Uno de los ciclos más exitosos de la programación de los ciclos madrileños del Centro Nacional de Difusión Nacional (CNDM) arrancó la temporada con sus entradas agotadas desde hace meses, algo que en ocasiones nos plantea la duda de si debieran programarse dos sesiones para algunos de estos conciertos que se celebran en la sala de cámara del Auditorio Nacional. En esta ocasión, dos de las estrellas más rutilantes de la interpretación historicista confeccionaron un programa tan ecléctico como bello en un programa que perfectamente hubiera encajado en el ciclo ‘Fronteras’ del propio CNDM. El motivo primordial por el cual los programadores del organismo público seguramente dudaron en dónde situar el concierto se debe a la naturaleza de su exitoso programa, Idylle.
Tomando como base el amor romántico, se nos propuso olvidarnos de convencionalismos temporales o formales para disfrutar libremente de excelentes poemas de amor franceses puestos en música en tres siglos diferentes, desde el barroco de las Air de cour de Michel Lambert, Marc-Antoine Charpentier o Sébastien Le Camus, hasta chansons de Le Belle Époque creadas por Reynaldo Hahn, Claude Debussy o André Messager. Se escucharon también escenas operísticas de Claude Debussy o de Jaqcues Offenbah, pasando por evocadoras obras instrumentales, adaptadas al archilaúd, de Erik Satie o arrebatadas improvisaciones del propio archilaudista.
Este ramillete de creaciones tan dispares transcurrió en un ambiente intimista creado mediante la tenue iluminación del escenario, dejando casi a oscuras la sala, a lo que se añadió una vestimenta casual de los intérpretes. Su actitud relajada, manifiestamente cercana al público, terminó de confeccionar una peculiar sala de estar.
Estas premisas pueden sonar a grandilocuencia artística en manos de cualquier otro intérprete que intentara llevar este reto ideológico a la práctica, pero esta vorágine escénica se desarrolló de un modo completamente natural y organizado gracias a la maestría de los intérpretes galos.
La mezzosoprano Lea Desandre fue la perfecta cantante para desarrollar este exigente programa emocional, en el que destacaron su fuerza escénica, su extraordinaria expresividad y su formidable dominio técnico de una voz que tuvo que lidiar con mil y un discursos tan dispares en la voz como el tradicional canto lírico, o un discurso cercano al jazz, al pop o al sprechgesang. La incesante sucesión de piezas y de estilos antagónicos se efectuó con una fluidez frenética y asombrosamente sin emplear partitura alguna. Este arduo trabajo de interiorización del repertorio permitió a Desandre convertir cada poema en una perla expresiva en la empleó una infinidad de recursos técnicos de dispar origen.
En las piezas barrocas escuchamos una poderosa y plena voz femenina que es difícil de catalogar en un rígido registro vocal, puesto que sus armónicos en el agudo reflejan un brillo propio de una soprano. A esto se sumaron sutiles frases en un piano de aérea fascinación, dependiendo de qué estrofa se declamara. En las piezas más populares, o en las que el registro no fue tan exigente, descubrimos sin embargo una bella voz de mezzosoprano ligera de cálido color, evitando la impostación belcantista, que consiguió una emisión más propia de un poeta cantautor. La expresividad radiante de Desandre se apoyó, además, en una cristalina dicción del idioma francés y de su prosodia, por lo que los pertinentes textos impresos por el CNDM fueron prescindibles en esta ocasión.
El archilaudista Thomas Dunford fue quien completó este extraordinario dúo. A estas alturas todo melómano conocerá que se trata de un intérprete único poseedor de una técnica tan elevada del instrumento que pudiera decirse que el laúd conforma una parte más de su anatomía. Su natural y virtuosística interpretación es tan solo la base sobre la que se sustenta el resto de sus virtudes. Y es que la musicalidad de Dunford, de magistral excelencia, permitió una conexión absoluta con la mezzosoprano en cada instante, conformando un todo artístico de una fluidez sorprendente. Su interpretación careció asimismo de partitura, y sus inagotables recursos en el instrumento permitieron el lógico encadenamiento de las obras del programa mediante arpegios, sucesiones armónicas o improvisaciones con guiños a autores como Kapsberger, pero también a obras de John Williams o The Beatles. Los recursos sonoros del instrumento fueron asimismo incontables, que llevaron al archilaúd a sonar al modo de un banjo, de una guitarra barroca, de un arpa o de cautivarnos con sus etéreos armónicos.
La complicidad de ambos intérpretes y su disfrute en escena permitieron diversas anécdotas como los cánticos y silbidos de Dunford mientras improvisaba, o los amagos de danza de Desandre, algo que llegó a su cénit en la consecución de la propina. Tras los calurosos aplausos y vítores de la sala, Dunford dividió al público en bajos, tenores, altos y sopranos, encomendándoles el canto de su sencilla parte, armonización de un bello ostinato. Una vez que toda la sala de cámara la cantaba divertida, Desandre y Dunford interpretaron de nuevo Ma bergère est tendre et fidéle, la idílica obra de Michel Lambert.
Simón Andueza
Lea Desandre, mezzosoprano, Thomas Dunford, archilaúd.
Idylle
Obras de Honoré D’Ambruys, Reinaldo Hahn, Françoise Hardy, Erik Satie, Marc-Antoine Charpentier, André Messager, Michel Lambert, Sébastien Le Camus, Claude Debussy, Barbara y Jacques Offenbach.
Ciclo ‘Universo Barroco’ del CNDM.
Sala de Cámara del Auditorio Nacional de Música, Madrid.
22 de octubre de 2026, 19:30 h.
Foto © Rafa Martín