Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / Locus amoenus - por Luis Mazorra Incera

Madrid - 01/03/2026

La Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Kirill Karabits, enfrentó en el Auditorio Nacional de Música, un programa tripartito con público abundante y entregado, y tres obras sobre los atriles, de auténtica entidad independiente.

De final. De meta y objetivo. Una obra auténtico “tractor de audiencias”: la Sinfonía “pastoral” de Beethoven, y, de inicio, un singular homenaje a Schubert, en forma de Suite sinfónica.

Una Suite escrita, justamente, en el centenario de su fallecimiento (el del malogrado Franz Schubert) por Théodore Akimenko.

O sea, hace prácticamente otros cien años (¡nada menos que en 1928!). Si hubieran esperado un par de años más, la estrenarían ya… ¡para su… bicentenario! (el de Schubert también, quiero decir…). Lo que está claro, es que ya no podrá faltar en esa efeméride.

En cierta medida, éste fue (también…) el destino de la obra sinfónica del propio Schubert que, de esta forma, hasta en este aciago aspecto (!), se ve aquí, en esta página de (supuesto) estreno tan tardío, fielmente reflejado.

Sea como sea, una obra gustosa de escuchar, bella en todos los sentidos de esta palabra, positivos y negativos, si es que éstos existen (que ya se sabe que alguno siempre puede “aplaudir en contra...”), para arrancar un programa que, como ya dije, culminaba sobre el papel con semejante obra monumental del repertorio beethoveniano.

Y sí, se respiraba cierto estilo “schubertino” en la dulzura y concatenación melódica de sus movimientos iniciales. En el tercero, central, que hacía de imaginado scherzo, más enérgico, Pastoril se hace llamar, brilló la orquesta por detalle, precisión y, sobre todo, ánimo.

O el quinto, breve pero intenso, En el Volga, de una complicada concertación y, hoy, lograda continuidad sinfónica. Para terminar la Suite con frescura y… “Al aire libre”.

La Ascensión, cuatro meditaciones sinfónicas para orquesta de Olivier Messiaen, eran otra historia. Mayor compromiso y dificultad estética para una obra más exigente, tanto para la orquesta como para el público. Un lenguaje donde la trascendencia se manifiesta en formas estáticas, modales, repeticiones contumaces (casi míticas… a modo de imaginado Sisifo) y sucesiones acórdicas de sutil afinación.

Las Aleluya en la trompeta y Aleluya en el címbalo, su espléndido tercer movimiento, dieron un giro de tímbricas atrevidas, gestos melódicos amplios y extroversión dinámica, comprometido fraseo por sus tesituras (como su final mismo), para una gran orquesta (con la cuerda dimensionada sobre la base de ocho contrabajos) dentro de la estética de este autor, que aquí presenta uno de los primeros frutos de madurez.

La característica pieza final: Oración de Cristo ascendiendo hacia el Padre, es toda una síntesis armónica de la estética de Messiaen, tanto aquí como en su versión para órgano (también original del autor), y exige de un control del sonido, de la intensidad en todo tipo de dinámicas y del fraseo proverbiales, con una formación (subconjunto) más reducida de la cuerda (16/5/4/2/0). El largo silencio final tras su último suspiro musical en agudo, algo abrupto, sonó también a tenso lamento trágico, al margen de su pretendida Ascensiónmessiáenica” y simbólica.

Y si, la Pastoral de un Beethoven entusiasta (incluso en lo etimológico, más que Messiaen mismo, me temo) arrancó con energía tras el descanso en las manos de Karabits con una compacidad flexible de sonido orquestal y dinámicas conjuntas fervientes como corresponde a este canto ideal a la naturaleza y la vida que se desarrolla en este entorno. Todo ello con una orquesta dimensionada ad hoc (aquí, en esta obra, sobre la base de cuatro contrabajos, 12/10/8/6/4) en un alarde de corrección estética sin perder un ápice de la fuerza de esta obra.

Un trabajado control y plasticidad desde el podio, ciertamente ejemplar, aleccionador presente ya en un primer movimiento, Allegro ma non troppo, de factura estimulante en todo momento, de principio a fin. Bien es verdad que esta obra está en el culmen del sinfonismo desde su estreno vienés, nada menos que junto a la Quinta y la Fantasía coral, entre otras obras, en aquellas vísperas de las fechas navideñas de un año especialmente destacado para la historia española, como fuera 1808.

Un trabajo de detalle, ánimo y distinción cartesiana desde el podio, bien desarrollado por todos en una interpretación asentada y cabal, con sus perfiles bien definidos y justificados.

Enérgico Scherzo, detalles melódicos y sus contrapuntos de una escorrentía casi mágica, con especial predilección por el viento madera y trompas. Enfrentados contrabajos y timbales (tras las violas y junto a los segundos violines) sacaron partido a esta disposición en el célebre pasaje “atormentado”, antes del optimista e hímnico final de un simbólico y romántico locus amoenus.

Luis Mazorra Incera

 

Orquesta Sinfónica de Madrid / Kirill Karabits.

Obras de Akimenko, Beethoven y Messiaen.

OSM. Auditorio Nacional de Música. Madrid.

1
Anterior Crítica / El fenómeno Jaroussky & L’Arpeggiata, triunfo absoluto en el CNDM - por Simón Andueza
Siguiente Crítica / Qué día aquel - por Gonzalo Pérez Chamorro