Música clásica desde 1929

 

Críticas seleccionadas de conciertos y otras actividades musicales

 

Crítica / La pasión del romanticismo captura los sentimientos - por Luis Suárez

Tarragona - 16/05/2026

El “Concierto para violín en mi menor, op. 64” de Felix Mendelssohn no es solo una de las obras más queridas del repertorio, sino un hito que transformó la estructura del concierto romántico. Mendelssohn prometió esta obra en 1838 a su amigo Ferdinand David, concertino de la Orquesta de la Gewandhaus de Leipzig. Sin embargo, el proceso fue largo y meticuloso. Su gestación (1838-1844) tardó seis años en completarse. El compositor, que no era violinista profesional, mantuvo una correspondencia constante con David para pedirle consejo técnico sobre pasajes difíciles y la ejecución del arco. Rompió con la tradición al introducir al solista casi de inmediato, sin la larga obertura orquestal clásica. Además, unió los tres movimientos sin interrupción para evitar los aplausos entre ellos y escribió su propia cadenza integrándola en el desarrollo, en lugar de dejarla al final como una improvisación del solista. Al final, su estreno tuvo lugar el 13 de marzo de 1845 en Leipzig, con Ferdinand David al violín.

La violinista japonesa Midori ha hecho de este concierto una de sus cartas de presentación. Dispone de versión grabada con Mariss Jansons y la Filarmónica de Berlín (2003) la cual es considerada una referencia moderna.

Aquí siguió demostrando su talento nato. Su sonido se puede describir como firme, luminoso y de una dulzura cautivadora. Midori evita el sentimentalismo excesivo en el Andante, apostando por una efusividad lírica y una agilidad técnica asombrosa en el final, que suena ligero y etéreo. Su interpretación es reencontrarse con la esencia del romanticismo alemán despojado de artificios. El famoso tema inicial en mi menor no emerge como una declaración de virtuosismo, sino como un susurro urgente y volátil. Lo que distingue a Midori es su control dinámico. En el segundo movimiento (Andante), su capacidad para sostener el pianissimo es sobrecogedora, logrando que el violín cante con una introspección que pocos solistas alcanzan sin caer en lo meloso. La transición al tercer movimiento, ese puente de vientos que Mendelssohn diseñó para no romper el hechizo, fue manejada con una delicadeza extrema.

El Allegro molto vivace final fue una exhibición de precisión, saltando sobre las cuerdas. Midori posee esa rara habilidad de hacer que los pasajes de bravura suenen como filigrana pura, con una rapidez que nunca sacrifica la nitidez de la articulación. Bajo su arco, el concierto de Mendelssohn no suena como una pieza de museo, sino como una obra vibrante, llena de una luz fresca y juvenil. Una interpretación que equilibra perfectamente el rigor técnico con una sensibilidad poética que parece brotar de la partitura de forma natural.

La “Sinfonía nº 5 en mi menor, op. 64” de Piotr Ilich Tchaikovski es una de las obras más emblemáticas del romanticismo, estructurada en torno a la idea recurrente del "Destino". Tchaikovski compuso esta obra entre mayo y agosto de 1888, tras un periodo de diez años sin escribir una sinfonía y enfrentando una profunda crisis de confianza. En sus cartas a su hermano Modesto y a su mecenas Nadezhda von Meck, confesaba el temor de que su imaginación se hubiera "secado". Necesitaba demostrarse a sí mismo que no estaba agotado como compositor.

Como tantas obras del genio ruso, esta Sinfonía posee un programa oculto: aunque no dejó un programa detallado, sus notas iniciales hablan de una "completa resignación ante el destino" o la "providencia". El tema del destino aparece en el registro bajo del clarinete al inicio y reaparece transformado en cada uno de los cuatro movimientos. La Quinta destaca por su forma cíclica y su capacidad para transitar de la melancolía absoluta al triunfo militante, bajo una estructura emocional. El primer movimiento refleja una lucha interna melancólica. El segundo (Andante cantabile) es famoso por su solo de trompa, cargado de ternura y elegancia. El tercero es un vals refinado que sirve como alivio lírico antes de la explosión del final, donde el motivo del destino, antes sombrío, se transforma en una marcha afirmativa y heroica, simbolizando una victoria sobre la adversidad.

El estreno tuvo lugar en San Petersburgo el 17 de noviembre de 1888 bajo su propia batuta. A pesar de la entusiasta acogida del público, las críticas iniciales fueron duras, lo que llevó al siempre inseguro compositor a calificarla temporalmente como un "fracaso insincero".

Escuchar la Quinta de Tchaikovski es asistir a una autopsia emocional. Lo que hace que esta sinfonía sea inmortal no es solo su perfección melódica (desbordante, por ejemplo en el vals del tercer movimiento) sino la honestidad brutal con la que el compositor desnuda sus dudas. La genialidad reside en el tratamiento del "leitmotiv” conductor. Tchaikovski logra que un tema que nace fúnebre y opresivo acabe sonando como una fanfarria de oro en el último movimiento. Sin embargo, en manos de grandes directores, ese final "victorioso" siempre conserva un regusto de histeria, como si el triunfo fuera una máscara para ocultar la desesperación subyacente, que en la “Patética” desemboca en el final trágico del propio autor.

La interpretación por Tomàs Grau busca una transparencia orquestal que permite apreciar los detalles de la madera y el contrapunto interno. Destaca su capacidad para manejar el "tema del destino" de forma coherente a lo largo de toda la sinfonía, logrando que la transición hacia el triunfo del cuarto movimiento sea orgánica y no forzada. Bajo su batuta, la Franz Schubert Filharmonia es elogiable su sección de metales y la calidez de su cuerda, elementos esenciales para el "colorido" que exige. Grau ofrece una visión noble y equilibrada. Su dirección se aleja de los excesos efectistas para centrarse en la arquitectura de la obra.

Es una obra fascinante, donde el autor prioriza la intensidad del sentimiento sobre la arquitectura rígida. Tchaikovski se equivocó al juzgarla inferior a su Cuarta; la Quinta posee una fluidez orgánica y una paleta de colores orquestales que la sitúan en la cima del sinfonismo ruso.

Luis Suárez

 

Midori, violín.

Franz Schubert Filharmonia

Tomàs Grau, dirección.

Teatre de Tarragona.

57
Anterior Crítica / De polifonías y otros renacimientos - por Luis Mazorra Incera
Siguiente Crítica / Premio, tuba solista y Prokofiev - por Luis Mazorra Incera