situada a la derecha del escenario permanece visible durante toda la representación de este nuevo montaje de Luisa Miller de Giuseppe Verdi. El ya anciano soldado Miller, sentado en un banco, espera un medio de transporte que nunca llega mientras rememora los acontecimientos recientes. Durante la obertura, magistralmente dirigida por Michele Mariotti, un grupo de personas carga un ataúd blanco y lo deposita junto a una fosa destinada al entierro de Luisa. Inesperadamente, del ataúd surge una bailarina que ejecuta una coreografía a lo largo del resto de la obertura.
Concluida esta premonición del drama que habrá de desarrollarse en el libreto de Salvatore Cammarano, basado en Intriga y amor de Friedrich Schiller, cambia el decorado. Nos encontramos en un mundo cuya estética oscila entre McDonald's y Lego, dominado por los colores amarillo y rojo: ¿una fábrica de juguetes? Se celebra el cumpleaños de Luisa, hija del soldado retirado Miller, y Rodolfo, hijo del conde Walter. Todos visten de rojo y amarillo, su aparente indumentaria de trabajo. Wurm, el “malo de la película”, tiene en esta fábrica un escritorio desde el cual planifica sus intrigas. Es el único personaje que parece verdaderamente contemporáneo.
Casi todo en esta producción está sujeto a conjeturas: se convierte en un juego de adivinanzas al que se somete el espectador. Allí Luisa y Rodolfo —aún en el anonimato respecto de su verdadera identidad— confirman su amor. La escena siguiente transcurre en un suntuoso espacio barroco, palaciego y gris: una sauna y salón de masajes del palacio del conde Walter, transitado por damas escasamente vestidas y aparentemente de dudosa virtud. Aquí comienza a resquebrajarse la idea de narrar la historia desde la memoria del anciano Miller: difícilmente habría estado en el palacio y, de haberlo hecho, no habría tenido acceso a tales estancias íntimas.
Philipp Grigorian, artista ruso, multi talento (es director de escena, escenógrafo, actor) residente en Alemania, asumió tanto la dirección escénica como la escenografía de este nuevo montaje. En el diseño de vestuario colaboró Vlada Pomirkovanaya, adaptándose claramente a la concepción de Grigorian. Los trajes se ajustan a las incongruencias de la escenografía: mientras Wurm viste permanentemente un moderno traje azul intenso, los demás personajes aparecen con atuendos de épocas diversas, supuestamente como los evoca la memoria fragmentaria de Miller.
Las referencias históricas o actuales son escasas, salvo el detalle de que la guardia del conde Walter recuerda llamativamente a las tropas del ICE estadounidense. La imaginación de Grigorian se extralimita: cinco bailarinas, cada una identificada con un color distinto, subrayan momentos de la acción; el oso de peluche que Rodolfo regala a Luisa cobra vida —una niña lo encarna desde su interior— y participa activamente en distintas escenas. En la escena final, cuando Luisa y Rodolfo se envenenan y mueren, el director recurre a una estética cercana al realismo fantástico vienés. Esta plétora de imágenes, estilos e ideas termina por resultar irritante o jocosa, según la predisposición del espectador.
Fiel a la tradición del teatro, todo lo musical alcanza un alto nivel. A la cabeza del elenco, Nadine Sierra ofrece una Luisa maravillosa, dotada de un timbre a veces ligeramente oscuro que le confiere un encanto particular. Su refinamiento vocal y actoral hace verosímil que Rodolfo, hijo de un conde, se enamore de una joven burguesa. Igualmente sobresaliente es George Petean (Miller), con su refinado timbre de barítono verdiano. En el papel del conde Walter descuella el bajo Roberto Tagliavini. También resulta excelente el Wurm de Marko Mimica, pese a tratarse de una parte ingrata sin aria propia.
El tenor británico Freddie De Tommaso se destaca más por la potencia vocal que por la sutileza interpretativa; con todo, ofrece un Rodolfo digno, a veces involuntariamente ridículo debido a la dirección actoral de Grigorian y a ciertos vestuarios —como la media coraza blanca con casco de penacho que luce sobre un camisón, o cuando, en medio del tumulto, se acuesta en una cama traída a escena para tal efecto—. En los papeles secundarios, Daria Sushkova (Federica) y Teresa Sales Rebordão (Laura) cumplen de manera impecable.
En el foso, Mariotti no soltó las riendas en ningún momento, dirigiendo con solvencia y musicalidad esta magnífica —aunque poco frecuentada— partitura verdiana, al frente de la espléndida orquesta de la Ópera Estatal de Viena y del impecable coro del teatro.
Gerardo Leyser
Roberto Tagliavini, Freddie De Tommaso, Nadine Sierra, Daria Sushkova, Marko Mimica, George Petean, Teresa Sales Rebordão.
Orquesta y coro de la Ópera del Estado de Viena / Michele Mariotti.
Escena: Philipp Grigorian.
Luisa Miller, de Giuseppe Verdi
Wiener Staatsoper
Foto © Susanne Hassler-Smith