El recital de la violinista granadina María Dueñas junto al pianista moscovita Alexander Malofeev en el Teatro Principal de Alicante, dentro de la programación de la Sociedad de Conciertos de Alicante, ha significado todo un acontecimiento de la relevante temporada musical de esta ciudad levantina al haberse visto desbordada la demanda de localidades para este evento, que ha superado todas las expectativas imaginables. Ambos intérpretes, nacidos en los dos primeros años del presente siglo, son un ejemplo del tesoro que supone llegar a la plena madurez artística con tan poca edad de un modo verdaderamente prodigioso, convirtiéndose ya en unos músicos singulares de su generación.
Así lo han demostrado con una actuación dedicada a tres obras emblemáticas de la música de cámara para este formato instrumental, que se abría con la Sonata “Gran Dúo” en La mayor D 574 de Franz Schubert, en cuyo movimiento inicial Allegro moderato ya se puso de manifiesto la trabajada conjunción de ambos intérpretes por buscar ese inestable equilibrio del planteamiento del compositor que subyace en sus pentagramas, repartido entre el discurso rítmico que desarrolla el piano y la flexibilidad del violín en el transcurso de su amplia exposición, y la melodía de los dos temas que le suceden, con una elocuencia contenida destinada con muy buen criterio a elevar su curiosa variable musicalidad, para ser fruto del muy singular pensamiento melódico de Schubert, de este tiempo que les sirvió a ambos intérpretes para determinar su alto nivel recreativo. Este aspecto quedó sobradamente remarcado con el Presto subsiguiente en el que dieron la sensación de un más conseguido ensamblaje entre ellos, especialmente en los pasajes cromáticos del violín que María Dueñas realizó con una capacidad de deslizamiento de las posiciones de su mano izquierda en el mástil realmente asombrosa, que dejaba un efecto glissando de rara precisión que hacía se pudieran distinguir, pese a la velocidad requerida, todas las notas, que demostraba su detallista técnica de portamento. Malofeev mantenía la tensión desde el teclado con esa capacidad de contraste que requiere esta especie de transformado scherzo. Un sentido de melódico canto fue la línea que marcó el desarrollo del Andantino al que imprimieron un titubeante efecto secuencial a su término, que llevaba al oyente a percibirlo con cierta etereidad sonora motivada por la expresividad con la que distinguieron las alternancias de tonalidades. Fue este un momento muy singular que corroboraba el alto grado de mutua identificación de este magnífico dúo. Por último, hay que destacar la intensidad de la violinista en el primer motivo del Allegro vivace final, dejándose impulsar por la energía que el pianista dio a su cometido de sustentación armónica.
El recital subía enteros con la Tercera Sonata en Sol menor de Claude Debussy, obra que tiene un puesto más que preferente en este particular repertorio. La dulzura que ofreció la violinista en el Allegro vivo es digna de mención dada su especial sabiduría para suavizar el sonido de su instrumento hasta límites de imperceptible intensidad, sin desmerecer en momento alguno la definición de cada nota en los reguladores a diminuendo, dando gran sentido al estilo impresionista que impera en la obra. Sin duda es una de las más destacadas cualidades de esta intérprete que utiliza con una naturalidad casi insultante por su muy cuidada precisión en la emisión sonora. Esta facilidad de arco le permitió a María Dueñas dejar constancia de la resolución de las dificultades que propone el compositor en el Intermedio-Caprichoso y ligero que ocupa la parte central de esta sonata. Todas las fluctuantes indicaciones de carácter quedaron perfectamente expresadas dejando la sensación final en el espectador de un curioso divertimiento en el que el exaltado staccato del primer tema quedó más que compensado con ese sesgo hispano que le dio al segundo, generando en su percepción una complacencia que iba más allá del puro deleite musical, alcanzando un superior estrato de emocionalidad. En el animado movimiento Finale, ambos músicos entraron en la esencialidad del particular sentimiento “debussyano” con una asombrosa capacidad de repentización fáctica y conceptual, llevando su discurso a una especie de embriagador perpetuum mobile que, desde el violín en dinámica creciente, generó la desbordante expresividad conclusiva que determina el autor.
El grado de interés alcanzado con esta magistral partitura de Debussy tuvo su continuidad, ya en la segunda parte de la velada, con la inefable Sonata en La mayor de César Franck. Con un respeto absoluto a la naturaleza cíclica de esta obra, María Dueñas y Alexander Malofeev se adentraron en el Allegretto ben moderato con que se inicia dimensionando con determinación el lirismo que caracteriza a sus dos motivos principales, que llevaron a sucederlos con singular y contrastada belleza en su desarrollo hasta coda en la que, con liviana exposición formal y elevada elegancia espiritual, finalizaron este movimiento. La pasión se hizo música en el Allegro siguiente con el pianista demostrando su virtuosismo en toda su amplitud técnica que sólo encontraba oposición en el lirismo que emitía la violinista que terminó imponiéndose desde la dulzura con la que tradujo ese idílico pasaje central de esta parte de la obra antes del apasionado diálogo que determina anticipar el final al que llegaron con una intensidad emocional de alto efecto, que tuvo sus justificación en el modo attacca con el que enlazaron con el tercer tiempo, Ben moderato: Recitativo-Fantasia, sin duda el momento culminante del recital por concepto y sensible musicalidad con la que se superpusieron ambos instrumentos antes de la recapitulación, alcanzando una excelsa emotividad expresiva de ingrávida sonoridad que dejaba confirmada la univocidad de sentimiento en los dos intérpretes. Éstos asumieron el aire de rondó del Allegretto poco mosso final con distendida esencialidad que sólo adquirió trascendencia en la alternancia armónica de su parte central antes de la reexposición y la brillante coda final con la que provocaron el entusiasmo del público que abarrotaba el teatro.
Ante el intenso aplauso, María Dueñas y Alexander Malofeev serenaron el ambiente con una exquisita versión del conocido Vals triste del afamado violinista húngaro de principios del siglo XX Ferenc Vecsey, significando su escucha un verdadero bálsamo para el espíritu. Como contraste, ofrecieron un segundo bis con la Ukulele Serenata de Aaron Copland que, dado el poderío técnico de la violinista, asombraba por la definición rítmica sugiriendo de alguna manera la sonoridad del mencionado instrumento caribeño de cuerda pulsada, que da título a esta sorprendente pieza. Finalmente, completaron su actuación con la traslación que hiciera el legendario violinista lituano Jascha Heifetz del lied Wi Melodien zieht es mir, Op. 105, No. 1 de Johannes Brahms que, en el argot violonístico, es conocido también con el título Contemplation, con el que María Dueñas confirmó una vez más su magistral articulación en el arte del fraseo sacando el máximo partido a la indescriptible sonoridad de su violín construido por Antonio Stradivari en 1718 conocido por el nombre de “Michelangelo”. La Sociedad de Conciertos de Alicante cumplía en este extraordinario recital con el deseo de su más eminente mentor, fallecido el año pasado, Rafael Beltrán Dupuy, de llevar al escenario del Teatro Principal de Alicante a tan excelsa violinista, de la que quedó prendado en su anterior presencia con orquesta que realizó en el ADDA hace unos años.
José Antonio Cantón
SOCIEDAD DE CONCIERTOS DE ALICANTE
Dúo: MARÍA DUEÑAS (violín) y ALEXANDER MALOFEEV (piano)
Obras Franz Schubert, Claude Debussy y Cesar Franck
Teatro Principal de Alicante. 13-IV-2026
Foto © Ángel Juste