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Crítica / La Sinfonía “Coral” de Beethoven clausuró la temporada OSCyL - por José M. Morate Moyano

Valladolid - 23/06/2026

Thierry Fischer, Titular de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL), fijó como uno de los objetivos en sus 3 años de contrato (ha renovado por otro más), interpretar las nueve Sinfonías del genio de Bonn; tocaba ahora abordar su versión de la Novena, que la OSCyL llevaba a sus atriles por sexta vez con distintos coros y directores. La Octava se mantuvo en la programación pero no con él, pues afectado por una indisposición, fue sustituido por el Maestro Nielsen.

Así pues, el décimo octavo Concierto de abono de la OSCyL en su sede vallisoletana, como clausura de su Temporada oficial, se dedicó a la Sinfonía nº 9, en Re m., Op. 125, “Coral” de Ludwig van Beethoven. La obra, triunfante desde su primera audición en Viena en Mayo de 1824 dirigida por el Maestro de Capilla del Teatro (con el propio autor sentado al lado), no ha perdido ni un ápice del interés despertado en el público, por lo que dos llenos completos se produjeron en las dos sesiones previstas.

La trayectoria seguida por Fischer desde su presencia en Valladolid, sobre todo en el sinfonismo beethoveniano que ha ido proponiendo, hacían prever cuál iba a ser su criterio interpretativo. Amante del respeto absoluto a lo escrito por el autor y de su época, huyó de habituales planteamientos grandilocuentes desde el propio orgánico orquestal: 40 cuerdas (22-8-6-4), las obligadas maderas y metales, timbales clásicos y 61 cantores; éstos determinados no sin problemas, pues sólo 31 lo fueron del propio Coro de la OSCyL y 30 del Orfeón Pamplonés, lo que generó dificultad para ensayos conjuntos (sólo dos).

Gracias a que ambos Maestros respectivos, Jordi Casas e Igor Ijurra, llevan muchas horas de vuelo en estos menesteres y son amigos, ayudaron a solventar inconvenientes de homogeneización y dicción, produciendo un resultado óptimo. Fischer (que no programa sinfónico-coral en Temporada y que no ha dirigido nunca al Coro propio) tuvo razón en la mezcla, pues el timbre, color, afinación, empaste y volumen de los 61 cantores fue muy bueno y más que suficiente para rendir bien en su no fácil tarea, siguiendo las directrices del Maestro que, afortunadamente, es muy claro en su concepción, y en el gesto que la saca adelante con claridad y precisión.

La versión fue literalmente “a lo Beethhoven de Fischer”, muy contrastada en volúmenes, dinámicas y expresión, siempre con energía interna y bastante marcada y articulada. Sólo los Adagio del tercer movimiento fueron más líricos y “pacíficos”, cumpliendo con el papel que su autor les asignó al cambiar el orden habitual, poniéndole el Scherzo por delante y separar así sus dos ideas motrices: el caos de un mundo inquieto y guerrero, y el remedio para eso vio en la serenidad y la alegría que llevasen a la hermandad entre los hombres, gestada en él desde su lectura de la Oda “A la alegría” (1785) de Friedrich Schiller y pensando siempre en cómo ponerla en música. Así fue hasta que en 1817, la Sociedad Filarmónica de Londres le invitó a su sede para estrenar dos nuevas Sinfonías. Planeó una en Re m. y otra con un lento movimiento coral; pero en 1822 ya trabajó intensamente en una fusión de ambas, que culminó con el estreno vienés de ésta su 9ª Sinfonía.

El inicio sonó a presagio silencioso del tema que va cobrando fuerza y energía, quizá apuntando a la creación del universo mismo, mostrando ya la OSCyL su total sometimiento exacto y conjunto a la “idea Fischer” de cómo habrían de ser las cosas hasta la modélica gran coda final. El Scherzo, iniciado en un pianísimo que fue creciendo y donde los silencios cobraron todo su verdadero valor, mostró unas afinadas trompas en el trío, variadas dinámicas según los tempi escritos, bien violas y cellos, juntos violines, como flautas y oboe, y preciso el timbalero, iniciándose bien los trombones; coda seca y anticipo de lo que será la alegría en el elegante himno final

La doble variación compleja del tercer movimiento tuvo sus anhelantes temas bien expuestos y las variaciones limpias, musicales los pizzicati de todas las cuerdas graves, buena introducción de los violines II en el andante y nítido solo de trompa, todo ello simultáneamente flexible y enérgico. Y llegó el momento coral con José Aº López (Lorqui, 1973), barítono que pone la frase que el mismo Beethoven añadió al texto de Schiller, con ligera duda tonal de inicio y entrega total y buenos medios de siempre, siendo el resto del cuarteto la soprano belga Louise Foor, la mezzo donostiarra Carmen Artaza, de 30 y 31 años respectivamente, voces frescas, expresivas, quizá justas en volumen para estos roles, pero expresivas; y el veterano, ágil y experto tenor alemán Werner Güra, técnica depurada que le permite sacar adelante su papel con solvencia, cumpliendo el cuarteto como tal con cierto predominio de las voces graves.

El tema del himno para cellos y contrabajos y tres variaciones instrumentales abren el movimiento creciente en dinámica desde el pianísimo, hasta la aludida entrada del barítono, anunciando la posterior exaltación de la vida humana que llaga. Todo fue como los tempi escritos y solicitados por Fischer que, con la concentración, buen hacer y entrega de todos, solistas, coro y orquesta, sacó adelante con brillantez y solidez, contagiando al público ya predispuesto de la misma alegría que la Oda inspira. Se produjeron así ovaciones intensas y repetidas, con salidas y saludos de maestros de coro, coralistas, cantantes, músicos y Director Titular, entre sí y del auditorio todo, como correspondía al triunfal final de Concierto y Temporada.

José Mª Morate Moyano

 

Orquesta Sinfónica de Castilla y León (OSCyL) / Thierry Fischer

L. Foor (S); C. Artaza (MS); W. Güra (T); J. A. López (Bt)

Orfeón Pamplonés / I. Ijurra

Coro de la OSCyL / J. Casas

Sinfonía nº 9, en Re m., Op. 125, “Coral” / L. v Beethoven

Sala sinfónica “J. López Cobos” del CCMD de Valladolid

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