Nereydas recupera la música de Juan Rossell para la lira del cielo en el VIII Centenario de la Catedral de Toledo
El concierto del 21 de marzo de 2026 en la catedral de Toledo concitaba circunstancias excepcionales para ser considerado algo fuera de lo habitual: conmemoraba el VIII Centenario de la Catedral, celebraba el Día Europeo de la Música Antigua, estrenaba en tiempos modernos obras del maestro de capilla Juan Rossell y muy especialmente se presentaba la Lira del cielo, copia fidedigna de un instrumento singular que sonó en las Semanas Santas toledanas entre 1628 y 1803.
Bajo el título “La lira del cielo. Resurrección de una voz dormida”, el concierto recuperó, en el espacio para el que fue concebido, un sonido que, aunque silenciado desde hacía más de doscientos años, permanecía latente en la memoria del lugar. La orquesta Nereydas, dirigida por Ulises Illán y con Juan José Montero como solista de lira del cielo, devolvió al templo ese timbre perdido durante más de dos siglos.
Vídeo “Nereydas: La Lira del cielo en la Catedral de Toledo”
Organizado por la Real Fundación de Toledo y el Cabildo Primado, el evento despertó una expectación inusual. La charla previa del musicólogo Carlos Martínez Gil, responsable de la investigación y edición de las partituras de Rossell interpretadas esa noche, registró un lleno absoluto, reflejo del interés patrimonial y musicológico del proyecto. El público, que llenó al completo los asientos en el crucero y la nave lateral, respiraba una mezcla de emoción, curiosidad y fervor cultural poco frecuente, mientras consultaba el programa en los móviles o contemplaba el imponente marco arquitectónico de la dives toletana, consciente de asistir a una cita singular. Y a fe que lo fue. Entre los asistentes se encontraban representantes institucionales y culturales, numerosos musicólogos, y Mia Awouters y Pascale Vandervellen, conservadoras del Museo de Instrumentos Musicales de Bruselas, donde se guarda la lira del cielo original.
Rossell y la grandeza del espacio sonoro toledano
El programa giraba en torno a Juan Rossell Argelagós (Barcelona, 1724 – Toledo, 1780), maestro de capilla entre 1763 y 1780, y a tres obras compuestas por este para la Semana Santa toledana de 1764. Se abrió con la Lamentación primera del Sábado Santo a 8 voces, que, desde sus primeros compases, dejó claro que no se trataba de arqueología musical, sino de una resurrección artística plena. La sonoridad fue brillante, espectacular, de una definición admirable. Rossell se reveló aquí como un maestro consumado de las arquitecturas musicales a gran escala, con un uso soberbio de la escritura a dos coros, de la alternancia de bloques, de los ecos, de los contrastes rítmicos y de la tensión armónica. En ese tejido multicoral, Illán delineó con claridad la estructura de la obra, dosificando las pausas con inteligencia para dejar que la catedral respirara su propia música. Hubo en su dirección temple, control, visión del conjunto y una valiosa capacidad para esculpir la energía interna de cada episodio.
Especialmente conmovedores fueron los momentos en que las voces abordaron las litterae hebraicae. No las declamaron: las cantaron, las suspendieron en el aire, las volvieron materia sonora etérea e ingrávida, alcanzando la música una belleza casi celestial. Y cuando llegó el final de esta lamentación, el director extrajo de sus fuerzas un impulso contagioso y emocionante, rematado por un acorde conclusivo que dejó al auditorio literalmente en suspenso.
A veces, los grandes conciertos se anuncian solos en sus primeros minutos; este lo hizo, como veremos después. Incluso los rostros de los propios músicos —atentos, implicados, disfrutando— hablaban de una intensidad compartida, de una vivencia artística que se estaba produciendo también en el interior del coro y la orquesta.
El sonido largamente esperado
Sin embargo, la expectación tenía nombre propio: la lira del cielo, o lira celi, ese instrumento singular de tecla y cuerda frotada cuyo sonido acompañó exclusivamente la Semana Santa toledana durante 174 años. Construida por el fraile dominico Raymundo Truchado en 1625, adquirida por la Catedral en 1628 y conservada actualmente en Bruselas, la lira volvió a escucharse gracias a la copia moderna realizada en 2026 por el polaco Sławomir Zubrzycki a partir del ejemplar histórico. Así pues, se puede afirmar que lo que sucedió en este concierto constituye una novedad mundial de primer orden, pues suponía la presentación pública de esta recuperación sonora en el lugar al que perteneció la original.
La curiosidad mecánica del instrumento añade fascinación a su timbre: para sonar, la lira requiere una manivela accionada por un asistente sobre el mecanismo rotatorio que pone en contacto las ruedas con las cuerdas, mientras el intérprete toca el teclado. El resultado acústico es asombroso: ataques bien definidos, sí, pero sostenidos por una continuidad tímbrica generosa, por una vibración suave y envolvente que parece venir de un tiempo suspendido.
