Antes de recalar en Barcelona, Ludovic Morlot fue el director titular de la Orquesta Sinfónica de Seattle durante ocho temporadas. Esa larga experiencia le permitió familiarizarse con un repertorio estadounidense cuya vivacidad rítmica, su acusado sentido del color orquestal y su tendencia al puro espectáculo casan perfectamente con sus virtudes como intérprete. Pudo comprobarse el pasado 27 de marzo, cuando Morlot subió al podio de la Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya (OBC) para ofrecer un programa íntegramente estadounidense.
El programa se abrió con la Sinfonía para metales y percusión que Gunther Schuller compuso en 1950. Es una obra que, salvo puntuales episodios de pujanza sonora, tiende a lo austero y abstracto, como si al compositor solo le interesara explorar las posibilidades técnicas de los instrumentos. Es una página, en fin, muy de su época que, escuchada hoy, suena envejecida. Pero a Morlot le encanta incluir este tipo de obras en sus programas y hay que reconocer que se implica a fondo en su interpretación.
El contraste, tanto sonoro como conceptual, de la obra de Schuller con la Serenata para violín, cuerdas y percusión, de Leonard Bernstein, no podía ser mayor. James Ehnes fue un solista excepcional, siempre elegante, de articulación flexible e incisiva, idóneo en suma para una obra tan ecléctica, inventiva y contrastada como esta. Morlot, por su parte, sacó lo mejor de la sección de cuerda de la OBC, sobre todo en el movimiento final, con un Molto tenuto intenso (excelente el violoncelista solista Charles-Antoine Archambault) y un Allegro molto vivace de una vitalidad contagiosa.
En la segunda parte, la OBC actuó ya al completo. I Still Dance, de John Adams, es, en sus ocho minutos de duración, toda una pieza de bravura para la orquesta, una descarga de energía pura y dura en la que, como motivo sorprendente, aparece una cita de la Badinerie de la Segunda suite para orquesta de Bach. La versión de Morlot no pudo ser más enérgica, pero la planificación sonora no siempre fue la más adecuada, perdiéndose por el camino claridad y matices, probablemente por falta de algún ensayo más.
Nada de eso pasó en Un americano en París, de Gershwin. Morlot se sintió aquí como pez en el agua, lo que se tradujo en una lectura exultante, fresca, imaginativa y llena de humor, con ese sentido del ritmo y el swing tan estadounidense. La orquesta brilló también a un gran nivel en todas sus secciones.
Juan Carlos Moreno
James Ehnes, violín.
Orquestra Simfònica de Barcelona i Nacional de Catalunya / Ludovic Morlot.
Obras de Schuller, Bernstein, Adams y Gershwin.
L’Auditori, Barcelona.
Foto © May Zircus