Programa enteramente ruso para la visita de la Filarmonica della Scala al Festival Internacional de Santander. Dos Rachmaninov muy distintos —el jovencísimo de La roca y el sorprendentemente moderno del Cuarto concierto— y, tras el descanso, la Cuarta sinfonía de Tchaikovsky. Al frente, Riccardo Chailly. Al piano, Alexander Malofeev. Un concierto de gran nivel, sostenido sobre la sobresaliente precisión de la orquesta y esa rara capacidad que tiene la batuta del director milanés para hacer que la música respire.
La roca, op. 7 abrió la velada entre penumbras. Rachmaninov tenía apenas veinte años cuando escribió este breve poema sinfónico, todavía con ecos de Tchaikovsky y algún perfume wagneriano, pero la obra ya es un prodigio de atmósfera. Chailly, conocido por su rigor analítico, desbrozó la orquestación con suma claridad, permitiendo que los vientos dialogaran con una cuerda de timbre sedoso, característica de la formación scaligera. Fue una lectura que privilegió la transparencia sobre el sentimentalismo exacerbado, resaltando los destellos wagnerianos de una densa orquestación que aún habitaban en el joven compositor. Nada de melancolía añadida. Claridad de planos, cuerda tersa, maderas muy presentes.
El Concierto para piano n.º 4 en sol menor, op. 40 pertenece a otro mundo. Es el Rachmaninov que escucha la ciudad moderna. Ritmos quebrados, síncopas, armonías más ásperas. Una escritura nerviosa y fragmentaria que desconcierta a quien espere las grandes mareas melódicas o el aliento del Segundo o el Tercero. No sorprende, en suma, que sea el menos popular de la serie.
Alexander Malofeev pareció sentirse cómodo en el malditismo que de alguna manera envuelve la partitura. Ataque limpio. Pulsación firme. Articulación seca cuando la partitura lo pedía. Virtuosismo sin exhibicionismo. En el Allegro vivace inicial hizo visibles las aristas rítmicas de la escritura sin convertirlas en percusión pianística. Hubo acero, pero también flexibilidad. Chailly, de gesto amplio y claro, cuidó especialmente los equilibrios y dejó respirar las intervenciones de las maderas entre las ráfagas del solista.
El Largo cambió el paisaje. Tema desnudo, de inspiración popular, casi elemental. Malofeev lo expuso sin sentimentalismo, con una sobriedad que le sentó admirablemente. Nada estaba subrayado porque nada necesitaba estarlo. La emoción surgía precisamente de esa contención.
En el Allegro vivace final volvió el nervio. Cambios de carácter, episodios que parecen sucederse antes de haber terminado de asentarse. Malofeev mantuvo unido ese discurso quebrado gracias a una técnica formidable. Chailly y sus filarmónicos hicieron el resto: precisión en los ataques, control de las transiciones, atención permanente al balance. El resultado no consiguió disimular del todo las discontinuidades de una obra problemática, pero sí reveló su extraña modernidad. Merecidos aplausos y una propina muy a propósito: el arreglo para piano solo del Pas de deux del Cascanueces de Tchaikovsky de Mikhail Pletnev.
Tras el descanso regresó Tchaikovsky. Y aquí apareció otra Filarmonica della Scala. ¿Puede una orquesta nacida en el foso recrear una sinfonía como si fuera un drama? La Cuarta en fa menor, op. 36 pareció responder afirmativamente, pero no porque Chailly la convirtiera en una ópera, sino porque trasladó a ella algo esencialmente teatral: respiración, fraseo y tensión.
Desde la fanfarria inicial del Andante sostenuto quedó fijado el conflicto. El destino. Metales rotundos, compactos, casi corales. Resultaba difícil no pensar por un instante en La forza del destino y la obertura que abrió la gala lírica hace tan solo unos días: no tanto por una semejanza literal como por esa irrupción de una fuerza exterior que condiciona cuanto sucede después.
Chailly no tuvo prisa. Y fue una decisión fundamental. Frente a tantas Cuartas lanzadas hacia delante, escogió tempi espaciosos y dejó que cada frase encontrara su peso, su momento. El Moderato con anima respiró con amplitud. Cuerda oscura, aterciopelada. Crescendi cuidadosamente graduados. Los violonchelos cantaron el segundo tema con una flexibilidad casi vocal. El fraseo se elevaba, cedía y volvía a tensarse. Lógica y emoción.
Ahí nos parece que estuvo una de las claves de su interpretación: nunca confundió intensidad con velocidad ni volumen con dramatismo; simplemente, construyó, acumuló y esperó.
El Andantino in modo di canzona confirmó la extraordinaria calidad individual de la formación. El oboe abrió el movimiento con una línea larguísima, elegíaca, sostenida sobre una respiración aparentemente inagotable. Después fueron entrando las voces: maderas como personajes y la cuerda, como coro. Tchaikovsky sin azúcar. Melancolía, sí. Autocompasión, ninguna.
El Scherzo. Pizzicato ostinato fue una pequeña exhibición de virtuosismo colectivo. Pizzicati exactísimos, ligeros, de una precisión casi mecánica pero nunca rígida. Contrabajos carnosos. Violines punzantes. Después, las maderas, con su aire de danza popular; más tarde los metales. Tres mundos tímbricos que aparecen, se cruzan y desaparecen. Chailly administró esos relevos con una naturalidad admirable. Ingeniería italiana convertida en ballet.
Y entonces el Finale. Allegro con fuoco, literalmente. La orquesta estalló, pero no se desmadró. Percusión incisiva, metales espléndidos, cuerda lanzada hacia delante. En medio de ese torbellino apareció la canción popular rusa Un abedul se yergue en el campo, transformada una y otra vez hasta quedar absorbida por el mecanismo sinfónico.
El peligro aquí era evidente: confundir con fuoco con ruido. Chailly evitó la trampa. Incluso en los masivos fortissimi permanecieron audibles los planos, las articulaciones, los contracantos. Potencia con definición. Y cuando regresó brutalmente la fanfarria del primer movimiento, el efecto fue devastador.
La coda tuvo brillo, violencia, exuberancia. También control. Nada de histeria. Chailly llevó a la Filarmonica della Scala hasta el límite sin permitir que perdiera su identidad sonora: un tono rico, oscuro, flexible, nunca pesado.
Fue una Cuarta de Tchaikovsky de gran categoría, pensada hasta el detalle. Una interpretación en la que la tradición operística de la Scala parecía infiltrarse en la sinfonía sin desnaturalizarla. Quizá ahí residió lo mejor de la noche. Chailly no hizo de Tchaikovsky un compositor de ópera. Hizo algo más interesante: recordó cuánto teatro puede caber dentro de una sinfonía.
El público les saludó con una ovación de gala y Chailly y los filarmónicos correspondieron con una brillante propina inesperada que, si bien se mira, cerraba un círculo: la danza de los hombres, sexto número de Aleko de Rachmaninov. Otra noche de éxito, pues, en un FIS que ya aguarda su clausura con la esperada visita de la Orquesta del Festival de Bayreuth y Pablo Heras-Casado.
Darío Fernández Ruiz
Obras de Rachmaninov y Tchaikovsky
Alexander Malofeev, piano
Orquesta Filarmonica della Scala
Riccardo Chailly, director
75º Festival Internacional de Santander
Sala Argenta del Palacio de Festivales de Cantabria
Foto © FIS / Pedro Puente