La Pieza contrapuntística n.º 6 de Joaquín Beltrán y Balaguer (Zaragoza, 1736 – Toledo, 1802), interpretada a solo por Juan José Montero, permitió por fin escuchar desnudo el sonido de la lira del cielo. Fue un momento de escucha casi reverencial. Austeridad contrapuntística, ausencia de retórica superflua y una cualidad sonora que, precisamente por no parecerse del todo a nada, desarma. Ese era el instante esperado: el momento en que Toledo volvía a reconocerse en una voz perdida en 1803.
Una joya para dúo de tiples
La Lamentación segunda del Viernes Santo para dúo de tiples confirmó la altura de Rossell y elevó la temperatura expresiva de la noche. En esta obra de inequívocas resonancias pergolesianas, y por lo tanto de un barroco hispano heredero de la sensibilidad napolitana, aparecieron diversos paisajes sonoros cargados de mensaje espiritual. La escritura de Rossell exhibe refinamiento melódico, variedad afectiva y un uso muy imaginativo de los recursos del diálogo.
Las sopranos Evelyn Johnson Zamudio y Alexandra Tarniceru realizaron un trabajo modélico. Se entrelazaron como si fuesen el mismo flujo musical, con una elegancia extraordinaria y una finura en el detalle al nivel de la excelencia. Trinos, ecos, preguntas y respuestas: todo en Rossell parecía encontrar en su ejecución una respiración común y una inteligencia compartida. La concertación de Ulises Illán fue especialmente delicada; mimó el dúo, lo sostuvo sin invadirlo, permitiendo que la línea cantabile fluyera con naturalidad. Asimismo, es reseñable también el dúo de traversas, con Antonio Campillo y Laura Quesada, que brilló en “Cui comparabo te?”, creando un bellísimo juego de espejos con las voces de tiple.
Hubo momentos de sombra, esperanza y consuelo, iluminados por la presencia tímbrica de la lira del cielo. Y aquí se hacía particularmente evidente una de las claves sonoras del programa: la lira, al ser un instrumento de cuerda frotada, era como una prima hermana de la propia orquesta de cuerdas, que la abrazó con su sonido hasta integrarla de forma orgánica en el tejido instrumental. Tras una breve pero exquisita cadencia de la lira y el dúo vocal, la obra concluyó dejando la sensación de haber asistido a uno de los grandes descubrimientos de la noche. Esta Lamentación es una auténtica joya musical.
Un Miserere para el repertorio canónico
El gran monumento del programa, el Miserere a 8 voces de Rossell, articuló la segunda parte del concierto, una obra que más que escucharse se revela. Cuando uno contempla en la sacristía de la seo toledana el Expolio del Greco, percibe su grandeza estética y su poder espiritual y humano. Algo muy semejante ocurrió al escuchar el Miserere completo de Rossell en el lugar para el que fue concebido, cuya escucha produjo una sensación de plenitud artística tan difícil de describir como fácil de sentir.
La obra despliega un exuberante abanico de estados emocionales, técnicas compositivas y densidades contrapuntísticas. Rossell vuelve a recurrir a procedimientos afines a los de la Lamentación a 8 inicial, pero el discurso se ensancha mediante la intercalación de solos y dúos, como si fueran estaciones interiores, oasis expresivos dentro de una arquitectura mayor. El resultado es un itinerario de claroscuro espiritual: oscuridad y luz, contrición y perdón, desolación y confianza.
La intervención del salmista Kevin Adeva merece un elogio particular. Supo imprimir al canto llano un carácter ceremonial y litúrgico convincente, articulando el paso entre secciones con nobleza y sentido ritual. El dúo de Bruno Campelo e Íñigo Casalí, en el “Amplius lava me”, resultó amable, bien resuelto y perfectamente ensamblado, con justa conexión entre alto y tenor. Alexandra Tarniceru sublimó el “Cor mundum” en una versión intimista, honesta y musicalmente limpísima, con una emisión elegante y una sensibilidad recogida, envuelta por una orquesta que la sostuvo con exquisitez. Y Jesús M.ª García Aréjula afrontó la exigente “Libera me” con solvencia, templanza y una voz poderosa y bien timbrada.
En los grandes bloques corales, Nereydas volvió a mostrar su excelente calidad. El tratamiento a dos coros estuvo lleno de detalles y se resolvió con prosodia nítida y una admirable variedad en las intensidades cadenciales: unas veces largas y tensas, otras susurradas, casi en penumbra sonora. El “Benigne fac”, con el coro a tutti, sorprendió por la modernidad de su escritura y por ese juego de contrastes modales que parecía encarnar de forma audible el claroscuro propio de la Semana Santa: la oscuridad cediendo ante la luz, la culpa abriéndose al perdón.
La lira del cielo, doblando en especial al coro II, se integró con naturalidad en el bloque sonoro, aportando brillo y consistencia. Lejos de ser un mero exotismo tímbrico, actuó como verdadero agente estructural del color musical. Y en ese momento se comprendía plenamente el alcance de la recuperación: más que incorporar un simple elemento curioso a un repertorio conocido, se devolvía a la música de la Semana Santa toledana uno de sus instrumentos identitarios. Eran, en cierto modo, casi ciento setenta y cinco años de sonido litúrgico recuperado de golpe en el presente, devuelto a los oídos atónitos de una audiencia embriagada de belleza.
