Después de haber disfrutado con la escucha de excepcionales violinistas como son la moldava Alexandra Conunova y la japonesa Akiko Suwanai en dos de los programas del ciclo sinfónico del Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA) de la presente temporada, ha actuado uno de los más destacados solistas de violín de su generación como es el erevanés Sergey Khachatryan, primer Premio en el Concurso Internacional de Violín Jean Sibelius en Helsinki en el año 2000, convirtiéndose en el ganador más joven en la historia de este certamen, y también Primer Premio en el muy prestigioso Concurso Reina Isabel de Bruselas el año 2005, liderando a la Armenian National Philharmonic Orchestra dirigida por su titular, el maestro Eduard Topchjan, para interpretar un programa en el que sobresalía el Concierto para violín y orquesta en Re mayor, Op. 77 de Johannes Brahms, obra que ocupa un lugar preponderante dentro del catálogo del gran compositor alemán como creación de referencia concertante del mejor estilo del importante periodo romántico.
Asumiendo la trascendencia de esta obra desde la tensión que mantuvo sin intervenir durante la introducción orquestal de su primer movimiento, Khachatryan se incorporó a su arquitectura cantando e ilustrando sus ideas musicales desde una expresividad que prevalecía sobre la deslumbradora posibilidad virtuosa que puede devenir de sus compases, desarrollando un discurso progresivo y orgánico, donde cada motivo y cada detalle surgían encadenadamente con instintiva espontaneidad. La dificultades técnicas de este tiempo, Allegro non troppo, quedaban diluidas ante el poderío técnico del solista puesto al servicio de la profundidad del concepto estético que propone el autor, sin dejar de asumir con fácil precisión los retos que significaban los pasajes de dobles cuerdas, arpegios amplísimos, exigentes cruces de cuerda y momentos de gran densidad rítmica, todo ello supeditado siempre a la excelencia de expresión musical de este intérprete que se funde con su instrumento en un todo vital de consustancial naturaleza, dada la concentración que desarrolla en su forma de tocar con los ojos cerrados, prácticamente en todo momento, demostrando una memorización prodigiosa de la partitura, capacidad que quedó singularizada en la cadenza escrita para esta obra por el mítico violinista austro-húngaro, Joseph Joachim, colaborador “necesario” de Brahms en esta obra, singular pasaje que precede a su conclusión, planteándola como una condensada reflexión sobre la complejidad emocional del desarrollo anterior del movimiento. En el desenlace de este tiempo, la orquesta se ajustó al carácter animato que indica el compositor con una presencia de los vientos en ascenso, que lograban equilibrarse con la excelente sección de cuerda de esta formación que exhibe unos significativos automatismos fruto de una muy definida coordinación con su titular, el maestro Eduard Topchjan, que supo mantenerse siempre muy atento en favorecer una clara distinción de diálogo con el solista.
En el Adagio central, el sonido de Khachatryan parecía suspendido fuera del espacio y del tiempo, sostenido por un equilibrio perfecto entre melodía y armonía, evitando con un alto grado de elocuencia expresiva cualquier sentimentalismo excesivo, controlado en todo instante por la dignidad clásica y la admirable contención que destila este movimiento crucial de la obra en el que el solista desarrollaba un espiritualidad humanista de alto grado de recogimiento e introspección que invitaba a meditar al oyente, estado que se percibía impulsado simultáneamente por la sutil conducción del director, generando en la orquesta un sustrato sonoro de singular complacencia musical para el público, que pudo sentir de este modo la enorme capacidad lírica del violinista.
En el Allegro giocoso; ma non troppo vivace, se percibió la asombrosa sonoridad del instrumento, el Stradivarius “Kiesewetter” que Khachatryan utilizó en este concierto, construido a mediados de la tercera década del siglo XVIII por el eminente lutier cremonés, que el intérprete transmitió con una sensación constante de impulso y espontaneidad en el desplazamiento de sus acentos, anticipo en las síncopas y particulares alteraciones métricas de carácter húngaro en cuya ejecución acentuó la solidez temática de su contenido manteniendo constantemente un desarrollo contrapuntístico digno de admiración que favorecía el diálogo con la orquesta, hasta llegar al final de la obra con una energía arrolladora que supo controlar y modular desde el pódium el maestro Eduard Topchjan, poniendo de manifiesto el determinante objetivismo de su técnica de conducir, que facilitaba el discurso concertante de manera sutil y eficaz, uno de los secretos de tan excelente recreación del concentrado sentido intelectual y folclórico a la vez que sustancia este segundo movimiento.
Como respuesta a la intensa ovación del público, Khachatryan quiso ofrecer un precioso ejemplo de la música de su país siendo acompañado por la concertino de la orquesta y su asistente, haciendo entre los tres una magistral versión de la canción popular armenia titulada Del Yaman en la adaptación que realizó el gran compositor, etnomusicólogo y clérigo de aquel ancestral país protocristiano, Komitas Vardapet, que dejó al público absolutamente extasiado, dada la extrema expresividad de su delicado sonido, que adquiría una dimensión casi sobrenatural, confirmando la profunda calidad de sentimiento musical de este extraordinario violinista.
La segunda parte del concierto estuvo dedicada a Tchaikovsky con dos sus obras orquestales más famosas de carácter poemático: la Obertura Fantasía ‘Romeo y Julieta’ y el poema sinfónico Francesca da Rimini que daba título a esta velada sinfónica. La orquesta tuvo oportunidad con estos dos ensayos de amplio y rico espectro instrumental de volver a exhibir las excelencias técnicas de su sección de cuerda, siempre muy bien contrastada por el resto de la formación, ofreciendo una natural identificación con los postulados de su director titular, que refleja en todo momento ese difícil equilibrio de control e impulso ajustándose al contenido de la partitura y con mínimas licencias de gesto en su exposición, lo que favorecía que estuviera siempre muy centrado en la definición del mensaje musical, generando un gran sentido dramático en ambas obras como el ya apuntado desde el principio del programa con dos pequeñas páginas sinfónicas sueltas del gran compositor armenio Aram Kachaturian, según constaba con inadecuado orden en el programa de mano, pertenecientes a la suite de su ballet Gayaneh, que sirvieron como una especie de prueba acústica en un primer contacto con el público, y cuya anunciada famosa Danza del sable de la segunda escena del tercer acto de dicha obra no llegó a ser interpretada pese a estar anunciada, pequeña anomalía que terminó generando cierta confusión en el público.
José Antonio Cantón
Armenian National Philharmonic Orchestra
Solista: Sergey Khachatryan (Violín)
Director: Eduard Topchjan
Obras de Brahms, Khachaturian y Tchaikovsky
Auditorio de la Diputación de Alicante (ADDA). 16-V-2026
Foto © Marco Borggreve