El legendario, Leonard Slatkin hace una escala en su gira para celebrar su 80º aniversario. Para ello dirigió con entusiasmo tres obras maestras de la música clásica universal a la Franz Schubert Filharmonia. Comenzó “exprimiendo” al máximo a la sección de cuerdas, con el célebre “Adagio para cuerdas, Op.11” de Samuel Barber. Curiosamente, el Adagio no nació para ser una obra independiente. Fue concebido originalmente como el segundo movimiento de su Cuarteto de cuerdas en si menor, Op. 11, escrito en 1936 mientras Barber pasaba una temporada en Europa. Barber sintió que ese movimiento tenía una fuerza especial. Decidió arreglarlo para una orquesta de cuerdas completa (añadiendo contrabajos para dar profundidad). Barber envió la partitura al legendario director Arturo Toscanini. Toscanini, conocido por su memoria fotográfica, le devolvió la partitura sin comentarios. Barber se asustó pensando que no le había gustado, pero Toscanini simplemente le dijo: "Ya me la sé de memoria". Se estrenó el 5 de noviembre de 1938 en un programa de radio de la NBC, convirtiéndose en un éxito instantáneo. La estructura de la obra es perfecta. Utiliza el contrapunto (voces que se entrelazan) para crear una sensación de que la música "respira". La interpretación del Adagio es técnicamente sencillo de leer para los músicos, pero extremadamente difícil de interpretar bien, ya que requiere un control del arco y del aire que no deje que la tensión decaiga ni un segundo. Slatkin logra que cada sección de cuerdas se escuche con total independencia. Esto resalta la estructura de fuga de la obra, sintiendo cómo el tema principal viaja de una voz a otra, como si fuera una conversación sagrada en lugar de un simple lamento, evitando el melodrama barato. La música suena digna y arquitectónica.
La “Sinfonía nº94” en sol mayor, conocida universalmente como la "Sinfonía de la Sorpresa", es quizás la obra más emblemática del ingenio y el sentido del humor de Joseph Haydn. Estrenada en Londres en 1792, sigue siendo un recordatorio de que la música clásica no siempre tiene que ser solemne. Haydn compuso esta obra durante su primer viaje a Londres. En esa época, el público londinense era sofisticado pero, según se dice, propenso a quedarse dormido durante los movimientos lentos de las sinfonías. Formaba parte de las "Sinfonías de Londres" escritas para el empresario Johann Peter Salomon. Sigue la forma clásica de cuatro movimientos. El "truco" se encuentra en el segundo movimiento (Andante). La melodía comienza de forma extremadamente suave (pianissimo), casi infantil. De repente, toda la orquesta irrumpe con un acorde fortísimo reforzado por los timbales. A diferencia de otros compositores que buscaban lo sublime o lo trágico, Haydn jugaba con las expectativas del oyente. El "susto" no es gratuito; sirve para romper la monotonía y reintroducir la atención en el desarrollo musical. La interpretación de Leonard Slatkin es equilibrada y elegante. Logra que las cuerdas de la orquesta suenen articuladas y ligeras, permitiendo que las maderas (flautas y oboes) brillen con nitidez. Sus tiempos son moderados. No corre, lo que permite que la arquitectura de la sinfonía se aprecie con total claridad. Slatkin prepara el terreno de forma magistral. El inicio del famoso Adagio es delicado, casi susurrado, lo que hace que el golpe de timbal no solo sea fuerte, sino seco y explosivo. Es una lectura racional y alegre que resalta la elegancia de Haydn por encima del caos. Mientras otros directores enfatizan la broma, Slatkin enfatiza la composición.
La “Sinfonía nº 9 en do mayor”, conocida como "La Grande", es el testamento sinfónico de Franz Schubert. No solo es una obra de dimensiones colosales para su época, sino que su historia es un relato de genio incomprendido, rescates milagrosos y una influencia que cambió el curso del romanticismo. La compuso mayoritariamente entre 1825 y 1826. Schubert quería alejarse de sus sinfonías tempranas (más ligeras y de estilo mozartiano) para crear una "Gran Sinfonía". Se inspiró en la Novena de Beethoven para buscar una escala épica. Gran parte de la inspiración surgió durante un viaje por los Alpes austríacos. Esa sensación de amplitud y naturaleza se traduce en la "divina longitud" de la obra. Schubert introdujo un uso innovador de los metales (trombones) no solo como refuerzo de volumen, sino como voces melódicas fundamentales. Schubert murió en 1828 sin haberla escuchado interpretada profesionalmente. La partitura quedó acumulando polvo en un cajón de su hermano Ferdinand hasta 1838. Durante una visita a Viena, Schumann visitó a Ferdinand Schubert, quien le mostró un montón de manuscritos. Al ver la Novena, Schumann quedó maravillado y envió una copia a Felix Mendelssohn en Leipzig. Mendelssohn dirigió el estreno histórico en la Gewandhaus de Leipzig el 21 de marzo de 1839. Fue un éxito rotundo que cambió la percepción de Schubert de "compositor de canciones (Lieder)" a "maestro sinfónico".
Comienza con un solo de trompa legendario que establece el tema principal. En el segundo movimiento: Andante, Schubert un ritmo de marcha constante que interrumpe una sección de calma con un clímax disonante aterrador. El Scherzo está lleno de energía Ländler (danza folclórica austríaca) y una alegría contagiosa. En el Allegro Finale se produce una descarga de adrenalina pura con un ritmo galopante que no se detiene hasta el final.
Slatkin, conocido por ser un director "objetivo", en lugar de buscar el misticismo alemán o la densidad sonora, impone transparencia: se escuchan todas las texturas, especialmente las maderas y los sutiles detalles de la percusión. No hay excesos sentimentales. Los tempos suelen ser estables, evitando aceleraciones bruscas. La orquesta bajo su mando suena brillante, ágil y con una sección de metales muy precisa. Su manejo del Scherzo es rítmicamente impecable. La interpretación de Slatkin es un ejercicio de arquitectura musical. Es ideal para quien quiera estudiar la partitura de Schubert sin distracciones interpretativas. Sin embargo, para aquellos que buscan la agonía y el éxtasis del primer romanticismo, puede resultar un poco demasiado cortés.
Luis Suárez
Franz Schubert Filharmonia
Leonard Slatkin, director
Obras de Barber, Haydn y Schubert.
Teatre de Tarragona.