La nueva producción Ariadna y Barbazul del Real Teatro de Retiro supone uno de esos extraños acontecimientos escénicos donde la supuesta modestia del formato y su adecuación a un público infantil encierra, en realidad, una ambición estética e intelectual mucho mayor que la de no pocas producciones operísticas de gran presupuesto. Concebida inicialmente como un “cuento musical” para público joven, la obra termina revelándose como una auténtica ópera de cámara contemporánea, una reflexión simbólica sobre el miedo, el deseo, la libertad y la actualización de los cuentos (o mitos) tradicionales. Desde esta perspectiva, la representación trasciende de inmediato cualquier clasificación pedagógica o infantilizante para situarse en un terreno híbrido y profundamente moderno: una zona fronteriza entre teatro musical, instalación sonora, simbolismo dramático y arqueología de la memoria operística.
La excelente música original estuvo a cargo del compositor andaluz Manuel Sánchez García (1989), constituyendo el eje sonoro de la producción desde un lenguaje muy contemporáneo (y nada convencional) de gran riqueza tímbrica y dramática. La música fue compuesta para actriz-mezzo soprano, barítono, violín y piano, con dos momentos de electrónica. La representación estuvo encabezada por María Ayuso en el papel de Ariadna (actriz y mezzo-soprano) y Gonçalo Martins (barítono) como un inquietante Barbazul. La interpretación instrumental en el violín estuvo a cargo de Lara Sansón, quien también interpretó el papel de la madre, mientras que Lara Martínez Taboada se ocupó del piano y desempeñó, además, un doble papel como hermana y hermano. La original y muy lograda concepción escénica corrió a cargo de Miguel Cubero, responsable a su vez de la escenografía, el vestuario, la vídeo-escena y la dramaturgia, configurando un universo simbólico unitario y profundamente sugerente. Los textos dramatúrgicos, escritos por Miguel Cubero junto a María Ayuso, reelaboraron el mito de Barbazul desde una sensibilidad contemporánea. La iluminación de Raquel Rodríguez contribuyó decisivamente a la dimensión fantasmagórica del montaje, mientras que Ada Rivera coordinó el delicado engranaje escénico de la producción.
La obra inteligentemente se basa en números contrastantes, y no en un drama seguido y fluido. Esto aporta variedad y un choque entre bloques, que explicita aún más las grandes posibilidades que hay en esta “ópera” de reducidas dimensiones. Ariadna y Barbazul se inicia con una obertura electrónica que ya nos sitúa en un ámbito muy experimental e innovador. Se ha de comentar que la infancia, libre de los prejuicios y convencionalismos de los adultos, muchas veces es más receptiva a los lenguajes nuevos y experimentales, que los adultos ya “adoctrinados” en la “música bien sonante” y del pasado histórico. Como nos ha explicado el compositor: «La música es enteramente de nueva creación, con los ejemplos de Bartók y Dukas empleados como citas fantasmales en los altavoces. Para esto se ha recurrido a grabaciones en dominio público que aparecen, editadas y procesadas, en el prólogo y en la fiesta».
Algunas de las escenas más destacables de la ópera son, por ejemplo, aquella en la que Barbazul muestra su palacio a Ariadna, cautivándola con toda su riqueza. En ese instante las imágenes que se proyectan y ambientan la escena muestran el suntuoso palacio. Aunque el escenario era inmóvil y fijo, el vídeo aportaba una gran cualidad espacial cambiando muchas veces y creando una nueva dimensión. Todo esto, en sintonía con los diferentes cambios de estilo musical, provocaban un auténtico “viaje” en el público. La música que aparece cuando Barbazul enseña su palacio es misteriosa gracias a los arpegios que el piano realiza con escalas diatónicas y pentatónicas entrelazadas con texturas cromáticas. Estas sonoridades recuerdan la música impresionista, además de otorgar una atmósfera expresionista gracias a los cromatismos. También cabe destacar otras escenas como el momento de la fiesta con la música techno, o durante el casamiento de Ariadna y Barbazul.