Este Miserere a 8 merece por su calidad entrar en el repertorio canónico de la música sacra hispana. Este estreno en tiempos modernos no debería ser anécdota, sino el comienzo de una nueva vida interpretativa de estas obras.
Una ovación y un broche de oro
La ovación final, con el público en pie, fue larga, generosa y profundamente merecida. Nereydas recogía el reconocimiento a un viaje sonoro al esplendor catedralicio del Toledo del siglo XVIII y a un proyecto que puede calificarse, sin temor al énfasis, de modélico. Ulises Illán tomó entonces la palabra y agradeció la implicación de las instituciones y subrayó el inmenso valor musical y patrimonial que atesora la Catedral de Toledo, ahora abierta, como él mismo señaló, a “un nuevo universo sonoro” gracias a la recuperación de la lira del cielo.
La fecha añadía resonancia simbólica: el 21 de marzo, Día Europeo de la Música Antigua. De ahí la inclusión de un bis tan oportuno como conmovedor: el “Ruht wohl” de la Pasión según san Juan de Johann Sebastian Bach, presentado también como homenaje al nacimiento del compositor. Fue un cierre íntimo, delicadísimo, cantado y tocado con una naturalidad expresiva que humedeció no pocos ojos. Después de tanta solemnidad, tanta grandeza policoral y tanta carga histórica con las magníficas obras de Rossell, Bach llegó como una caricia final, un sentimiento de despedida en voz baja que confirmaba la excepcionalidad de lo vivido.
Un conjunto en estado de gracia
Hay que decirlo con claridad: Nereydas, coro y orquesta, demostró de nuevo su solvencia artística, inteligencia estilística y esa rara capacidad para hacer que la música antigua no suene nunca a museo, sino a presencia viva, emocional, encarnada y vibrante. En esta noche toledana, en el mejor sentido de la expresión, plena de músicas a estreno, la formación volvió a dar una lección de cohesión, refinamiento y escucha compartida. Sus instrumentistas tejieron un discurso de admirable unidad entre secciones, siempre en íntima comunión con la parte vocal, mientras David Palanca sostenía al clave con elegancia serena y un pulso siempre dialogante con la lira de Juan José Montero; Candela Gómez aportaba al violonchelo una plasticidad expresiva y una solidez ejemplar; y Sergio Suárez, primer violín y habitual del conjunto, reafirmaba con su autoridad musical, su precisión luminosa y su natural liderazgo la excelencia de un sonido tan vivo como noble. En el equilibrio entre rigor y emoción, precisión y respiración expresiva, el conjunto mostró el nivel que le ha valido el Premio GEMA al Mejor Grupo de Música Antigua, reconocimiento que no hace sino refrendar lo que en este concierto histórico se puso de manifiesto. Y en cuanto a las voces de Nereydas, pocas veces se percibe con tal claridad esa mezcla de disciplina, flexibilidad, empaste y elocuencia. Supieron construir el sonido coral con nobleza, con refinamiento y con auténtico sentido del texto, haciendo de la palabra cantada no solo un vehículo de expresión, sino una experiencia espiritual y estética de primer orden. Y todo esto no es propio del azar, sino fruto del trabajo de un grupo y un director apasionado y minucioso, Ulises Illán, que ya sea frente al coro y orquesta, en los ensayos o en las farragosas horas de investigación y estudio siempre entrega todo lo que tiene.
Lo ocurrido en Toledo fue un éxito artístico, a la vez que una lección de cómo la investigación, la restauración patrimonial, la interpretación históricamente informada y la excelencia musical pueden converger en un acontecimiento de gran magnitud cultural. Nereydas no solo interpretó un programa, devolvió a la Catedral de Toledo una parte de sí misma. Y eso, en tiempos de tanta prisa y tanta superficialidad, es algo extraordinario.
En conclusión, en el concierto del 21 de marzo, Toledo asistió, por fin, al renacer de un sonido que había quedado relegado. La lira del cielo volvió a sonar bajo las bóvedas de su catedral. Y con ella, la ciudad escuchó de nuevo una voz antigua que, pese al largo silencio de los siglos, parecía haber aguardado pacientemente el instante de su propia resurrección. Deseamos larga vida a este ente musical único, la lira del cielo.
* Diego de Palafox (seudónimo que corresponde a un grupo de tres expertos en música)
Toledo, 21 de marzo de 2026. Catedral de Toledo.
“La Lira del cielo. Resurrección de una voz dormida”.
Obras de Juan Rossell para la Semana Santa de la Catedral de Toledo de 1764: Lamentación primera del Sábado Santo a 8, Lamentación segunda del Viernes Santo para dúo de tiples, Miserere a 8 voces; y Joaquín Beltrán y Balaguer: Pieza contrapuntística nº 6 para Lira del cielo.
Nereydas, orquesta y coro.
Dirección: Ulises Illán.
Lira del cielo: Juan José Montero.
Foto © José Antonio Escudero