Un humano con un chelo sobre el escenario. Un círculo de luz lo rodea. En la penumbra, delante, detrás, a los lados y por debajo y por encima de ese ser solitario, se abocetan más de dos mil cabezas, es decir, más de cuatro mil ojos observando al humano del chelo, más de cuatro mil oídos escuchándolo. Lo que nace del instrumento son las Seis Suites de Bach. Hay que echarle bastante valor a un evento así. Por parte del público, porque este grupo de obras necesita paciencia y concentración, cosas poco habituales. Por parte de quien las interpreta, porque resulta uno de los monumentos de la historia musical, vamos, del canon.
Por suerte, en el público sólo aparecieron un par de inútiles del móvil. Por suerte, el ser humano armado con un chelo era el fabuloso Jean-Guihen Queyras, el instrumentista nacido en Montreal que se ha convertido, con justicia, en una de los mayores figuras de las cuerdas por talento e inquietud. Ante un concierto, una obra y un músico así, lo mínimo es preguntarnos cómo se enfrentará el valiente a esta batalla.
De Queyras había dos opciones esperables: o bien abrazándose al "historicismo bien informado" que ha trabajado en formaciones como la Orquesta Barroca de Frigburgo o la Akademie für Alte Musik de Berlín, o bien desde el rigor analítico de su padrino Boulez y la música contemporánea que también interpreta. Pues ni una opción ni la otra. Queyras optó por una "vía Queyras". Su exposición de las suites estuvo monopolizada por su personalidad. Ni rasgos historicistas ni vanguardistas. Una apuesta por la propia identidad. Queyras se puede permitir esto, claro, porque posee técnica y conocimientos de sobra. Un virtuoso para bien, sin necesidad de apabullar con atletismos.
Apabulló, sí, pero dándose enteramente a todo recurso y rasgo expresivo posibles. Su objetivo, supongo, era el de bucear en lo más profundo de estas sonoridades que ama y que, en su sensibilidad, merecen ser mostradas al público como entidades que conmocionan. Es algo que se notó desde la tercera nota (¡la tercera nota!) del “Preludio” de la Primera Suite en Sol Mayor; desde este momento mínimo al que dotó de absoluta intensidad, todo el concierto se desarrolló con las mismas pautas: flexibilidad infinita en las dinámicas, con amplitud de ritardandos; una gama enorme de volúmenes, rozando lo inaudible en momentos como la “Sarabanda” de la Suite n.5; contrastes extremos en las repeticiones; libertad de articulación, sin renunciar al pizzicatto o armónicos atmosféricos.
Que el aliento original de estas piezas fuera danzante perdió todo sentido (salvo en casos como las allemandes y courantes de las suites tercera y cuarta). Queyras no necesitaba recordar coreografías. Le bastaba con la emoción pura de un compositor que, en otras circunstancias, llegó a abrazar la música pura (como en El Arte de la Fuga). La elección interpretativa del chelista se cimentó en el fundamentalismo expresivo, en la sobreexpresividad.
Llegados a este punto, se puede dar paso a lo subjetivo, por supuesto. La “vía Queyras” puede gustar o no. A mí, no, y en ciertos momentos el estiramiento de dinámicas me pareció rozar lo exasperante, pero tampoco importa mucho mi opinión, porque en la interpretación no hubo nada gratuito y sí honestidad y coherencia. Amor, en resumen.
Y Queyras consiguió el sueño de cualquier intérprete: crear una liturgia. El público se emocionó y un servidor, aunque no se rindió a sus pies, sí que tuvo que reconocer lo extraordinario de este chamán. Un chamán que se atrevió con una de las joyas de la corona canónica. Cuando nos enfrentamos a un monumento del canon, deberíamos someternos a un ejercicio agotador pero saludable: despojarnos de toda tradición. Prácticamente se trata de un ejercicio cartesiano, con su tabula rasa y demás. Las seis suites para violonchelo de Bach padre ocupan un puesto principal en el canon occidental (el mismo que, mediante la globalización/colonización occidental del planeta se ha impuesto, y no siempre, o casi nunca, con buenas artes).
Para la música en general, con su discurso sonoro perfectamente construido y que muestra a la perfección el modelo barroco. Y también para la práctica instrumental, dotándole al chelo de una importancia desconocida antes de su composición y que le abrió caminos que más tarde continuarían monstruos como Britten o Kodály. Lo cierto es que estas combinatorias de alturas adquieren en Bach una sofisticación evidente, y dentro del campo limitado que ofrece un instrumento que ni de lejos puede desplegar las polifonías de un teclado o una agrupación, por ejemplo. Como muchas veces ocurre con compositores muertos antes de la obsesión por la documentación, no podemos asegurar para qué instrumento en concreto se escribieron estas piezas. Pero no importa. La mayor parte de la música bien compuesta sobrevive al cambio de fuente sonora.
El caso es que Bach no se alzó como miembro del canon inmediatamente, y que, pese a admiradores como Mozart, no llegó a convertirse en icono hasta la primera mitad del XIX, gracias a la labor de, entre otros, un joven Mendelssohn que aprovechó su posición en el mainstream. Ni siquiera en ese redescubrimiento las suites chelísticas obtuvieron la atención debida. Habría que esperar a que, ya en el siglo XX, Pau Casals las elevara al rango de obras maestras y dignas de auditorios. Toda esta historia de olvidos y redescubrimientos y maquinaria de difusión no hacen más que señalarnos hacia lo absurdo del canon, formado por autores y piezas que, si bien pueden resultar excelentes, están sometidos a supervivencias coyunturales. Un canon es absurdo. Un canon nunca debería tomarse como algo absoluto, sagrado. Depende de una lectura de la historia sesgada. Y de este absurdo nacen obsesiones en torno a sus componentes. Monumentos como estas suites han merecido, una vez asentadas en su trono, toda la atención del mundo.
No dudo del amor que público, crítico (yo) e instrumentista nos guió al concierto del Auditorio, pero quizá la sobreexpresividad del chelista, la emoción del oyente y la lupa del crítico son productos del influjo canónico. Quizá no. Seguro que sí. La labor de Queyras resultó fascinante, sí, pero tal vez vaya siendo hora de aparcar cánones de una vez. La pregunta se queda en el aire. And the answer, my friend, is blowing in the wind (también).
Juan Gómez Espinosa
IMPACTA. Temporada 2025/2026.
Obras de: Johann Sebastian Bach (integral de las Suites para violonchelo BWV 1007-1012).
Intérprete: Jean-Guihen Queyras (violonchelo).
Fecha y lugar: 25 de enero de 2026, Auditorio Nacional de Música (Sala Sinfónica).
Foto © Cristina Martínez