Ya desde el mismo inicio la puesta en escena de Miguel Cubero demuestra una rara coherencia total entre escenografía, dramaturgia, iluminación y temporalidad musical. Esto es fundamental, ya que el montaje no utiliza la música como acompañamiento, sino como arquitectura estructural del tiempo escénico, en perfecta simbiosis. Cubero comprende perfectamente que una ópera contemporánea no puede construirse desde la subordinación de la partitura a la imagen ni viceversa. El espacio escénico que diseña es una especie de damero azul y dorado atravesado por tres umbrales sin puertas. Estos cuadrados (o arcos) poseen una fuerza simbólica muy notable, reflexionando sobre el límite físico y psicológico. La música además explicita y juega con esta ambigüedad, creando sonidos que semejan ser el ruido cuando se abre una puerta antigua y chirriante, aunque esta no la vemos en el escenario. El lenguaje de lo invisible (tanto la música como las emociones) tiene una gran presencia en toda la obra. El vestuario participa a su vez de esta lógica ambigua, mezclando lujo, precariedad y juego imaginativo: chándales convertidos en ropajes palaciegos, albornoces transformados en signos aristocráticos, etc. Pasado y contemporaneidad se difuminan, al igual que los cuentos clásicos a veces nos hablan mucho mejor del presente, que las noticias que aparecen en la televisión.
El elenco responde también a esta complejidad híbrida entre teatro, música y performance. Gonçalo Martins construye un Barbazul que evita cualquier caricatura siniestra evidente. Su interpretación se apoya más en la fragilidad neurótica que en la monstruosidad exterior. Esto hace que el personaje no sea un villano operístico tradicional, sino un ser profundamente fracturado que podemos encontrar en nuestras calles. María Ayuso compone una Ariadna llena de tensión interior y fuerza emancipatoria. Su tránsito desde la curiosidad inicial hasta la confrontación con lo prohibido está trabajado con enorme sensibilidad. Igualmente destacable es el trabajo de Lara Sansón y Lara Martínez Taboada, cuyas funciones múltiples (instrumentistas, actrices, presencias simbólicas) refuerzan esa sensación de teatro total y artesanal que atraviesa toda la producción.
Resulta también muy admirable la forma en que el espectáculo introduce a los jóvenes espectadores en el simbolismo. Una de las escenas más destacadas de la obra, es cuando Ariadna abre la habitación prohibida y ve las mujeres asesinadas por Barbazul. En esa situación y su tratamiento observamos lo sutil de este proyecto. La sangre y los cuerpos mutilados que recorren el espacio escénico, no se explicitan de manera directa ni naturalista (como ocurriría en una película “gore”), sino mediante bellas metáforas visuales: vestidos suspendidos del techo, sutiles iluminaciones rojizas y una música estremecedora construida a partir de clusters y ruidismos impactantes. Todo ello configura el clímax expresivo de la obra, cuya intensidad dramática y simbólica (encarnada en la vocalidad fragmentada y experimental que despliega María Ayuso) quizá no responda, al menos en una primera impresión, a la idea convencional de un espectáculo “para todos los públicos”. Pero de manera muy original e inclusiva, posteriormente a esta escena, Ariadna apela a unas niñas que hay en el público para que suban al escenario, puedan atar a Barbazul y así terminar con su brutalidad. En ese momento la protagonista exclama: «Hemos cazado al lobo que todas tenemos».
Una vez concluida la obra y luego de escuchar una bella música en el piano con acordes diatónicos que dan sensación de paz, sonaron los calurosos aplausos que constataron el gran éxito y agrado de esta propuesta por parte del público. A continuación, se dio paso a un turno de preguntas y debate (muy en la línea del teatro brechtiano) entre el público y los protagonistas de la pieza. En ese instante Miguel Cubero afirmó que llevaban un año trabajando en el proyecto, no cabe la menor duda, al ver y escuchar esta impresionante Ariadna y Barbazul.
Joan Gómez Alemany
Real Teatro de Retiro, 23 de mayo de 2026
Ariadna y Barbazul
Música original: Manuel Sánchez García
Dirección de escena, escenografía, vestuario, vídeo-escena y dramaturgia: Miguel Cubero
Textos de la dramaturgia: Miguel Cubero y María Ayuso
Iluminación: Raquel Rodríguez
Ayudante de dirección: Ada Rivera
Barbazul: Gonçalo Martins
Ariadna: María Ayuso
Madre / violín: Lara Sansón
Hermana-Hermano / piano: Lara Martínez Taboada
Foto © Javier del Real