Desde la intimidad quebradiza de las obras para laúd de Dowland hasta la desmesura contemplativa de las pasiones de Bach o Scarlatti, pasando por los fulgores líquidos y naturales de Telemann o Händel, el recorrido propuesto por el FeMÀS (Festival de Música Antigua de Sevilla) en su última semana volvió a presentar un hilo programático, pero, en este caso más argumental que orgánico.
En la iglesia de Santa Clara comenzó el jueves 26 el maratón con, al igual que la anterior semana, un recital solista. Que Miguel Rincón se haya convertido en uno de los intérpretes punteros de cuerda pulsada en los circuitos de música antigua no debió sorprender a nadie tras la espléndida muestra que ofreció en un monográfico conmemorativo de los cuatros siglos del fallecimiento de John Downland. Como él mismo explicó al final, su intención era presentar bloques que simularan las organizaciones en que estas obras se ejecutaban en la época, y, así la sucesión de danzas, bajo curiosos nombres, sonó natural y coherente. Con destreza e imaginativa, decidió incluso añadir repeticiones no indicadas para paladear más profundamente las deliciosas melodías. Límpida digitación, articulación perfecta y gran sensibilidad a la hora de exponer los matices o elegir el tempo, al final descubrimos de su mano —y voz— que no es solo Dowland emblema de la melancolía isabelina, sino que hay detrás una exquisita variedad de humores.
Y, saltándonos el hilo temporal, pasamos al concierto del sábado 28 con intención de dejar lo vocal para último lugar. Se presentaban por primera vez en Sevilla los músicos de la Orquestra del Miracle, conjunto creado recientemente por el organista Juan de la Rubia, con un programa que tenía dos bloques centrales. Por una parte, la obertura y suite de Il pastor fido de Handel, donde mostraron refinamiento y sensibilidad, pulso interno y una gran variedad de acentos (esta fue la tónica general de la velada); por otra, la Wassermusik de Telemann, donde el poder descriptivo de la partitura se transmitió desde los primeros acordes con sensualidad y precisión. Bien diferenciada cada atmósfera gracias a una narrativa bien entendida y unas interpretaciones solistas muy matizadas. Además del virtuoso y expresivo violín de Vadym Makarenko, el protagonismo del órgano a cargo del director fue indiscutible. Pocos meses antes pudimos, con la Barroca de Sevilla y en los exigentes conciertos para este instrumento de Handel, comprobar la calidad de Juan de la Rubia, que revalidó en el Espacio Turina con su precisión y densidad retórica.
Dos visiones bien distintas de la Pasión de Cristo cerraban la parte vocal del FeMÀS. El viernes 27 llegó uno de nuestros jóvenes conjuntos más prometedores —podríamos decir ya realidad— con un oratorio romano de Scarlatti que competía en 1708 con La Resurrezione de Haendel. Los Elementos, con el simpar Alberto Miguélez Rouco al clave y a la dirección, se decidieron por una versión posterior, encontrada en Dresde, de Colpa, Pentimento e Grazia; algunas arias difieren de la original, se aprecia en ellas cierto guiño al estilo galante, y, en todas ellas, el terceto protagonista se situó a un nivel insuperable. Elegancia, distinción y un conocimiento absoluto del estilo mostró Sara Mingardo; expresividad máxima, sin miedo a usar el registro de pecho, y desafiante —sobrecogedora en la inconmensurable “Trombe!— apareció Natalie Pérez, con su bellísimo instrumento; ágil, luminosa y con una voz que llenaba la sala, la ya habitual en Sevilla Natalia Labourdette. La lectura del contratenor gallego, esta vez solo director, fue en todo momento de intenso dramatismo, usando todo recurso posible para subrayar cualquier sutileza del complejo libreto. Los instrumentistas le respondieron a la perfección con empaste y brillo.
Como de costumbre, la mañana del Domingo de Ramos, se reserva para la gran obra coral de clausura en el Teatro de la Maestranza y, a un año de su trescientos cumpleaños, se volvió a elegir la monumental Pasión según San Mateo de Bach. Esta vez encomendada al grupo inglés Arcangelo, dirigido con atención al juego dinámico por Jonathan Cohen, se apreció un interesante contraste entre la elegante contención desde el plano orquestal y la expresividad más desbordada desde lo vocal; especialmente en la brillante y empastada ejecución de coros y corales o la sorprendente recreación del evangelista de Nick Pritchard, tenor que, sin necesidad de apoyarse en la partitura, expuso de forma impecable y sumamente teatral su parte. Lo mismo se puede decir de la rotundidad de Alex Rosen, un lujo como Cristo. Expertos solistas, desde un cada vez más perfecto Hugh Cutting, contratenor de bello timbre y generosa proyección, a la siempre convincente Carolyn Sampson, gran fraseadora de exquisito timbre.
Finalizamos esta serie de reseñas alabando los malabares organizativos del festival: por la variedad de localizaciones, la atención continua al público, la impresión de un extenso y detallado libro-programa de mano —gratuito además—, y, sobre todo, por la diversidad de propuestas artísticas, desde la miniatura introspectiva a la arquitectura monumental, sin perder coherencia. Resulta toda una suerte contar con un equipo y un líder tan implicado como el experto Fahmi Alqhai, que está llevando al festival, ya superada la cuarentena de ediciones, a cotas cada vez altas. Enhorabuena.
Pedro Coco
FeMÀS, XLIII Festival de Música Antigua de Sevilla
Del 6 al 29 de marzo (cuarta semana)
Diversos intérpretes y escenarios
Foto: En la mañana del Domingo de Ramos se volvió a elegir la monumental Pasión según San Mateo de Bach, esta vez encomendada al grupo inglés Arcangelo, dirigido con atención al juego dinámico por Jonathan Cohen / © Lolo Vasco