El Nocturno sinfónico de Marcos Fernández-Barrero desarrolló un discurso musical con coherencia y sentido en el arranque del concierto de la Orquesta Sinfónica de Madrid dirigida por Pedro Halffter en el Auditorio Nacional de Música.
Una obra nueva, bien trenzada (no en vano galardonada con el IX Premio de Composición de la Asociación Española de Orquestas Sinfónicas y la Fundación BBVA), claro sentido de la tensión en progreso y del contrapunto, y un interesante planteamiento medular que no eludía la permanente disonancia y sus portamentos extendidos, con sus roces melódicos.
La obra de tradicional lucimiento solista que seguía antes del descanso, fue toda una novedad en un repertorio, el de solista y orquesta, que, a menudo, no suele ofrecer sorpresas (en el repertorio, me refiero; sí que las ofrece, lógicamente, en los intérpretes). Y… ¡vaya una feliz doble, o triple si me apuran, novedad se combinó aquí…! porque el lucido Concierto para tuba y orquesta del célebre y fílmico John Williams, presentó a un entregado solista Ismael Cantos en lides virtuosas, a un poderoso instrumento. Obra con raudos pasajes y compacta factura que, a su manera, trata, moderadamente eso sí, que olvidemos su celebridad a lomos de banda sonora…
La propina preparada con que solista y orquesta correspondieron a la entusiasta salva de aplausos, consistió en otro arreglo del inmortal canto de los pájaros (El cant dels ocells) que tanto popularizara Pau Casals e interpretara también (1971) en la Asamblea General de las Naciones Unidas cuando recibiera la Medalla de la paz de la ONU. Un detalle que abundaba a la sazón, en “el otro” (con Falla150) ciento cincuenta aniversario de nacimiento de este mismo año: Casals150.
Un inspirado y oportuno, pues, lenitivo que, aún así, no frenó sino que llegó a ampliar esta ovación mantenida al que es, de facto, profesor de la propia Orquesta Sinfónica de Madrid.
La Quinta sinfonía de Serguéi Prokófiev irrumpió con su natural energía en la dirección de Halffter. Denso discurso con acentuado final que recibió el corolario de espontáneos aplausos al paso.
Un Allegro marcato obró en tareas de divertido Scherzo en un perpetuum mobile discontinuo, con sus interludios a modo de tríos que enseguida retomaban vuelo dinámico.
Un Adagio con asertividad, dirección y movimiento, y diferentes secciones bien delimitadas y relativa polirritmia que le situaba, ya de inicio, en una órbita singular de complicado encaje y relato.
Sin solución de continuidad con el movimiento anterior, el Allegro giocoso devolvió aquel espíritu de relativo festejo instrumental con sus abultados saltos y decisivos gestos idiomáticos. Una textura trufada de momentos líricos de personal orquestación con, esa tan característica y expresiva disposición armónica y melódica de la cuerda aguda que ya habíamos escuchado antes en la obra.
Un final resuelto, eficaz y compacto por coraje y determinación en el día de hoy, donde convergieron con tenacidad todos aquellos planteamientos, en el crisol de ese implacable espíritu maquinista y progresivo propio del momento y del autor.
Luis Mazorra Incera
Ismael Cantos, tuba solista.
Orquesta Sinfónica de Madrid / Pedro Halffter.
Obras de Fernández-Barrero, Prokófiev y Williams.
OSM. Auditorio Nacional de Música. Madrid.
Foto. El director Pedro Halffter.